La bala rompió el griterío desordenado de los machetazos ciegos, se abrió paso entre el rojo escándalo de herraduras y huaraches, penetró la pared de la agencia municipal, atravesó zumbante la oficina, desordenó todos los papeles, dejó un hoyo limpio en la silla de cuero del finado alcalde, persiguió al secretario que había logrado esconderse tras las cortinas, emergió triunfante a través de las puertas de doble aldaba, cruzó la plazuela del quiosco, despeinó las filas de arrayanes, espantó a las palomas que picoteaban la sanguinolencia desparramada en el empedrado, desgajó las baldosas de la pulquería, tronó cada uno de los jarros de curado de guayaba, salió en explosión de astillas por la ventana del retrete, recorrió el callejón del mercado negro, entró por la fuerza en la covacha de Mamá Carlota, apagó las lamparitas chinas del balcón de las hamacas y se fue a mezclar con las entrañas de Jacinto Rodríguez, comandante en jefe de las Fuerzas Insurgentes de Chuliapan, quien, tras haber comprendido que el último foco de la resistencia de los Altos sería devastado por la montada, había decidido pasar sus últimos minutos hundido en el regazo de su puta preferida.
Etiqueta: Martes
2.886 – Perdido
Quería abandonar su relación con ella, pero no encontraba el camino. Cada vez que adivinaba una salida la bloqueaba un reproche, un silencio, una cuenta pendiente. La promesa de unos días en el campo, hecha a destiempo. O su propia conciencia, atravesada en el camino y en llamas, bloqueando el paso.
A veces eran simples recuerdos los que le impedían avanzar: fotografías desenfocadas, un jersey azul tejido a mano, viejas canciones de los ochenta grabadas en una casete. O el recuerdo de su olor, una tarde en el cine, como un muro infranqueable. Otras fue el roce perfecto de su piel, la sugerencia de sus pechos todavía firmes bajo la blusa, sus brazos como un refugio. Las más, una corriente profunda, difícil de vadear, en la que nos vemos reflejados y a solas, y eso nos asusta.
Se había perdido en ella. En sus callejones, en sus bifurcaciones, en sus rotondas mal señalizadas. Traspapelado para siempre en los archivos sin índice de su burocracia, deambulaba sin rumbo por la oscuridad de sus descampados, extraviado bajo la densa niebla.
Y se cruzó con otros. Con Clemente Marina, su novio de toda la vida. Con el bueno de Ismael Fuentes, con el que al parecer había mantenido una relación breve en el instituto. Con Ángel sin apellido aún, un becario joven, recién llegado a su departamento. Y con al menos otros dos tipos, cuyas caras no le sonaron. Allí seguían, perdidos también en ella. No pudo evitar preguntarse qué hacían allí. La muy hija de puta.
Parecía una mujer, pero era una trampa mortal: carretera de montaña con curvas, discoteca sin salidas de emergencia. Cuando se conocieron le pareció fácil, sin recodos, pero escondía en su interior un laberinto, un desierto sin sol ni estrellas; un colosal vertedero de brújulas, cubierto por las cenizas de todos los mapas.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.879 – Secreto
Lo que daría porque fuese ya de día y su dulce voz me susurrase “lavavajillas”, “espumadera” o “colesterol”. Es maravilloso el secreto que compartimos. Del que nadie puede enterarse. Ese poder sobre las palabras que algún día heredaré. Si dice: “Lavadora”, la cocina empieza a girar como la noria del parque de atracciones. Otras veces dice “llave” y todo lo malo se queda encerrado en el desván. Cuando le oímos llegar ella dice: “Colesterol” y las cosas vuelven a su sitio como si nada. Mamá está practicando con una nueva palabra. Un día de estos dirá: “Pájaro” y al fin los dos podremos salir volando por la ventana y escapar.
Marta García Valdés
Relatos en cadena. Cadena SER
2.872 – La tumba de Camila
Camila, la hija mayor de Don José Rodríguez Rico, murió con 13 años el 13 de diciembre de 1913. El óbito se produjo a las 13 horas (aunque esto en Luarca no lo sabían al no existir todavía en la villa los relojes digitales). Camila murió, pues, a la 1 de la tarde y hasta bien entrada la noche las campanas de la Ermita del Nazareno no dejaron de sonar. Don José Rodríguez, armador y dueño de la mitad de las acciones del Ferrocarril del Norte, le había pagado la cantidad de 20 reales a los cuatro chicos de la finca de Almuña para evitar el silencio del campanario. Esas campanas eran las únicas de la villa que se escuchaban siempre (daba igual de donde soplara el viento) desde la habitación de Camila en el último piso de la fantástica Villa Excélsior a donde su familia se había mudado catorce meses antes del fallecimiento de la chica. Eran las únicas que se oían en aquella estancia luminosa y bajo la cúpula en donde pasaba los días enferma Camila y eso bien lo sabía el joven Nicanor, que no quiso los cinco reales que le hubieran correspondido por tañer las campanas de la ermita del Nazareno, aunque él fue, de los cuatro de Almuña, quien más hizo doblar aquella tarde las campanas del templo. Los demás no lo vieron pero lloró durante todo el tiempo. Cansado de brazos y alma esa noche volvió a casa con la secreta y firme intención de marcharse muy lejos, a Cuba.
Don José, al que tanto había temido cuando se colaba entre los muros de Villa Excélsior para ver a Camila y robarle besos, le ayudó en todo. Le dio un pasaje en uno de sus barcos y contactos suficientes para hacerse una vida muy lejos, en Cuba.
Antes de embarcarse acudió con él al cementerio. Rezaron. Al marcharse, en silencio, Nicanor sintió una mano sobre su hombro derecho:
«No la olvides»
«No podría»
Ellos dos son los únicos que saben el secreto de la inscripción en la tumba de Camila y a la que todo el mundo le busca un significado místico. Pero G.I.E.D., que es lo que trae en letras bien grandes sobre mármol gris la lápida de Camila, es la manera en que ambos la querían: «Guapa, Inteligente, Enamoradiza, Dormilona».
(*Esta historia no es verdad, es el mosaico literario que se formó en mi cabeza tras un fin de semana en Luarca de mil conversaciones y abrazos acopiados para vencer al tiempo y al espacio. Y también es la respuesta que necesita una amiga que no duerme si se queda con la duda de saber qué significa GIED).
Aitana Castaño
http://sairutsa.blogspot.com.es/2016/01/la-tumba-de-camila.html
2.865 – La bondadosa Cenicienta
Cuando Cenicienta se casó con su príncipe Azul la felicidad la inundaba y quiso que todo el mundo fuese tan feliz como ella, incluyendo su madrastra y sus dos hijas. Le pidió, pues, a su esposo que les regalase a las tres un gran palacio, el más grande que poseyera. Así lo hizo el Príncipe, enamorado de su esposa, y contento de que ésta tuviese tan buenos sentimientos.
El palacio constaba de más de cincuenta dormitorios y salones, bodegas, caballerizas y varios jardines de vistosos árboles y flores. Muebles de calidad y numerosas lámparas, esculturas y pinturas ornaban todas las estancias. La única condición que se le impuso a sus ocupantes fue que el palacio fuese mantenido, personalmente por sus propietarias, tan limpio y cuidado como se les entregaba.
José Antonio Ayala
Chispas (101 microcuentos). 2005
2.858 – Colás y la moneda del miedo
Levantó la mano para enseñarme la moneda.
-¿La ves? Diomela mi pa antes de marchar a París. Diomela y nun me dio un besu porque los paisanos entonces nun daben besos. Nunca más volvimos a hablar de él en casa. Mi ma no nos dejaba. Y mi güela menos. Un día pillome mirando la moneda y me la quitó de la mano de una hostia. «Nunca más, ¿me oyes?. Nunca más». Taba tan enfadá que nun se dio cuenta de apañala de debajo la cama. Garrela yo y guardela encima de la viga del desván. Yo a veces metíame en la cama con el mi hermanu y preguntabai. «¿Cómo era? ¿Cómo hablaba?». «Era altu y hablaba bajino, pero quítate pallá, Colás, rediós, qué manía tienes de preguntar por él, como nos pille güelita mátanos a los dos. Además, ¿qué ye que tu nun te acuerdes? Pues bien que guardes la moneda que te dio, que lo sé yo, encima de la viga del desván». Yo, la verdad, acordábame de él al principio. Depués veníenme ráfagues a la cabeza de su voz, del su olor, de la su risa, pero nun yeren recuerdos, yeren sensaciones. ¿Me explico?. Asi tuvimos 38 años en mi casa. Sin hablar de él nunca, nunca más. Nun sabía de qué teníen mieu los demás, yo tenía mieu a que mi güela me volviera a dar una hostia…Y pel medio reímos, bailemos, y hasta me casé con la rapaza más guapa de la Pola y tuve dos guajes…
Aitana Castaño
http://sairutsa.blogspot.com.es/2015/11/colas-y-la-moneda-del-miedo.html
2.851 – Breve ensayo sobre la lucidez
-¿Por qué me mira tan fijamente Gómez?, le gritó su jefe.
El hombre se disculpó, agachó la cabeza y siguió trabajando. Era una pregunta que escuchaba a menudo las últimas semanas. Esa tarde tenía cita con el oftalmólogo. El especialista no encontró ninguna anomalía en sus ojos, y tampoco consideró necesarias unas gafas. En vez de alegrarse comenzó a llorar.
-Algo va mal, seguro que estoy enfermo. Lo veo todo, ¿entiende?, todo.
Rosana Alonso
Los otros mundos. Ed. Talentura. 2012
2.844 – La búsqueda del diablo
Ocurrió -o se pudo imaginar- en 1431, año del sacrificio, por fuego, de Juana de Arco.
Eudosio, alquimista y sabio, ha invertido la vida en la búsqueda del diablo. No lo quiere ni le teme: se propone, sencillamente, destruirlo.
En su lecho de muerte, a Eudosio sólo le obedece el entendimiento, no las fuerzas físicas.
Tarde, en el crepúsculo, lo guarda la mujer. Están solos. Ella le susurra:
-Gastaste tus días y tus noches en pos del diablo y lo tenías en casa: el diablo soy yo. Hice contigo tres hijos, con los que ayudaste a multiplicar los males del mundo. Uno matará a su hermano, después que éste haya robado y cortado cabezas; el tercero es mercader.
Hurté tu tiempo y no te di sosiego para cavilar: cuando estabas concentrado en tus cavilaciones, yo enfermaba aparatosamente y tú te distraías para atenderme.
Te daba el gusto, con exceso, en las comidas (sopas espesas, tocino grueso, callos, especias picantes que en seguida reclaman más vino) y tú engordabas, te embriagabas y tu pensamiento se ponía pastoso.
El moribundo ha escuchado sin poder impedirlo.
Quisiera matarla, pero apenas consigue decirle: -Pérfida mujer, ¿qué ganabas con eso?
-Que no encontraras al diablo.
Antonio di Benedetto
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005
2.837 – Lógicas estacionales
«Todo en la vida pasa por algo», afirma un actor en una entrevista del periódico. Quiere decir que la realidad está al servicio de un sentido que se nos escapa. Esa mosca que acaba de detenerse en el cristal lo ha hecho por algo. Bush ha llegado a la presidencia de los Estados Unidos por algo. La materia orgánica se descompone por algo. La idea de que todo sucede por algo está muy extendida, casi como su contraria: la de que todo es absurdo. Esta última se escucha menos. No imagino a un cocinero asegurando que la vida carece de sentido tras dar la receta del pollo al chilindrón.
-El pollo al chilindrón es excelente, pero la vida es absurda.
La cuestión es ésta: ¿se puede asegurar que la vida es absurda sin cierto desgarro? Quizá no. Este tipo de afirmaciones incluyen un reproche. ¿A quién? No tenemos ni idea. En cambio, la idea de que todo se encuentra al servicio del sentido proporciona al que la dice una imagen como de buena persona. Ahí está el prestigio atávico de la religión, de la magia, de la búsqueda de una explicación superior.
Si consumes toda clase de ideas, puedes pensar unas temporadas que todo tiene un sentido (oculto) y, otras, que todo es absurdo (manifiestamente). Muchas ideas de este tipo son productos de consumo estacionales. El invierno invita al recogimiento. Es una buena época para pensar que todo sucede por algo. Si tienes un conflicto en la oficina, es por algo que quizá no comprendas ahora, pero que manifestará su sentido más tarde (quizá después de la muerte). Hay gente que hasta cuando le toca la lotería, que es puro azar, piensa que se lo ha merecido de algún modo, como si hubiera elegido ese décimo y no otro en función de una lógica secreta.
Todo en la vida pasa por algo. Todo en la vida es puro azar. Los extremos se tocan. La prueba de que los extremos se tocan es que asegurar que todo pasa por algo y que todo es absurdo viene a ser lo mismo. Constituyen dos enunciados especulares. ¿Cómo escapar de esa simetría agobiante? No sé, quizá dejando caer que, aunque resultaría absurdo que todo estuviera al servicio de algo, podría ser así. De nada.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.830 – Lo que faltaba
Joven rosada rozagante lleva a componer reloj de péndulo. Relojero desarma maquinaria. Al volver a montarla, sobran piezas. Joven rosada rozagante acude a retirar artefacto. Se le entrega reloj en perfecto funcionamiento y paquete con piezas sueltas. Joven encañona relojero exigiendo devolución horas faltantes. Botón de alarma disimulado en el piso. Intervención policial. Declarada inimputable, joven pierde color y lozanía internada en institución pública. Relojero ladrón vive más de lo que hubiera merecido.
