La configuración de nuestros rasgos, la sonrisa bobalicona, el pelo ralo… prefiguran un nombre.. Uno viene al mundo con las facciones inequívocas de un Alfredo, con el labio inferior grueso de los Simones o la expresión estupefacta de los Marcos.
Los Danis, tan rubios; los meticulosos Alejandros o las Isabeles, incapaces de matar una mosca: todos traemos preasignado un nombre. De la habilidad de nuestros padres dependerá que el que nos den coincida con el que en justicia nos corresponde.
Porque, ¿quién no ha llamado alguna vez Luis a un Alberto? ¿Quién no le dijo Pablo a un Ramón? No es nuestra memoria la que se equivoca en tales ocasiones: fueron sus padres al nombrarles.
La exacta correspondencia entre el nombre otorgado y el nombre que biológicamente traemos impreso garantizará una existencia feliz. Por el contrario, un desacuerdo entre esos dos niveles conducirá a una quiebra íntima, y dará como resultado una existencia desgraciada, infeliz.
Se sabe de un Jorge al que llamaron grandilocuentemente Hernando, y nunca fue nada en la vida. También de una Margarita a la que llamaron Luisa: fue desdichada en amores. Pero nunca nadie tuvo una existencia tan exacta, tan merecida, como la de un Juan al que llamaron Juan.
