2.889 – Escarabajos

Amelia DomínguezLa vida es sueño
Pero también suele ser una barca,
O mejor, un submarino amarillo;
Aparte de que siempre
Será una mierda.
             Xavier Villaurrutia
  Quince años y canciones de Los Beatles era todo lo que tenías para anteponerlo como escudo al tedio, a los gritos de tu hermanito a los chismes de las vecinas y a la suciedad que te rodeaba. Te pasabas horas pegada al radio, con los sueños dorados, que al apagarlo se convertían en desteñida vigilia.
En ocasiones te sentías Ana o Julia, otro día Prudencia, Mary la del corderito o cualquier otra, menos la que realmente eras.
Un largo y sinuoso camino recorrías a diario de u casa al mercado; comprabas lo indispensable y regresabas a hacer la comida para cuando llegara tu padrastro y después tu mamá, del trabajo. Si no lo hacías, te esperaban twist y gritos, de ambos.
Afortunadamente, cuando salías al pan, encontrabas a Jorge, con quien emprendías un viaje fantástico y misterioso, se perdían en un bosque noruego, llegaban hasta unos campos de fresas, donde comían hasta hartarse, para terminar en la panadería, con un pastelito.
En tu casa el Sargento Pimienta y Lady Madona nunca se llevaron bien. Tú y George, sí. Y lo mismo hubiera sido con John, con Paul o con Ringo, los cuatro eran fabulosos, aunque tuvieras que soportar sus infidelidades.
Cuando empezaron a aparecer noticias de que se casaban, trataste de mantenerte más ocupada que de costumbre, para no pensar en ello, y después, cuando el grupo se desbarató, se deshicieron tus sueños a gotas y el radio permaneció mudo por mucho tiempo.
Tus cumpleaños se han ido acumulando tanto como los trastos sucios y la basura, pero aún te gustan los escarabajos: imagina que eres Lucy en el cielo de brillantes, y que tal vez, cuando tengas sesenta y cuatro años…

Amelia Domínguez Mendoza

2.882 – Síndrome de Estocolmo I

Lorena escudero Tras horas de intenso maquillaje, la princesa estaba lista para esperar en la ventana de la torre más alta del castillo. Solo habían pasado algunos minutos cuando apareció a caballo el primer príncipe que acudía en su rescate aquel día. Presurosa, se dispuso a afilar los cuchillos. Hoy el dragón había salido.

Lorena Escudero

2.868 – La Flor Azteca I

a_m_SHUA 11  Cuando era chica, mi madre conoció a la Flor Azteca, una cabeza de mujer cuyo cuello muy fino cimbreaba en un jarrón. Hacía muecas, guiñaba los ojos, contestaba preguntas y no se consideraba un espectáculo para niños. Sin embargo mi madre no lloró hasta que le explicaron que sólo se trataba de un juego de espejos. Decepcionada pero incrédula, alcanzó a esconderse detrás de una maderas pintadas.
A la madrugada, cuando todos los espectadores se habían ido, salió trabajosamente del jarrón una mujer desnuda, diminuta, enjabonada. Una férula de metal en la base del cuello le ayudaba a sostener la cabeza erguida. «Nomás los chicos se dan cuenta de que esto no es un truco. Por eso no los dejan entrar», le dijo la Flor Azteca. Y la convidó con un mate.
Me parece imposible que me madre haya sido niña alguna vez.

Ana María Shua
Botánica del caos

2.861 – Peor para ella

millas23  Tengo un ordenador portátil con el que voy a todas partes. Lleva dentro de sí más folios escritos de los que cabrían en un baúl, y más fotografías de las que entrarían en siete cajas de zapatos. Y no pesa más que un libro grande. En eso, los ordenadores se parecen a nosotros, que tenemos la cabeza llena de obsesiones, fantasías, deseos, rencores, agradecimientos, cosas, en fin, que no podríamos meter en un camión gigante de mudanzas ni apretando. Muchas veces, este ordenador se adelanta a mis deseos y si voy a escribir, por ejemplo, la palabra febril, él me sugiere que ponga febrero cuando apenas he tecleado febr. O martes si me dispongo a escribir martillo. Normalmente no le hago caso, pero a veces sí y salen textos curiosos. Por las noches lo dejo encendido para ver si se decide a redondear un artículo entero, o dos, por su cuenta, pero aún no me ha dado esa alegría.
Hace poco, me disponía a escribir una carta a un amigo y tecleé: Querid, pero antes de que acabara la palabra, el ordenador me sugirió: Queridos padre y madre.
Se me cortó el aliento, como pueden ustedes suponer, sobre todo porque soy huérfano y nunca se me habría ocurrido dirigirme a estas alturas a mis progenitores muertos. No obstante, hice caso a mi máquina y redacté una carta que ni siquiera era un ajuste de cuentas: de lo mejor que he escrito en mi vida. No tengo adónde enviarla, pero eso me ocurre también con muchas personas que están vivas.
Ahora bien, lo mejor es que ayer estaba trabajando cuando la pantalla del ordenador se puso negra durante unos segundos angustiosos y luego volvió en sí, como si hubiera tenido una lipotimia, una pérdida, un vahído. A mí me pasan esas cosas también: me desmayo durante un momento y enseguida se me enciende la luz y continúo sin problemas con lo que tenía entre manos. Ignoro si esta compenetración con mi ordenador es rara o no, pero a mí me gusta. O sea, que lo que hace diez o quince años nos habría parecido un cuento de ciencia ficción empieza a ser realismo costumbrista. La realidad es que es muy voraz: materializa todo lo que se nos pasa por la cabeza.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

2.854 – Cuento casi sufi

gonzalo suarez  Recogí a un vagabundo en la carretera. Me arrepentí enseguida. Olía mal. Sus harapos ensuciaron la tapicería de mi coche. Pero Dios premió mi acto de caridad y convirtió al vagabundo en una bella princesa. Ella y yo pasamos la noche en un motel. Al amanecer, me desperté en brazos del maloliente vagabundo. Y comprendí que Dios nos premia con los sueños y nos castiga con la realidad.

Gonzalo Suárez
Por favor, sea breve. Ed, Páginas de espuma 2001

2.847 – El sueño del profesor

jose_antonio_ayala  Era un sueño recurrente, repetitivo. Nada extraño tratándose de un profesor universitario sometido a la intensa presión de hablar diariamente en público ante un auditorio numeroso y no siempre atento a sus palabras. Soñaba el profesor que, de pronto, en una clase, se quedaba mudo, en silencio, sin saber qué decir, mientras observaba las caras, mezcla de extrañeza y de burla, de decenas de alumnos que ocupaban el aula. Buscaba entonces en su cartera las fichas, los guiones que siempre acostumbraba a llevar, para seguir un orden o recordar un dato o una fecha, pero las fichas tampoco estaban. Echaba sobre la mesa papeles y más papeles que se referían a otras cuestiones ante las atentas miradas de los alumnos. Los comentarios adversos de estos comenzaban a subir de tono. Algunos muchachos se ponían de pié y hacían el gesto de marcharse. El sudor resbalaba por la cara, y por todo el cuerpo, del profesor y sentía que la angustia le atenazaba.
La congoja del sueño persistía cuando el profesor despertaba. Se levantaba entonces e iba a buscar su cartera de clase a su despacho.
Allí estaban las fichas sobre el tema. Podía seguir durmiendo tranquilo.
Dispuesto a evitar al menos esa segunda parte de levantarse y cerciorarse de que tenía las fichas, bien molesta a veces porque no siempre lograba conciliar de nuevo el sueño, decidió colocar en la cabecera de la cama un pequeño letrero que decía «estoy jubilado».
Pero ni por esas.

José Antonio Ayala
Chispas (101 microcuentos). 2005

2.840 – Ego, te absolvo

rosana alonso  Desde que han retirado a los mendigos de la calle, don Prudencio no duerme bien, apenas come y ya le da igual ganar o perder en la partida de ajedrez que juega en el casino. Echa de menos a los pobres en general, pero sobre todo al que se apostaba en la entrada de la iglesia los domingos. Con qué naturalidad aceptaba la moneda de dos euros que dejaba caer en la caja de latón al salir de misa con su familia, cargado de buenas intenciones, confesado y arrepentido. Con qué gratitud le miraban sus ojos acuosos y cruzados de venillas rojas otorgándole un alivio placentero.
Ahora lleva tres semanas sin verle, y ni los rezos, ni los golpes de pecho aplacan su angustia. Por eso hoy, al encontrar un indigente fugado durante su paseo vespertino, pone en su mano un billete de cien euros, se pone de rodillas y le ruega que vaya a la misa de doce, que sea su mendigo siempre. Siempre.

Rosana Alonso
Los otros mundos. Ed. Talentura. 2012

2.833 – El doble

leon_de_aranoa  En el país al que nos referimos aquí había un doble del Presidente, humorista muy popular, nacido en el humilde barrio de La Tampita, a las afueras de las afueras. El extraordinario parecido de sus rasgos físicos sólo era superado por la lealtad con la que el humorista reproducía sus gestos, el tono monocorde de su voz, su risa extemporánea y una forma de caminar característica.
Su repertorio de imitaciones incluía la célebre Inauguración del Pantano de La Grieta, su Tropezón el Día de la Pascua Militar ante la Tribuna de Personalidades o La vez que le sorprendieron saliendo de un conocido hotel del centro de la ciudad con la reina de la canción ligera Adela Galván, siendo esta última, por su naturaleza mundana, particularmente apreciada por sus seguidores.
El parecido entre los dos hombres era tal que, en cierta ocasión, habiendo sido recibido el artista en audiencia privada por el Presidente, llevó varias horas a los responsables de seguridad de Palacio discernir al término del encuentro cuál de los dos era el auténtico.
Cuando a los pocos meses, víctima de un mal repentino, murió el Presidente, sus asesores, temiendo perder privilegios, enviaron a buscar a su doble, que continuó gobernando hasta el final de la legislatura. Bajo su mandato el país vivió un período de gran bonanza económica, y, lo que es más importante, excepcional sentido del humor.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

2.826 – Naturaleza muerta

raul ariza escritor 01  Eva es delgada y alta, con un aspecto que escora hacia la armonía, y tiene esa belleza limpia y fresca de joven que debiera ser feliz.
En ella todo es como de miel. Dorado y meloso. Su carácter y también su cabello, rubio, liso y recogido en lo alto con una diadema de color blanco. Su peinado, despejado sobre la frente, descubre unos ojos claros, una mirada inquieta y un moratón sobre el pómulo izquierdo.
Su figura, en medio de esta estancia que con la creciente claridad tiene un algo de ábside gótico, parte y dispersa el haz de luz primeriza que entra por el amplio ventanal del estudio en el que, hasta anoche mismo, confiaba en la remota posibilidad de ser feliz junto a Jaime.
A Eva nada le calma más que la pintura cuando se siente mal. Así que, de pie frente al caballete, observa concentrada el lienzo que a modo de terapia comenzó a pintar de madrugada, tras el último manotazo que le dará este Jaime de ahora, tosco, amargado y siempre incómodo con la espontánea felicidad de ella. De momento apenas se vislumbra un bosquejo al carboncillo de lo que apunta será el retrato de su pareja, que se mantiene queda y muda sentada en el sillón, con los brazos relajados y la cabeza ligeramente ladeada, como en posición casual. Tiempo habrá para los matices y los colores, para el detalle de la herida en la cabeza, para conseguir ese blanco roto que capte su pálido semblante, o para acertar con el rojo terroso que mejor represente el color de esa sangre ya reseca.

Raúl Ariza
La suave piel de la anaconda. Ed Talentura. 2012