A ella le gustaba aquel chico, pero no demasiado. De manera que le diría que sí, pero también que no. Con arreglo a lo primero, se casaron y tuvieron hijos, construyeron un futuro y se amoldaron a una convivencia no exenta de momentos dulces y estimulantes, aunque sensible al desgaste del roce cotidiano y a la servitud de la monotonía. Con arreglo a lo segundo, no hubo nada que hacer: dejaron de verse y siguieron cada uno por su lado. Al principio, el hombre casado no entendía que su vida tomara dos rumbos tan diferentes, y menos aún de manera simultánea. Por las mañanas, saludaba a su esposa con ternura y recibía a cambio la anhelada compensación, salvo cuando despertaba en brazos de una auténtica desconocida. Lo mismo ocurría al final de la jornada, incluso en las reuniones con amigos comunes, donde, sin previo aviso, su consorte parecía regresar de lugares remotos, necesitada de afecto. Pero antes de que el marido fiel y enamorado acabara de aceptar aquella extraña situación, su pareja falleció en un infortunado accidente. Y cuando, en su desesperación, creyó el hombre haberse quedado solo y desamparado, comprobó que –a pesar de ello- una de sus dos mujeres seguía haciéndole compañía.
Un comentario en «1.690 – Fidelidad»
Deja un comentario
Disculpa, debes iniciar sesión para escribir un comentario.
Complicada es ya de por sí la vida. No quiero imaginarme la de este pobre.