2.367 – Paraíso al revés

Rogelio Guedea  Picando una cebolla la otra tarde me rebané un dedo, prácticamente me corté la yema. Entonces lo que hice fue pegarla otra vez. La dejé ahí creyendo que se adheriría de nuevo a la carne y sus fibras recobrarían la entereza de antes, fundiéndose y confundiéndose con sus fibras hermanas, brevemente ausentes. Pero no fue así. El trozo de piel quedó mal, pegado como por encima, endeble de uno a otro borde. Entonces pensé que eso pasaba un poco como cuando una mujer que amamos nos deja un buen día y, al siguiente, intentamos recuperarla, algo así de su carne ya no termina de adherirse bien a la nuestra, ni sus ojos nos miran como antes en el desayuno, ni sus manos nos acarician la espalda de la misma manera tierna al regresar del trabajo, y su alma como su amor queda colgando de un hilo, en las orillas del viento, a la deriva, y entrada la noche uno, quebrado en dos pedazos, termina andando por las calles peor que un fantasma.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010

2.360 – Hubo una vez que un hombre muy guapo me amó*

Alejandra_d_ortiz  Hace algunos años, un hombre muy guapo me amó durante treinta y dos días y sus treinta y dos noches.
Se llamaba Francesco, de apellido italiano, fotógrafo de profesión. Me descubrió comiendo con unos amigos. En el postre me dijo que ya me amaba.
En la mañana del día treinta y tres, desapareció.
Fue entonces cuando yo comencé a amarle.

Alejandra Díaz-Ortiz
Cuentos chinos.Trama Editorial 2009
*A Checo

2.353 – La ausencia

araceli esteves2  Me dice que yo siempre tengo seis años porque es la edad en la que morí. No sabe que sólo existo porque ella me convoca cada noche, agarrada a la foto de un niño. Yo la visito para que sus lágrimas tengan nombre. Nunca le diré que no soy su muerto. Sé que me necesita más que mi propia familia, cuatro casas a la izquierda.

Araceli Esteves

2.346 – Dicen que…

Mario Perez Antolin  Dicen que enloqueció de tanto mirarse por dentro, pero yo sé que otras fueron las causas: cuidaba un canario con verdadero esmero; en la tertulia de los domingos era recibido como un camarada; sus hijos, a los que apenas escribía, nunca faltaron en Navidad ni en sus cumpleaños; después de comer se daba un pequeño paseo con su viejo automóvil por los caminos de siempre. Estas cosas lo mantenían a flote, y, poco a poco, las fue perdiendo: el canario murió, disolvieron la tertulia, los hijos emigraron y no consiguió renovar el carné de conducir. Entonces supo que tenía que abandonar este mundo de una u otra forma, y el suicidio le acobardaba.

Mario Pérez Antolín
La más cruel de las certezas. Ed. Baile del Sol, 2013

2.339 – El arte del realismo

juan armando epple  Dos hombres descomunales les cerraron el paso, blandiendo sus lanzas como aspas de molino. Sancho se escabulló entre las piernas de uno de los gigantes, pero su amo recibió un golpe de refilón que lo lanzó por los aires. Después decidió cambiar la versión de los hechos. Si no lo hago, se dijo precavido, van a pensar que el loco soy yo.

Juan Armando Epple
Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía. 2010

2.332 – El cielo está alquilado

octavio robleto22  ¡Tan tan!
-¿Quién es?
-Un alma caritativa.
-¿Deseaba pasar?
Sí. Vengo de la Tierra.
-Lo siento… pero el cielo está alquilado.
-¿Cómo me dice usted eso? ¿A mí, que tengo privilegio de reservación? He dado mi cuota correspondiente cada día que pasaba. ¡Hasta tengo intereses acumulados! Debe haber un error. ¡Revise! ¡revise! Lo suplico. Además, tengo derecho a explicaciones.
Silencio.
-¿Cómo dijo llamarse?
-(Con furia) ¡Eso qué importa! ¡Soy un alma caritativa!
-Realmente vienen pocas. Pero su nombre no aparece.
-(Irónico) ¡Si debería estar en letras de oro!
-El oro aquí no cuenta. Para escribir usamos las plumas viejas que se les caen a los ángeles y las untamos con tinta roja, indeleble e inagotable…
supongo que conoce la historia. –
-Sí la conozco. ¿Pero qué pasa que no abre?
-Ya se lo dijimos… el cielo está alquilado. Hay tanta demanda que apenas para nosotros queda un rinconcito. Tenemos muchos compromisos. Le quedan dos opciones: hacer una espera en el purgatorio o regresar a la Tierra. Nosotros siempre cumpliremos su solicitud de reserva.
-¡Pero si la Tierra es un infierno!
-Cierto. ¡Y aquí, por el momento, los del infierno no tienen entrada!

Octavio Robleto
Cuentos de verdad y de mentira. Ed. Nueva nicaragua – 1986

2.325 – Garimpeiro

Elisa_de_Armas  Gustaba el pastor de alabar las gracias de su joven esposa, entre las que destacaba una rubia y abundante cabellera.
—No hay diosa en el Olimpo cuyos rizos puedan compararse a los tuyos— alardeó un día mientras se bañaban juntos en el río.
Enfurecida al oírlo, la dorada Afrodita convirtió en oro macizo la melena y la muchacha fue arrastrada a lo más profundo del lecho.
Desde entonces su amado cierne las aguas en su busca y, en su afán, no atrapa más que rayos de sol, que escapan a través de la malla.

Elisa de Armas
http://pativanesca.blogspot.com/2015/06/garimpeiro.html

2.318 – El niño que se comía las palabras

Manu Espada (1)  A algunas personas les trasplantan los pulmones. A otras les realizan un trasplante de corazón o de córnea, pero siempre tiene que morir alguien. Mi caso fue distinto. Cuando era pequeño no podía hablar, al menos no como el resto de los niños. Cada sílaba requería el mayor de mis esfuerzos. Sin embargo, mi padre se ganaba la vida con las palabras. Paradójico. Aún recuerdo el domingo que llegó con una máquina de escribir antigua. Yo entré en su despacho mientras él ponía la vieja Olivetti sobre la mesa. Colocó un folio de papel cebolla en el rodillo, me cogió el dedo índice y escribimos mi nombre. Mi padre lo recortó con unas tijeras, lo hizo una bolita y me dijo: «Rica». En cuanto el papel rodó por la garganta dije mi nombre en voz alta. Desde ese día, mi padre no pudo volver a pronunciarlo. Luego vinieron muchas palabras más. Mi padre me cogía el dedo, me susurraba cosas al oído, las tecleábamos y luego me metía las palabras en la boca. Él nunca más volvía a usarlas. Primero se quedó sin sustantivos, luego sin verbos, más tarde me pasó los adjetivos, los artículos, las preposiciones, hasta que me trasplantó todas las palabras del mundo. Hasta que se quedó mudo.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto. 2015

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2.311 – Fan

manuel Moyano2  Parecía imposible, pero Elvis se encontraba allí, delante de mí, haciendo cola en la caja de aquel supermercado. Aunque iba camuflado con unas gafas de sol y una enorme barba gris, hubiera reconocido su rostro incluso bajo un pasamontañas. Le seguí hasta los aparcamientos y, mientras vaciaba el carro de la compra en su maletero, lo abordé. Naturalmente, negó ser Elvis, pero yo le arranqué la barba de un tirón. Como imaginaba, era postiza. «Entonces, no es una leyenda», exclamé. «¡Estás vivo!» Esa noche bebimos hasta hartarnos. Elvis lo pasó en grande, e incluso interpretó algunos compases de Love me tender, aunque, por la edad, ya desafinaba un poco. Cuando empezó a amanecer, me mostró una navaja medio oxidada que guardaba en su cazadora y me pidió disculpas por tener que matarme, ya que -explicó- necesitaba salvaguardar su incógnito. Le aseguré que lo comprendía, y que, para mí, el haber compartido una velada con él ya justificaba toda una vida. Mi cadáver se pudre ahora en una solitaria cuneta de Oregón, es cierto, pero cuántos querrían haber estado en mi lugar.

Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011

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2.304 – Cuando dentro de la ciudad de Gamud un hombre mata a otro…

antonio fernandez molina2  Cuando dentro de la ciudad de Gamud un hombre mata a otro, aunque sea en legítima defensa, ha de pagarlo con la vida. Únicamente puede salvarle una cosa. Si el muerto era casado, y el que lo mató no tiene inconveniente, vestir su ropa y acicalarse de modo que se le asemeje lo más posible, presentarse ante la mujer del difunto ataviado de esa manera y así conseguir hacerle comprender que en todo caso ella no perderá en el cambio. Si la mujer acepta, el hombre está salvado y desligado de anteriores compromisos. Su mujer, en ese caso, queda en la misma situación que si fuera soltera.
Así se han solucionado muchos conflictos de alcoba.

Antonio Fernández Molina
Las huellas del equilibrista. Ed. Menoscuarto 2005

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