2.917 – Roxy in the TJ Sky*

rosa_razo  Gente con ojos de caleidoscopio cruza por las calles del Centro. Alguien te llama: es un vendedor ambulante que te ofrece árboles de mandarinas y cielos de mermeladas. Saltas entre los edificios llenos de flores de celofán, llegas a la Revolución y el sol brilla desde el asfalto. Trepas al reloj y desde su gran “N” emprendes vuelo por el cielo mientras comes pay de bombones. Observas el tráfico de La Línea, las vías cerradas por el exceso de carros. En el lugar casualmente hay patrullas verdes y amarillas con policías de plastilina solicitando mordidas a los american citizens. Los diamantes brillan junto a las nubes a través de tu viaje por la ciudad. Ves las balsas en el río casi extinto y sin sentirlo llegas al Parque Morelos. Sobresalen cientos de flores plastificadas y sonrientes, así como la gente que las cuida y te saluda desde abajo. Los taxis y calafias de periódico atiborran las arterias y como un gran coágulo tapan la circulación, esperan te subas a ellos para manejar sin control. Los ignoras y te vas. Estás muy cerca, la ves: una foto tuya, inmensa que cubre el Cerro Colorado. Arribas y te das cuenta que tus ojos también son caleidoscopios. Sonríes con rayos de sol.

Rosa Razo González
*A la ciudad y a ese cuarteto que sirven de motor para contar mil historias.

2.916 – Mala suerte

Queta Navagomez  Resuelto a poner en marcha su plan, el gato dijo parando las orejas:
—Amo, procúrate un par de botas, un saco y un sombrero con plumas. Haré a tu nombre regalos al rey. Luego, veré que el ogro se convierta en ratón y me lo comeré para que su palacio sea tuyo. Te haré pasar por el Marqués de Carabás y de esa forma te casarás con la princesa. ¡Alégrate, vamos a ser ricos!
El hijo del molinero, acostumbrado a las malas rachas, apenas pudo sorprenderse de que su mascota hablara.
—Dame pronto lo que te pido —insistió el gato.
Pero el hijo del molinero en lugar de botas usaba huaraches, y el gato consideró ridículo pasar a la historia como El gato con huaraches y se quedó junto a su amo, lamentándose de tan mala suerte.

Queta Navagómez
Huarache = deportiva

2.915 – Con la mayor cordialidad

Carmen_simon  P.S.  El geranio prendió.  Sus flores son blancas; el próximo verano las volveré a ver.  O no.  Eduviges la de la esquina ya no me fía, pero el Flaco aún invita los tragos; eso sí, cuando se le da la gana.  Supe por Laura que estás bien.  Tu vestido azul, como mandado a hacer.  Me hiere.  Ya ni modo.  ¿Qué te mueras?  No.  ¿Para qué?  De todos modos así será.

Carmen Simón

2.914 – Ignorancia

Alexandr Zchymczyk  En vida fui un laureado poeta. Estimado por todos en mi tierra, le escribí su oda al amor, su canto a la mujer, al héroe su epopeya. Le dediqué por completo mi alma al ejercicio de la poesía. Y vengo a enterarme ahora, después de pasar mi vida entre letras, que la prueba de admisión al cielo es un examen de aritmética.

Alexandr Zchymczyk

2.910 – Acertijo


Vanesa Gonzalez  —Mañana moriré en la horca.
Fueron las únicas palabras que pudieron salir de su boca, aunque podría decirse que habían salido por sus ojos grandes, bien abiertos a la expectativa.
—Así es —respondió con una sonrisa el hombre que se encontraba exactamente frente de él con los mismos ojos grandes, aunque ya no abiertos a la expectativa sino al asombro.
Había contestado después de haber pensado la respuesta a trueque del sueño. Él nunca había tenido una mente muy hábil y el acertijo que se le planteó era muy ingenioso: En una guerra, un soldado cayó en manos enemigas. El General del bando contario le dio a elegir entre morir fusilado o colgado en la horca. Para ello, el soldado debía decir algo que si era cierto moriría fusilado, si era falso, moriría colgado. ¿Qué dijo el soldado para salir ileso? “Mañana moriré en la horca” era la respuesta correcta. Incluso entre enemigos hay lugar para los juegos.
Para evitar el deshonor del juguetón General quien había propuesto el acertijo, el soldado fue decapitado a primera hora.


Vanesa González

2.909 – Del trópico

Queta Navagomez  Era un sapo de tonalidades castañas, blando cuerpo y sangre fresca, acostumbrado a las alfombras de helecho y musgo. Incansable buscador de sombra, al que le daba lo mismo dormitar entre la humedad de las cortezas o enterrado en el lodo del pantano. Amante de las zambullidas en arroyos y charcos. Barro saltarín que jugaba a quedarse quieto entre las cañas, cuando el aire de la tarde hacía silbar los carrizales. Anfibio satisfecho de croar mientras las estrellas se desleían sobre el espejo del remanso. Batracio despreocupado y feliz… hasta que una bruja lo convirtió en príncipe.

Queta Navagómez