Un grupo de hombres dispersos, que huyen, es todo lo que resta del ejército enemigo. El general (alamares, promontorio, largavistas, lugartenientes, mensajeros) cree haber vencido y cree bien.
Triunfador, a la cabeza de sus tropas, invade la ciudad conquistada, vitoreado por el pueblo. Doncellas y matronas cubren a sus soldados de fresias, gladiolos y crisantemos. Es inútil ordenar el pillaje: cómo arrebatar lo que se les entrega de buen grado, cómo violar a las muchachas que se ofrecen abiertas, con los senos descubiertos.
En el templo principal esperan al general los sacerdotes, para ungirlo emperador. En el palacio principal lo esperan cientos de emperadores que fueron, cómo él, generales triunfantes, felices de haber obtenido tan fácil conquista, incómodos al descubrirla tan difícil de retener: ciudad sometida a constantes, sucesivas, casi diarias invasiones que los respectivos ejércitos, seducidos por los blandos usos de sus habitantes, ya no quieren o no pueden defender.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009