– La verdad es que siempre me han gustado las mujeres con bigote, como el suyo.
– ¡Oh! ¡Qué amable! No sabe cómo se lo agradezco -dijo ella, mientras se lo atusaba.
– Y.. puestos a ser sinceros, también le diré que me gustan calvas, como usted. El pelo de la cabeza, considero que es molesto y poco higiénico, y, en ciertos casos, hasta peligroso para conducir…
– Gracias. Qué piropeador… -bajó la mirada y movió la cabeza con coquetería-. Va usted a hacer que me ruborice.
– Pero… si le sigo diciendo la verdad… toda la verdad… hay algo que no me agrada del todo… El problema es… su ombligo. Lo encuentro demasiado redondo, pues, sabe, yo los prefiero un poco más cuadradotes. Qué pena, podíamos habernos entendido bien.
– Hombre, algún defecto tendría que tener, ¿no? Usted parece que sólo admite la perfección.
Etiqueta: Viernes
1.788 – Triunfo insostenible
Un grupo de hombres dispersos, que huyen, es todo lo que resta del ejército enemigo. El general (alamares, promontorio, largavistas, lugartenientes, mensajeros) cree haber vencido y cree bien.
Triunfador, a la cabeza de sus tropas, invade la ciudad conquistada, vitoreado por el pueblo. Doncellas y matronas cubren a sus soldados de fresias, gladiolos y crisantemos. Es inútil ordenar el pillaje: cómo arrebatar lo que se les entrega de buen grado, cómo violar a las muchachas que se ofrecen abiertas, con los senos descubiertos.
En el templo principal esperan al general los sacerdotes, para ungirlo emperador. En el palacio principal lo esperan cientos de emperadores que fueron, cómo él, generales triunfantes, felices de haber obtenido tan fácil conquista, incómodos al descubrirla tan difícil de retener: ciudad sometida a constantes, sucesivas, casi diarias invasiones que los respectivos ejércitos, seducidos por los blandos usos de sus habitantes, ya no quieren o no pueden defender.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
1.781 – El intercambio
No debí entrar en ese local. Era una noche insulsa y estaba solo en una ciudad desconocida. Mi puesto como representante farmacéutico peligraba y por eso acepté los cambios de zona que mi jefe asignaba arbitrariamente. No era capaz de dormir así que me levanté, me di una ducha y salí a la calle.
Caminé durante bastante tiempo, mis pasos sonaban duplicados, como si con cada taconeo mi sombra lanzara un eco a la noche. Entonces lo vi, era un local de esos con espectáculo, un cartel enorme anunciaba a un mago de nombre impronunciable. «Solo esta noche», avisaba un papel pegado en un extremo. Al entrar tuve la sensación de estar observando un paisaje submarino: los movimientos ralentizados y la gente oscilando con un vaivén de anémona. Una pálida camarera de ojos tristes me condujo a una de las mesas más cercanas al escenario, pedí un güisqui y me dediqué a contemplar a la gente. Dos mesas más allá de la mía un grupo de mujeres llamaba la atención bailando y riendo. Entonces me acordé de Elena, otra vez, y la punzada regresó después de tantos meses. Nos habíamos dado otra oportunidad, pasaríamos el fin de semana juntos para intentar reanimar nuestra relación, eso dijo.
Una música oriental anunció el comienzo del espectáculo. De ambos extremos del escenario comenzó a fluir una neblina. De entre el humo surgió una figura pequeña, el mago; no veía bien su rostro pero me pareció que tenía rasgos asiáticos. Comenzó con un juego conocido, ya saben, papeles rotos en mil fragmentos multicolores que se unen por arte de manos formando un arco iris íntegro de lado a lado. Después adivinó lo que algunos elegidos dibujaban en un cuaderno. Comencé a bostezar, todo era tan previsible. Entonces el hombrecillo me miró y me invitó a subir al escenario. El siguiente número, según pude entender, consistía en hacerme desaparecer ante los ojos de la audiencia, sin cajas ni ataúdes. Simplemente me colocó en el centro y comenzó a recitar una salmodia en un lenguaje desconocido. Mis sentidos se embotaron al principio pero luego me invadió una agradable sensación de liviandad.
Justo debajo del punto en el que me encontraba había unos pequeños orificios muy bien disimulados, de cada uno de ellos empezó a fluir un humo de color azulado que me rodeó por completó. Sentía que me elevaba y los oh… y ah… de asombro me llegaban desde abajo cada vez más lejanos y confusos. Estaba flotando sobre el humo azulado y alcancé a ver mi cuerpo, a la gente aplaudiendo entusiasmada y al mago inclinándose complacido. Algo no iba bien, mi cuerpo se movía, sonriendo y aplaudiendo también, pero no seguía mis órdenes. Yo seguía allá arriba, mezclado con el humo, yo mismo era esa niebla. Pensaba y razonaba pero carecía de cuerpo. Intenté regresar, pero mi carne era un caparazón que me rechazaba. Sólo pude observar impotente cómo mi cuerpo se sentaba en su mesa y continuaba disfrutando del espectáculo hasta el final.
No sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces, desde mi nueva perspectiva el espacio es una metáfora y los relojes son una farsa. He adquirido ciertos poderes que me separan de lo humano pero sigo sintiéndome desdichado. Estoy encerrado en un laberinto dimensional mientras otro tipo con mi cuerpo anda por ahí disfrutando mi vida: consiguiendo el ascenso que siempre esperé, reconciliándose con Elena, gozando. No puedo hacer nada, le observo, a veces le grito, pero no me escucha.
Rosana Alonso
Los otros mundos.Edit. Talentura, 2012
1.774 – Soledades
Estaba tan solo que, para sentirse acompañado, iba a manifestaciones. Igual le daba que pidieran la paz que la guerra, el sí que el no, un supuesto que su contrario. Se dejaba apretujar por la multitud vociferante y, cogido de la mano de los otros, reconfortado, gritaba consignas que no comprendía, pero lloraba de contento.
Estaba tan sola que, para que alguien la tocara, iba al médico. Que la tomaba con suavidad del antebrazo para medir su tensión, y sostenía su mano anciana durante un minuto, que a ella se le antojaba eterno. Nunca la tuvo alta ni baja, pero el doctor repetía dos veces la toma, decía que para asegurarse de que todo iba bien. Y luego ella se iba, y todo iba bien.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.802 –
1.767 – El fotógrafo
Al cabo de una sesión vespertina agotadora, el viejo fotógrafo recoge su equipo, se pone la gabardina y se despide de su ayudante y de la joven modelo, que ha entregado sin descanso su cuerpo desnudo a la mirada focal del artista. Abandona el estudio y camina hacia su apartamento. Sabe bien que el lastimero maullar de los gatos que lo acompañan por el callejón presagia una noche de tormenta, y que en esas noches merodea cerca el asesino. Piensa en la joven, en su obstinado propósito de alcanzar la fama antes de cumplir los veinte años. La luna desaparece detrás de las nubes y la silueta de la ciudad se esfuma con la primera lluvia. El fotógrafo, que empieza a sentir el cansancio de mantener dos oficios, se refugia en las sombras y aguarda.
Antonio Serrano Cueto
http://antonioserranocueto.blogspot.com.es/2013/05/el-fotografo-microrrelato-en-talentura.html
1.760 – Si viajar en el tiempo fuera posible
Viajar en el tiempo no sólo es posible sino también obligatorio y constante. Desde que nací no hago otra cosa que navegar hacia un mal destino. Lo que quisiera es poder detenerme, quedarme aquí mismo, que no se está mal: echar el ancla.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
1.753 – Teresina
La niña se llamaba María Teresa, pero en el colegio la llamaban Teresina, quizá debido al hecho de que varias de las monjas de la Orden provenían de Italia. Un día, en una de las numerosas funciones religiosas que las alumnas del Centro se veían obligadas a soportar, el capellán se refirió a ciertos padres que no cumplían con sus deberes de católicos, y organizó una especie de «cruzada familiar». La jornada dominical del padre de Teresina se vio interrumpida por la insistencia de la niña para que asistiera a misa. No se atrevió el hombre a decir nada, por no enfrentarse con su mujer, en quien Teresina encontró una fiel aliada. El «triunfo» de la niña fue celebrado por todo el colegio, con alborozo particular de las monjas. Y el padre de Teresina tomó la costumbre de desayunar y leer el periódico en una cafetería, en solitario, mientras duraba la misa.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
1.746 – Entre la vida y la muerte
Mientras esperaba que lo ejecutaran, el preso alojado en el corredor de la muerte sufrió un infarto del que tuvo que ser asistido sin la menor dilación. El equipo médico que se disponía a aplicarle la inyección letal, y que después debía certificar su defunción, se hizo cargo de la emergencia en la propia camilla prevista para el caso. Al otro lado del cristal, aguardando la respuesta del gobernador a la última petición de indulto, el director del centro penitenciario no se separó ni un instante del teléfono móvil, pendiente por igual de la llamada que podía decidir la suerte del recluso, como de su incierta recuperación. Y una tensión similar pudo verse en las caras de las personas que habían venido a presenciar la aplicación de la pena capital, fueran o no partidarias de la misma. Al cabo de unos minutos, con el reo estabilizado y fuera de peligro, todos comentaban que -de no mediar la rápida intervención del personal acreditado- el condenado no habría superado una crisis de la que ahora, aún sin saber si valía la pena que lo movieran de donde estaba, empezaba a recuperarse.
Pedro Herrero
http://www.humormio.blogspot.com.es/2013/11/entre-la-vida-y-la-muerte.htm
1.739 – La cena
Esparció las sales por la bañera, ajustó la temperatura del agua y activó las burbujas. Antes de dejarla a solas en el jacuzzi le colocó un par de rodajas de pepino sobre los párpados, como tantas veces había visto hacer en las películas; luego se fue a la cocina a preparar la guarnición de verduras que acompañaría la cena.
Cuarenta minutos después, regresó al cuarto de baño y comprobó con disgusto la rigidez del cuerpo de su invitada. Aumentó la temperatura del agua, la potencia de las burbujas y rectificó la sazón. Aún no estaba en su punto.
Marina de la Fuente
http://nomevengasconhistorias.blogspot.com.es/2011/04/la-cena.html