2.868 – La Flor Azteca I

a_m_SHUA 11  Cuando era chica, mi madre conoció a la Flor Azteca, una cabeza de mujer cuyo cuello muy fino cimbreaba en un jarrón. Hacía muecas, guiñaba los ojos, contestaba preguntas y no se consideraba un espectáculo para niños. Sin embargo mi madre no lloró hasta que le explicaron que sólo se trataba de un juego de espejos. Decepcionada pero incrédula, alcanzó a esconderse detrás de una maderas pintadas.
A la madrugada, cuando todos los espectadores se habían ido, salió trabajosamente del jarrón una mujer desnuda, diminuta, enjabonada. Una férula de metal en la base del cuello le ayudaba a sostener la cabeza erguida. «Nomás los chicos se dan cuenta de que esto no es un truco. Por eso no los dejan entrar», le dijo la Flor Azteca. Y la convidó con un mate.
Me parece imposible que me madre haya sido niña alguna vez.

Ana María Shua
Botánica del caos

2.867 – Sacrificio

Ruben Abella  A pesar de que lo odiaba, Juan hizo todo lo que pudo por salvar a Pablo, su hermano gemelo. No pensó en sus diferencias mientras le agarraba la mano desde la orilla del río para evitar que se lo llevara la corriente. Tampoco tuvo en cuenta que en casa Pablo era el rey, el favorito, y que él, más alocado, menos dócil, lo único que recibía era desprecio. Todo eso se le pasó por la cabeza más tarde, cuando la policía encontró el cuerpo flotando entre los juncos, y los padres, apartando a los curiosos, corrieron hacia su hijo vivo y lo abrazaron como nunca antes lo habían hecho.
-Menos mal que tú estás bien, Pablo -dijeron, llorando.
-Pobre Juan -se lamentó Juan, y lloró con ellos.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

2.866 – Los nombres

leon_de_aranoa  La configuración de nuestros rasgos, la sonrisa bobalicona, el pelo ralo… prefiguran un nombre.. Uno viene al mundo con las facciones inequívocas de un Alfredo, con el labio inferior grueso de los Simones o la expresión estupefacta de los Marcos.
Los Danis, tan rubios; los meticulosos Alejandros o las Isabeles, incapaces de matar una mosca: todos traemos preasignado un nombre. De la habilidad de nuestros padres dependerá que el que nos den coincida con el que en justicia nos corresponde.
Porque, ¿quién no ha llamado alguna vez Luis a un Alberto? ¿Quién no le dijo Pablo a un Ramón? No es nuestra memoria la que se equivoca en tales ocasiones: fueron sus padres al nombrarles.
La exacta correspondencia entre el nombre otorgado y el nombre que biológicamente traemos impreso garantizará una existencia feliz. Por el contrario, un desacuerdo entre esos dos niveles conducirá a una quiebra íntima, y dará como resultado una existencia desgraciada, infeliz.
Se sabe de un Jorge al que llamaron grandilocuentemente Hernando, y nunca fue nada en la vida. También de una Margarita a la que llamaron Luisa: fue desdichada en amores. Pero nunca nadie tuvo una existencia tan exacta, tan merecida, como la de un Juan al que llamaron Juan.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

2.865 – La bondadosa Cenicienta

jose_antonio_ayala  Cuando Cenicienta se casó con su príncipe Azul la felicidad la inundaba y quiso que todo el mundo fuese tan feliz como ella, incluyendo su madrastra y sus dos hijas. Le pidió, pues, a su esposo que les regalase a las tres un gran palacio, el más grande que poseyera. Así lo hizo el Príncipe, enamorado de su esposa, y contento de que ésta tuviese tan buenos sentimientos.
El palacio constaba de más de cincuenta dormitorios y salones, bodegas, caballerizas y varios jardines de vistosos árboles y flores. Muebles de calidad y numerosas lámparas, esculturas y pinturas ornaban todas las estancias. La única condición que se le impuso a sus ocupantes fue que el palacio fuese mantenido, personalmente por sus propietarias, tan limpio y cuidado como se les entregaba.

José Antonio Ayala
Chispas (101 microcuentos). 2005

2.864 – La isla de las ondas perdidas *

javier Ximens  Hay en el cielo una isla de nube a la que llegan todas las ondas radiofónicas que no son escuchadas por nadie. Como las olas del mar que traen la arena, las ondas van dejando las conversaciones, la música e incluso las interferencias en su litoral de agua. Casi todas las tardes bajan a la playa de gotas unos angelitos a jugar con las palabras, las notas musicales y los ruidos. Los querubines construyen castillos de letras, con enes como almenas, oes de troneras, aes de puertas y eles de puentes levadizos. También escarban pequeños hoyos en la niebla, se cubren con oraciones y al levantarse dejan huecos por los que se filtra la luz divina que llega a los hombres. A los serafines les gusta recolectar notas para componer y cantar las alabanzas, recogen semifusas que se colocan como peines entre los rizos, se acercan claves de sol al oído y escuchan el sonido de los humanos. Algunos tronos que iban para diablillos cogen los ruidos y los hacen chocar entre sí, suenan como truenos en días despejados y los hombres alzan la vista hacia el cielo.
Solo cuando llegan llamadas de socorro les avergüenza bajar a jugar.

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2016/02/la-isla-de-las-ondas-perdidas.html

*Participo en el concurso Esta noche te cuento  que, con motivo del Dia Mundial de la Radio, debía inspirarse en la radio.

2.861 – Peor para ella

millas23  Tengo un ordenador portátil con el que voy a todas partes. Lleva dentro de sí más folios escritos de los que cabrían en un baúl, y más fotografías de las que entrarían en siete cajas de zapatos. Y no pesa más que un libro grande. En eso, los ordenadores se parecen a nosotros, que tenemos la cabeza llena de obsesiones, fantasías, deseos, rencores, agradecimientos, cosas, en fin, que no podríamos meter en un camión gigante de mudanzas ni apretando. Muchas veces, este ordenador se adelanta a mis deseos y si voy a escribir, por ejemplo, la palabra febril, él me sugiere que ponga febrero cuando apenas he tecleado febr. O martes si me dispongo a escribir martillo. Normalmente no le hago caso, pero a veces sí y salen textos curiosos. Por las noches lo dejo encendido para ver si se decide a redondear un artículo entero, o dos, por su cuenta, pero aún no me ha dado esa alegría.
Hace poco, me disponía a escribir una carta a un amigo y tecleé: Querid, pero antes de que acabara la palabra, el ordenador me sugirió: Queridos padre y madre.
Se me cortó el aliento, como pueden ustedes suponer, sobre todo porque soy huérfano y nunca se me habría ocurrido dirigirme a estas alturas a mis progenitores muertos. No obstante, hice caso a mi máquina y redacté una carta que ni siquiera era un ajuste de cuentas: de lo mejor que he escrito en mi vida. No tengo adónde enviarla, pero eso me ocurre también con muchas personas que están vivas.
Ahora bien, lo mejor es que ayer estaba trabajando cuando la pantalla del ordenador se puso negra durante unos segundos angustiosos y luego volvió en sí, como si hubiera tenido una lipotimia, una pérdida, un vahído. A mí me pasan esas cosas también: me desmayo durante un momento y enseguida se me enciende la luz y continúo sin problemas con lo que tenía entre manos. Ignoro si esta compenetración con mi ordenador es rara o no, pero a mí me gusta. O sea, que lo que hace diez o quince años nos habría parecido un cuento de ciencia ficción empieza a ser realismo costumbrista. La realidad es que es muy voraz: materializa todo lo que se nos pasa por la cabeza.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

2.860 – Escondidos

miguel angel flores  Aunque en casa se empeñaron en ocultármelo, pronto supe que soy un monstruo. Desde que los descubrí al otro lado, siempre los observo. Sueño con hacer deberes como ellos, con dormir sin frío, con llorar por algo, sonreír por nada. Cómo desearía que el escondite fuera solo un juego, no una condena.
Todos los niños saben que existimos. Todos. Y conocen de sobras dónde nos ocultamos. Pero nunca se asoman solos. Siempre se esperan a que haya algún adulto con ellos para hacerlo. Hasta se dejan convencer, por esa noche, de que tan solo nos están imaginando. Y un día crecen y dejan de creer para siempre en nosotros, rompiendo así cualquier posibilidad de comunicarnos. Si no lo creo, no lo veo. Así es para ellos.
De todas formas, yo no pierdo la esperanza de que alguna vez un niño se atreva, antes de que lleguen sus padres, a mirar bajo la cama, en el armario, tras la puerta o en ese rincón oscuro, y me descubra al fin. Si eso ocurriera, me hallará preparado para tirar con fuerza de su mano, de su pierna, de su ropa, y saliendo de mi escondite haré que, entonces, le toque a él.

Miguelángel Flores
http://estanochetecuento.com/escondidos/
http://www.eternidadesypegos.blogspot.com

2.859 – Confesiones (o no).

Arantza Portabales  Cosas que te dije: que deberías venir a por tus libros. Que me apunté a Pilates en el gimnasio de Ana. Que este año el recibo del IBI deberíamos pagarlo a medias. Que he dejado de fumar. Y las pastillas para dormir. Que, por fin, como querías, todas las bombillas de la casa son de bajo consumo. Que tu hermana me ha contado lo de Julia.
Cosas que no te dije: que rompí algunos libros. Pero los repuse. Que me acosté con mi monitor de Pilates. Solo una vez. Y que, aunque no estuvo mal, no he vuelto por allí. Que me da igual lo del IBI. Que he firmado los papeles. Que aún fumo y que, como ves, no he podido quitarme esa absurda manía de mentirte. Que sin las pastillas las noches son largas. Y oscuras. Porque no hago nada. Solo esperar la salida del sol para iluminar esta casa vacía (sabes que no soporto la luz fría de esas bombillas, tan económicas, tan antialérgicas, tan de quirófano). Que ya sabía lo de Julia, porque tu madre también me llama. Aunque yo solo quiero que me llames tú.
Para decirte mil cosas.
Para callarme otras mil.

Arantza Portabales Santomé
http://estanochetecuento.com/confesiones-o-no-arantza-portabales-santome/