1.690 – Fidelidad

Pedro Herrero_110921  A ella le gustaba aquel chico, pero no demasiado. De manera que le diría que sí, pero también que no. Con arreglo a lo primero, se casaron y tuvieron hijos, construyeron un futuro y se amoldaron a una convivencia no exenta de momentos dulces y estimulantes, aunque sensible al desgaste del roce cotidiano y a la servitud de la monotonía. Con arreglo a lo segundo, no hubo nada que hacer: dejaron de verse y siguieron cada uno por su lado. Al principio, el hombre casado no entendía que su vida tomara dos rumbos tan diferentes, y menos aún de manera simultánea. Por las mañanas, saludaba a su esposa con ternura y recibía a cambio la anhelada compensación, salvo cuando despertaba en brazos de una auténtica desconocida. Lo mismo ocurría al final de la jornada, incluso en las reuniones con amigos comunes, donde, sin previo aviso, su consorte parecía regresar de lugares remotos, necesitada de afecto. Pero antes de que el marido fiel y enamorado acabara de aceptar aquella extraña situación, su pareja falleció en un infortunado accidente. Y cuando, en su desesperación, creyó el hombre haberse quedado solo y desamparado, comprobó que –a pesar de ello- una de sus dos mujeres seguía haciéndole compañía.

Pedro Herrero

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1.689 – La unión hace la fuerza

Elisa_de_Armas  Lo enrollamos despacito, como hace mamá con la alfombra del salón, lo cargamos a hombros entre todos y lo tiramos al río. Fue un robo sonado. Después tuvimos cinco meses de vacaciones: el tiempo que tardaron los mayores en construir de nuevo el camino hasta la escuela.

Elisa de Armas

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1.688 – Cuento de hadas al revés

hector ugalde  Nuestro héroe vivió su vida de cuento de hadas completamente al revés.
Comenzó viviendo feliz para siempre.
Luego se casó con la princesa.
Se vio obligado a pelear con el villano, vencerlo y matarlo sin saber qué de malo había hecho aquel pobre hombre para merecer tal castigo.
Entonces, para justificar la maldad del difunto tuvo que inventar historias de sus fechorías, las cuales hizo circular por todo el reino.
Para finalmente regresar a su pueblo natal (en el que nunca había estado anteriormente), volverse un completo desconocido y dedicarse a labrar el campo pensando en que sus líos habían comenzado al casarse con aquella princesa.
Lo bueno es que solamente Había una vez.

Héctor Ugalde

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1.687 – Un desembarco

alonso-Ibarrola32  Se aproximaron a la costa unos grandes buques de guerra y durante siete días estuvieron disparando enormes proyectiles que fueron a estallar junto a la orilla. A continuación, hicieron su irrupción rápidas lanchas anfibias, que abrían sus compuertas y vomitaban centenares de soldados armados hasta los dientes. Las bombas no cesaban de estallar junto a la orilla. Un oficial con muchos galones y un pequeño revólver, gritaba a los buques: «iIdiotas, más allá!». Pero los buques de guerra seguían disparando imperturbablemente contra la orilla. Los soldados caían como moscas. Otro oficial dijo: «¡Al ataque!», pero en el momento de echar a andar, se aturdió, tropezó y cayó al suelo. El resto de los soldados que le seguían, indecisos, se echaron asimismo al suelo. Uno comenzó a llamar a su madre. Otro gritó «¡traición!», al ver que su compañero caía muerto con un tiro en la espalda e increpó duramente a otro por su descuido. Al final todos se retiraron en desorden, exclamando: «¡Volveremos!». Mientras, en el buque-insignia, el almirante, consultando detenidamente los mapas, exclamó sencilla y llanamente:
– Nos hemos equivocado de orilla. Es la de enfrente…
Y con voz un tanto enérgica, gritó: – ¡Adelaaaaaaaaaaaaaaante…!
El dedo índice de su mano derecha señalaba un punto imaginario en el horizonte sin fin del Océano.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
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1.686 – Ciclos

Muñoz Rengel   Al igual que mis padres, aprendí cuando aún era un niño las labores de la labranza y a cuidar un escaso rebaño de apenas unas pocas reses escuálidas. Viví en la austeridad y el hambre hasta el fin de mis días. Después, nací en el seno de una familia griega que me procuró una buena educación y llegué a servir como maestro de los hijos de un aristócrata magnánimo. Cuando morí, me encarné como primogénito de unos ricos comerciantes y llegué a poseer una flota de naves que transportaba mercancías por todo el Mediterráneo. Luego fui un jeque de Oriente. Todavía después, en mi penúltima resurrección, fui el príncipe heredero de una de las naciones más poderosas del planeta. Como vi que la cosa siempre iba a más, para ahorrarme tiempo en prolegómenos, me corté la cabeza. Ahora soy el escarabajo que recoge los excrementos de unas reses escuálidas. A veces, las gigantescas pezuñas golpean con fuerza cerca de mí. Las miro y pido fuerzas al cielo para no sucumbir a la tentación y no quitarme de nuevo la vida.

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Mar de pirañas. Menoscuarto Ediciones. 2012

1.684 – Ayer…

Petra Acero  Ayer fue mi cumpleaños. El año pasado dije que de 39 no pasaba. No entiendo ese afán de querer saber la edad de los demás. “Ya te queda menos para los 40…”. “Al año que viene 40, ¿eh?”. Sí, todos parecen saber sumar. Pues se iban a quedar con las ganas de restregarme lo de cuarentona. No fui a trabajar, descolgué el teléfono fijo, apagué el móvil, y ni salí a la calle. Hoy, sola en casa, me muero porque alguien llame diciéndome que se olvidó felicitarme ayer.

Petra Acero

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1.683 – Bailando con lobos

PedroHerrero  En la clase de primero de secundaria dedicada a normas de comportamiento, la profesora explica a los alumnos que deben ayudar a sus padres en las tareas diarias del hogar. Un alumno la interrumpe y dice que, de las tareas en su casa, se ocupa la sirvienta cuatro veces por semana. La profesora va a responder que no todo el mundo tiene sirvienta en casa, pero el chaval añade que, cuando su padre está enfermo, la sirvienta tarda en arreglar su cuarto más que de costumbre. Antes de que la profesora pueda cortar en seco las risas que provoca ese comentario, una niña afirma que, en su casa, la sirvienta también hace de canguro. Y que, después de acompañarla por la noche, su padre vuelve a casa cuando mamá ya está durmiendo. La profesora, entonces, levantando algo más la voz, se dispone a puntualizar que ése no es, en absoluto, el tema que acaba de plantear. Pero se le adelanta otra alumna para comentar que, la primera vez que papá acompañó a la canguro, volvió a casa con un ojo morado. Ello desata en clase un jolgorio incontenible. Y -ahora sí- perdiendo al fin los estribos para contestar al niño que baja la basura y saca el perro por las noches, la profesora le grita que se calle. Y que si quiere hablar, pida permiso como todo el mundo.

Pedro Herrero

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1.682 – Traducción

Iban Zaldua  Soy un escritor obsesivo, lo sé. De los que corrigen sin cesar sus textos, página a página, línea a línea casi; la escritura es uno de esos trabajos que nunca se acaban, y si por fin doy mis libros por concluidos es debido a la insistencia de los editores.
Mi última novela me dejó completamente vacío, tanto que apenas podía imaginarme escribiendo otra; sin embargo, no creía que estuviese acabada del todo. Por eso, cuando surgió la oportunidad de publicarla en castellano, no la dejé escapar y fui yo mismo quien la traduje del euskera. Empleé casi más tiempo en ello que en escribir el original, e introduje muchos cambios en el libro: a fin de cuentas, ya se sabe que los escritores no hacemos traducciones de nuestras obras, sino versiones.
Aunque mis esfuerzos no me satisficieron por completo, cuando surgió la oportunidad de traducirla al francés, no tuve ninguna duda: dispuse que se hiciese del castellano. Pero según iba leyendo la versión francesa me di cuenta de que era bastante mejor que la española; de manera que cuando una editorial inglesa mostró interés por mi obra, les rogué que tomasen como base la traducción al francés.
La traductora inglesa, a su vez, realizó un trabajo excelente, y la lectura del resultado me mostró que sí había solución para los escollos de ciertos pasajes que tanto yo como el traductor al francés habíamos dejado, por así decirlo, sin resolver.
Propuse, por tanto, que la traducción húngara se hiciese desde el inglés. Obviamente, desconozco el húngaro, pero con la ayuda de un diccionario y de una pequeña gramática pude repasar el texto, por encima, y me dejó una inmejorable impresión: estimé que la versión al húngaro era, entre todas, la mejor, y decidí que sería la base para traducir la novela al esloveno.
Pasó lo mismo en los años sucesivos y, respectivamente, con las traducciones al checo, al italiano, al árabe, al neerlandés, al zulú, al ruso y al japonés: cada una me parecía mejor que la anterior. Para repasar la última me dirigí a un amigo mío, que es experto en lenguas del Lejano Oriente, y lo que me contó fue lo que hizo que se me ocurriera la idea; al final, dominado por mi obsesión hacia las traducciones, llevaba años sin escribir nada nuevo. Le pedí a mi amigo que hiciese la traducción al euskera de la novela.
Cuando se la enseñé a mi editor, me dijo que era lo mejor que había escrito hasta la fecha; se presentará en la próxima Feria del Libro Vasco de Durango. No obstante, ya he comenzado a hacer la traducción al castellano, y creo que introduciré algunos cambios…

Iban Zaldua

Mar de pirañas. Menoscuarto Ediciones. 2012

1.681 – Vórtice

manuel Moyano2  Como yo comentara que las ardillas habían proliferado mucho en aquel parque, el mendigo que compartía mi banco dijo que él podía mostrarme el porqué. Empezó a caminar sobre el césped y me conminó a seguirle. Llegamos al pie de un jacarandá. «Ahora dijo hay que andar seis pasos en dirección a aquella papelera.» Lo hicimos. «Éste es el punto exacto. Deme cualquier objeto que tenga a mano», pidió. Le pasé un bolígrafo que llevaba en la chaqueta. Él lo dejó caer y, un centímetro justo antes de tocar el suelo, el bolígrafo se desvaneció en el aire. «Espere, esto no es todo», añadió. En cuestión de segundos, aparecieron cinco bolígrafos en aquel mismo punto, como regurgitados de la nada. «Cada vez que una ardilla pasa por aquí explicó salen cinco». Repetí la prueba con un guijarro y comprobé que, acto seguido, se quintuplicaba. «Este viejo es irremediablemente idiota me dije para mis adentros; bastaría con que empezase a arrojar ahí las limosnas que recibe, y en poco tiempo se haría rico». Fingí no sentir especial interés por el asunto pero, al caer la noche, regresé con un fajo de billetes de cien. Para mi desdicha, los empleados municipales habían retirado la papelera que servía de referencia. Tampoco he vuelto a ver al mendigo que me impuso esta condena. Desde hace treinta años acudo todas las noches aquí para examinar el césped, palmo a palmo, brizna por brizna.

Manuel Moyano

Mar de pirañas. Menoscuarto Ediciones. 2012