2.749 – Los que esperan

leon_de_aranoa  Bienaventurados los que esperan a que pase al fin su tren, sentados en un banco, contando las baldosas del andén, en la estación equivocada.
Bienaventurados los que esperan que ella vuelva, pese a todo. Los que esperan a que suene el teléfono, a que se abra la puerta, a que llegue la ansiada carta.
Y también los que esperan en los corredores encerados de los hospitales, ante las puertas de los quirófanos, en el umbral de los comedores sociales. Los que esperan ver su nombre en una lista en la pared, o a que se pronuncie el fatal diagnóstico.
Bienaventurados los que cuentan los días, las horas, los minutos. Los que esperan a que todo acabe, o que todo empiece.
Aguardan su turno, el momento que les pertenece. Aguardan la guinda, el gol en la prórroga, el cromo que completa el álbum. Y la caricia que les fue negada, el paraíso prometido a otros. Aguardan el final del cuento, lo que les deben, lo que se merecen: la parte mejor de la mejor parte.
Bienaventurados también los que nada esperan ya. Malgastaron sus ilusiones en la penumbra de la sala de espera de su adolescencia, planeando con detalle hermosos viajes que jamás emprendieron. Desde entonces habitan los mapas, los proyectos, los sueños: alerta siempre, listos para saltar la valla. Decididos a averiguar por sí mismos, de una vez por todas, a qué carajo saben las perdices.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

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2.735 – Cuando alguien muere en Cejunta…

antonio fernandez molina  Cuando alguien muere en Cejunta, inmediatamente se le vacían los bolsillos y se reparte su contenido entre sus seres más allegados. Han de tragárselo en el momento, y, si no pueden, a pedacitos o con auxilio de alguna bebida.
A veces, por este motivo perece alguno de los familiares del difunto y se le vacían también los bolsillos y sus allegados tragan lo que hay en ellos. Si esto provoca las muertes en cadena, por esta causa, puede llegar a extinguirse una familia.
En ese caso, a la salida del pueblo, se plantan tantos árboles como personas han muerto, y el cuidado de estos árboles corre a cargo del municipio, que obtiene de la madera beneficios saneados.

Antonio Fernández Molina
Las huellas del equilibrista. Ed. Menoscuarto 2005

huellas equilibrista

2.728 – La mujer de mi sueño

araceli esteves3  Por favor, coja número y espere. Me siento en la única silla desocupada. Enrollo y desenrollo el número 93 haciendo un canutillo cada vez más apretado, la pantalla electrónica salta al número 27. Cambian las unidades y las decenas, algunos números se dilatan atascados en largos minutos, pero no tengo prisa. Llega mi turno. Después de grabar los datos y pagar mi dispositivo UST, vuelvo a casa. Tomo una cena frugal, inserto el UST en mi RB2 y me dispongo a disfrutar del sueño recién comprado. Pocos segundos después de apoyar la cabeza en la almohada, cae el pesado nido. Las imágenes llegan puntuales como prometía la publicidad del producto. Todo es tal como lo imaginé, como conseguí describirlo. Y ya por fin la tengo delante. A ella, mi amada, distante y hermosa, moviendo sus labios asalmonados que imagino rellenos de pulpa de fresa, suave y jugosa. Me habla a mí, me mira con estudiada coquetería. Mi corazón aletea ingrávido. Por favor, coja número y espere, dice la mujer de mi sueño.

Araceli Esteves

2.721 – El pez de Pedrito

javier Ximens  Desde hace quince días Pedrito madruga y se desplaza al malecón con una caña de pescar y un cuchillo. Sabe lo que quiere, de modo que si el pez que pica no es de color gris verdoso —con una mancha negra rodeada de una línea clara en el centro de cada uno de sus flancos—, lo arroja de nuevo al agua. Le contaron la historia en la catequesis y está seguro de que si a ellos les sirvió para encontrar la moneda de oro con la que pagar el tributo para entrar en el templo, él hallará la que necesita para que a su madre no le quiten el piso.
Está teniendo peor suerte, ya ha pescado más de una docena y ninguno contenía la moneda ni en la boca y ni en el interior. A ellos les salió con el primero. Empieza a dudar. Teme que —además— no pueda hacer la Primera Comunión.

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2013/12/el-pez-de-pedrito.html

2.714 – Marcos 10:14

nino-malo  Comida por las paredes, peluches decapitados, cajones desarmados… mi comedor parecía Kosovo.  Los niños, por fin, se habían dormido. Encendí la tele y me derrumbé en el sofá. Cada viernes que mi hermana tenía cena tocaba hacer de tito: que si mama nos explica un cuento, que si hemos visto un monstruo, que Luís me ha metido el dedo en el ojo.… abrí la revista y me dispuse a hacer el autodefinido. Palabra de siete letras para designar hijo. No me costó mucho dar con ella. Podía haber puesto “vástago” pero cogí el bolígrafo y con excelente caligrafía escribí: “deeee-moooo-nio»

Juan Antonio Vázquez
http://blog.rtve.es/wonderland/ 

 

Ilustración: http://enbuscadeantares.com/2014/06/03/existe-la-maldad-infantil/

2.407 – Doppelgánger

manuel Moyano2   Dicen que cada uno de nosotros tiene un sosias en alguna parte. Yo encontré al mío una mañana de invierno, mientras paseaba tranquilamente por las Ramblas. Al verlo en la distancia, tuve por un instante la sensación de haberme desdoblado, pues era idéntico a mí hasta en el más minúsculo detalle. Lo seguí y averigüé dónde vivía. A partir de ese día, empecé a maquinar un plan. Dos meses después lo esperé en el portal de su casa y le invité a subirse a mi coche. No dudó en hacerlo, maravillado al verse frente a una copia exacta de sí mismo. Le propuse dirigirnos a mi chalet, en Sitges. Mientras recorríamos las abruptas costas del Garraf, hablando de los jocosos malentendidos que podría originar nuestro extraordinario parecido, detuve el coche en un mirador so pretexto de contemplar el paisaje. Él no sospechó nada. Estaba comentándome la belleza de aquella puesta de sol -el cielo había adquirido un extraño color cárdeno- cuando le asesté un golpe en la cabeza. Cayó al suelo, inconsciente. Lo senté en el asiento del conductor y empujé el coche hasta precipitarlo por el acantilado. Ahora, todo el mundo me cree muerto. Por fin podré empezar una nueva vida. Lejos, muy lejos de aquí.

Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011

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2.400 – Maletas

2003 Sundance Film Festival - "Mondays in the Sun" - Portraits  Cuando hacemos la maleta, decidimos. Dejamos fuera lo accesorio, lo superfluo. Aquellas camisas que no acaban de sentarnos, los libros que ni hemos leído ni leeremos, los pantalones que nos regaló ella pero nunca nos gustaron tanto como dijimos al abrir el paquete. Dejamos, en definitiva, aquello de lo que podemos prescindir, y guardamos en su interior lo que necesitamos, lo que de verdad importa. Nuestro sentido de la elegancia, nuestra comodidad. Nuestro olor y nuestra lectura, nuestro buen aliento, nuestra compostura. Guardamos nuestra necesidad de parecer delgados y la de seducir también, el modo en que queremos que nos perciban. Guardamos nuestra confianza, nuestro miedo a defraudar, la huella que queremos dejar en los otros. El éxito social que ambicionamos, nuestro futuro a medio plazo.
Nuestra maleta nos contiene, es nuestro mejor resumen, una síntesis de lo que somos: el inventario de nuestras manías, de nuestros gustos y nuestras intenciones, el balance exacto de nuestras pérdidas.
Conscientes de lo anterior, le damos nuestro nombre, nuestras señas. Nunca nos separamos de ella. Salvaguardamos su contenido con trabas, precintos, candados; formulamos combinaciones secretas para protegerla y proclamamos su fragilidad, porque sabemos que es la nuestra.
Todo cuanto somos cabe en ese paralelepípedo pequeño de piel o de plástico que, un día cualquiera, en un aeropuerto, confiamos a una extraña. Por eso nos arracimamos unas horas después sobre una cinta transportadora, en otro aeropuerto, ansiando verla aparecer. No es nuestra ropa interior lo que aguardamos en tales ocasiones con tanto anhelo: nos aguardamos a nosotros mismos.
Como nosotros, las maletas envejecen. Les salen ojeras, arrugas, grietas. Su carácter se endurece y tienden a perderse cada vez con más frecuencia. Se sabe de un pasajero al que extraviaron la maleta y recibió una compensación muy razonable a cambio, pero nunca volvió a ser el mismo.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

2.393 – El cazador de leyendas urbanas

manuel espada  -En uno de los hielos de mi bourbon ha aparecido el cadáver criogenizado de Walt Disney. Haga el favor de venir a por él, si es tan amable -me pidió horrorizado mi último cliente. Con el mono de trabajo y la mascarilla nadie me reconocía, pero no era dificil localizarme. Aparecía en,las páginas amarillas, por la letra «C». «Cazador de leyendas urbanas.» Las llamadas no siempre son fiables. En ocasiones se trata de falsas alarmas. Esta vez el cliente estaba en lo cierto. Allí estaba el viejo Walt desnudo, con el bigotillo y las manos pegadas a las paredes del cubito. Al llegar a casa lo metí en el congelador, junto al abominable hombre de las nieves y un par de caimanes albinos de las alcantarillas de Nueva York que nos servirían de cena esa noche a mi esposa y a mí. Conocí a mi mujer por la llamada de un conductor de Wyoming que se la encontró en una carretera comarcal. Desde que me casé con la chica de la curva mi vida es más tranquila. Nos fuimos a vivir a una islita desierta en medio del triángulo de las Bermudas. Al principio solo teníamos la compañía de varias de esas ratas con las que cocinan las hamburguesas en el McDonald’s, pero hemos adoptado otra mascota, el perrito de aquella niña que iba a dar una sorpresa a Ricky Martin en televisión. Como solo se alimenta con foie gras, nocilla y mermelada, se ha puesto orondo. Quizá por eso lo hemos llamado como a mi hermano gemelo: Elvis. Él vive en la isla de al lado con uno de los extraterrestres que se estrellaron en Roswell en 1947, pero no nos hablamos. Así somos los Presley. Cosas de familia.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015

2.376 – El espejo en que te miras

rogelio-guedea  Cuando vi a la anciana con los mofletes amoratados y con los tubos metidos en la nariz y las sondas en las endebles venas en la cama del Dunedin Hospital -al que no había ido desde aquella piedra en el riñón que casi me mata-, no pude evitar pensar en lo estorbosa que se hace la vejez cuando nos medra la fuerza indispensable para mantenemos en pie, o ser capaces de ir y volver del baño, o cruzar una calle, o siquiera llevarnos la cuchara a la boca. Quiero decir lo indispensable, pues. Quizá por eso no pude evitar escuchar las quejas que escupe la enfermera cuando la anciana -que puede ser tu madre, o tu hermana o prima- le llama para pedirle que le ayude a reclinar un poco la cama o el sillón en el que está sentada, o para abrirle la ventana o ponerle en la espalda un cojín, o quitarle los zapatos, o simplemente para conversarle dos, tres palabras, y así con ello tapiar la soledad que cómo la invade desde que sale el sol hasta que se mete, y los reniegos, también, de los familiares a los que la anciana llama para que vengan a visitarla aunque sea cinco minutos, familiares que prefieren mejor no contestarle el teléfono y que deciden seguir comiendo la sopa caliente de codito sin imaginar siquiera que los ojos de la anciana, y el corazón anciano que tiene, y toda su piel que es un pergamino, inservible al parecer ya, todavía siente, y respira todavía -con espasmos, sí, pero aún respira-, y todavía puede mirar cómo esos que la esquivan o le dan con la punta del pie -escupitajos, empellones por la espalda, etcétera- van también al mismo lugar a donde ella va, sin saber que incluso pueden llegar antes que ella. Porque la muerte es así: una perra que no respeta amo y que muerde toda mano, incluida aquella que, por supuesto, le da de comer.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010

2.369 – Huéspedes

Elisa_de_Armas  Ella no tiene maña para recogerse el pelo. Luce una melena pelirroja y agreste que me sirve de nido. A mí, a su profesor de yoga y a un ingeniero en paro. Los tres condenados a entendernos. Cada vez que disputamos por el territorio, se cepilla con furia y salimos despedidos. No te imaginas lo difícil que es volver a conquistarla. Además, nos lo tiene advertido: si seguimos dándole quebraderos de cabeza, se hace un corte a lo garzón.

Elisa de Armas