2.888 – A las niñas de Gamud no se les corta el cordón umbilical…

antonio fernandez molina  A las niñas de Gamud no se les corta el cordón umbilical cuando nacen; lo conservan incorrupto, mediante un tratamiento que guardan oculto, y continúa creciendo. Rodea la cintura debajo de la ropa y es su garantía de virginidad. Cuando se casan, el marido lo desprende bruscamente y algunas mueren de la hemorragia que suele seguir. El que una muchacha sin su cordón umbilical pretendiera casarse es tan absurdo que ni siquiera se piensa en ello. Desde luego, las relaciones sexuales previas al matrimonio, con cualquier persona, no se consideran en ningún caso.
A las que no se casan, se les arranca el cordón el día de su muerte; con él se ciñen sus muñecas y así bajan a la tumba.
Si se da el caso de que una soltera no lo tenga, se oculta esta circunstancia por todos los medios. Incluso hablar de ello sólo se concibe en los medios más ruines.

Antonio Fernández Molina
Las huellas del equilibrista. Ed. Menoscuarto 2005

2.887 – Un fallo

jj millas2  Han descubierto en los ordenadores un defecto gracias al cual usted podría, a través del suyo, entrar en el disco duro del mío y comerse mi Menú, además de hacerse sus necesidades en Mi Maletín. Puede usted, en fin, invadirme, entrar en la novela que tengo a medias y cambiarle el argumento o quitárselo. Tampoco le sería difícil, aunque no le creo tan generoso, hipócrita lector, mi semejante, mi hermano, volcar en mis archivos una obra maestra mientras yo me dedico a la meditación trascendental. El fallo informático en cuestión es deslumbrante, como todos los errores, y abre una grieta insospechada a la solidaridad o a la barbarie. La noticia ha tenido poca repercusión porque la gente no cree todavía mucho en la cibernética, e incluso a quienes tienen ordenadores les parece increíble que, mientras ellos duermen, un señor de Zamora esté manipulando su Fastopen. Pero imagínense que un error de fabricación en las neveras permitiera que yo me introdujera en la suya. En otras palabras, que abre el refrigerador y ve que de la pared del fondo sale una mano que toma un yogur y desaparece con él como por arte de magia. Seguramente se llenaría de pánico, hasta advertir al menos que a través de una rendija del suyo puede usted alcanzar las viandas del mío. Más aún, imaginemos que un error en la fabricación de las camas diera lugar a que con una sencilla operación pudiera usted aparecer en la de su vecina y viceversa. El escándalo haría época y sería titular de primera página en todos los periódicos. Sin embargo, la noticia de los ordenadores ha aparecido en un borde de la sección de «Sociedad», como si careciera de importancia. Lo que revela la poca fe que tenemos en el disco duro, al que confiamos sin embargo nuestra cuenta corriente y nuestro diario íntimo. Qué raro.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

2.886 – Perdido

leon_de_aranoa  Quería abandonar su relación con ella, pero no encontraba el camino. Cada vez que adivinaba una salida la bloqueaba un reproche, un silencio, una cuenta pendiente. La promesa de unos días en el campo, hecha a destiempo. O su propia conciencia, atravesada en el camino y en llamas, bloqueando el paso.
A veces eran simples recuerdos los que le impedían avanzar: fotografías desenfocadas, un jersey azul tejido a mano, viejas canciones de los ochenta grabadas en una casete. O el recuerdo de su olor, una tarde en el cine, como un muro infranqueable. Otras fue el roce perfecto de su piel, la sugerencia de sus pechos todavía firmes bajo la blusa, sus brazos como un refugio. Las más, una corriente profunda, difícil de vadear, en la que nos vemos reflejados y a solas, y eso nos asusta.
Se había perdido en ella. En sus callejones, en sus bifurcaciones, en sus rotondas mal señalizadas. Traspapelado para siempre en los archivos sin índice de su burocracia, deambulaba sin rumbo por la oscuridad de sus descampados, extraviado bajo la densa niebla.
Y se cruzó con otros. Con Clemente Marina, su novio de toda la vida. Con el bueno de Ismael Fuentes, con el que al parecer había mantenido una relación breve en el instituto. Con Ángel sin apellido aún, un becario joven, recién llegado a su departamento. Y con al menos otros dos tipos, cuyas caras no le sonaron. Allí seguían, perdidos también en ella. No pudo evitar preguntarse qué hacían allí. La muy hija de puta.
Parecía una mujer, pero era una trampa mortal: carretera de montaña con curvas, discoteca sin salidas de emergencia. Cuando se conocieron le pareció fácil, sin recodos, pero escondía en su interior un laberinto, un desierto sin sol ni estrellas; un colosal vertedero de brújulas, cubierto por las cenizas de todos los mapas.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

2.885 – Talgo

Ruben Abella  En realidad Ticiano iba a Córdoba, pero al ver a aquella mujer montando en el Talgo de Valladolid, supo que tenía que cambiar de destino. Compró el billete, cruzó corriendo el pasaje subterráneo y se subió al tren segundos antes de que partiera.
Avanzó por el pasillo resollando, apoyándose en los respaldos de los asientos. Colocó la maleta en el portaequipajes y, lanzando un sonoro suspiro, se sentó junto a la mujer. Ella lo miró con curiosidad. Sus ojos de azúcar corroboraron lo que él ya sabía: estaba a punto de conocer a su esposa.
O al menos eso es lo que a Ticiano, solterón octogenario y recalcitrante, le hubiera gustado contarle a sus nietos.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

2.882 – Síndrome de Estocolmo I

Lorena escudero Tras horas de intenso maquillaje, la princesa estaba lista para esperar en la ventana de la torre más alta del castillo. Solo habían pasado algunos minutos cuando apareció a caballo el primer príncipe que acudía en su rescate aquel día. Presurosa, se dispuso a afilar los cuchillos. Hoy el dragón había salido.

Lorena Escudero

2.881 – Km. 69

pedro herrero  Aunque hace rato que su mujer y su suegra se lo vienen repitiendo, el conductor del monovolumen no tiene la impresión de haberse perdido; a pesar de que no ve señales que anuncien la feria local del mueble usado y antigüedades. Aun así, detiene el coche frente a un solitario bar de carretera y pide un poco de paciencia, mientras se entera de la ruta a seguir.

En el bar, oscuro como el vientre de una ballena, una camarera exuberante le indica que retroceda hasta la tercera rotonda y que allí gire a la derecha en dirección al polígono industrial. El hombre comenta que nunca antes había pasado por aquí y que ha tenido mucha suerte de hallar un local abierto a estas horas. La chica le informa de que siempre tienen abierto y de que aceptan todo tipo de tarjetas de crédito. El hombre confiesa que con gusto se tomaba una copa ahora mismo, pero que lleva a su esposa y a su madre política a pasar el día fuera de casa. Ella le entrega entonces una tarjeta, que él guarda en su cartera, y le invita a volver sin prisas cuando quiera ver realizadas todas sus fantasías.

“Me he perdido pero vamos bien” –admite finalmente, de regreso con los suyos, al tensar de nuevo el cinturón de seguridad.

Pedro Herrero

2.880 – Doncella y unicornio I

a_m_shua46  Hay quienes suponen agotado el tema del unicornio y la doncella por extinción de ambas especies. Sin embargo el diario de hoy publica la fotografía de un caballo con un manchón sanguinolento sobre la frente. El animal asegura haber sido, hasta pocas horas antes de la toma, una auténtica doncella.
Ana María Shua

2.879 – Secreto

descarga Lo que daría porque fuese ya de día y su dulce voz me susurrase “lavavajillas”, “espumadera” o “colesterol”. Es maravilloso el secreto que compartimos. Del que nadie puede enterarse. Ese poder sobre las palabras que algún día heredaré. Si dice: “Lavadora”, la cocina empieza a girar como la noria del parque de atracciones. Otras veces dice “llave” y todo lo malo se queda encerrado en el desván. Cuando le oímos llegar ella dice: “Colesterol” y las cosas vuelven a su sitio como si nada. Mamá está practicando con una nueva palabra. Un día de estos dirá: “Pájaro” y al fin los dos podremos salir volando por la ventana y escapar.

Marta García Valdés
Relatos en cadena. Cadena SER