Pedro Pagés
II concurso literario de Hiperbreves Movistar 2007. Finalista
Ilustración: http://angelsmcastells.com/2012/09/03/el-suicidio-primera-causa-de-muerte-violenta-en-espana/
Hace rato que cantó el gallo y no consigo despertarme. Lo oigo subir por la calle. Cada vez más cerca, el cortejo fúnebre.
La mujer, vestida con elegancia, subió, un tanto indecisa, las escaleras que conducían a la modesta, en apariencia, «Agencia de Detectives». Le atendió un señor grueso, de traje arrugado y con manchas, que le pidió por adelantado cierta cantidad de dinero «para atender a los gastos que provocaría la vigilancia de su marido». La mujer extendió un cheque. Sospechaba que su marido se veía los domingos con una antigua doncella de su casa, que se había visto obligada a despedir al sorprender a ambos abrazados en el cuarto de baño. Aguardó con ansiedad varios días y nuevamente se presentó en la Agencia, donde el detective, desolado, le informó que la investigación no había sido posible llevarla a cabo, dado que su marido utilizaba un coche de gran potencia y el suyo era un utilitario. «Esto no es América, señora», terminó diciendo.
Ejerciendo de médico en las tierras del Norte, fui reclamado una noche de tormenta para atender un parto. En aquel lugar dejado de la Providencia se han visto muchas cosas extrañas, y no me sorprendió que el recién nacido tuviera cabeza de becerro. Recomendé ahogarlo con un almohadón, pero a los padres les faltó valor. El varón creció y, mucho tiempo después, habiendo ya cumplido los quince años, vino a visitarme. Me llamaba «buen doctor», pero había en sus palabras un velo de amarga ironía. Yo no podía apartar la vista de sus astas de toro. «He sabido por mis padres que usted les aconsejó matarme», dijo. «Así es», respondí con todo el aplomo de que fui capaz, pues temía que su propósito fuera vengarse por ello. «Debieron hacerle caso», fue lo único que le oí mugir mientras abandonaba mi consulta. Luego supe que, antes de venir a verme, había corneado a sus progenitores hasta la muerte. También me dijeron que huyó al monte, y que allí construyó una casa de largas e intrincadas galerías para recluirse en su interior. Pero ésa es otra historia.
Una vez desembarcado en el país de los cíclopes con un cargamento de tinajas con vino para comerciar, Ulises comenzó a detectar posibles compradores. El más prometedor de sus prospectos era el viejo Polifemo, emparentado con el magnate naviero Poseidón (rumoreaban que era su hijo natural).
Polifemo era un borrachín insaciable, bien provisto de oro y piedras preciosas ganadas gracias a su instinto como agente de la Bolsa. Se dio maña el sagaz Ulises para llegar a su mesa, por cierto generosa en manjares, y llevarle como presente una tinaja de vino añejado.
Ebrio hasta los tuétanos, para vanagloriarse, el ingenuo Polifemo le enseñó su depósito de riquezas. La codicia enloqueció al hombre de Ítaca. De vuelta a la mesa, ofrendó otra tinaja a su anfitrión.
Tras una hora, el gigantesco cíclope resoplaba, profundamente dormido en su sitial, sosteniendo en precario equilibrio una copa medio llena con el eficaz brebaje. No vaciló Ulises en vaciar el único ojo del cíclope y huir con su tesoro sin escuchar sus maldiciones.
Después, lejos de aquellas tierras, y como acostumbran los héroes mitológicos, ideó una inverosímil superchería acerca de caníbales criminales, historia que fue recogida por un escritor oportunista y transformada en persistente éxito de ventas.
Con el primer número de septiembre, el periódico traía el bracito rosado de un bebé. Me propuse acabar el coleccionable. «Nancy, no eres constante, nunca acabas nada, igual que mamá», me dije a mí misma. El año pasado, mi madre empezó a encajar las piezas de un galeón, pero dejaron de editar la revista y tuvo que dejar el barco a mitad de hacer. Lo quemó. Ahora, su esqueleto carbonizado flota en la piscina. El año anterior intentó compilar todas las selecciones nacionales de fútbol del mundo, pero nos destrozaban el mobiliario con el balón y decidió cortarles los pies. Hace años tiró la toalla con la colección de árboles de la Amazonía. Se dejó llevar por la desidia, y taló los más importantes, aunque dejó algunas especies raras en las macetas. En el jardín ya había plantado a aquellos asquerosos zombis en cuyos brazos colgó, a modo de frutos, la colección de cabezas reducidas. Yo tengo la intención de construir mi bebé al completo. Ya le he colocado las piezas de la columna vertebral, le he puesto el otro bracito, el hígado, los pulmones y una pierna. Me hizo mucha ilusión encajar el cerebro en el cráneo y enroscar su cabeza pelona en el cuellito. Mi mamá decía que yo no tenía cerebro. «Cabeza hueca», me llamaba. Pero yo nunca abandonaré a mi hijo en un armario, como hizo ella. Tuve que dispararle con uno de los tanques de la colección de la Segunda Guerra Mundial que había empezado el abuelo. Deberían haberla enterrado en un ataúd coleccionable, un féretro de piezas blancas ensambladas a mano cada domingo. Mañana llega el sexo de mi bebé con el suplemento de la prensa dominical. Si es niña, pintaré de rosa el sótano. Si es niño, pintaré el garaje de azul. Y viviremos felices aquí, en esta casa de muñecas inacabada, inconclusa, incompleta, como los fascículos de un coleccionable de septiembre.
* A Fernando Valls
En Cejunta hay unas escaleras que sólo tienen peldaños impares. Allí se piensa que los peldaños pares traen mala suerte y por eso se destruyen. Algunos opinaron que también habría que cortar cada pie derecho de las personas, pero alguien arguyó:
-Si nos destruimos el pie derecho ya seremos cojos y, si todos somos cojos, las cojeras van a aceptarse como algo natural y deseable. No tiene sentido.
El que hablaba así tenía fama de persona sensata y sus palabras parecieron tomarse en cuenta.
Otro dijo:
-Soy patriota. Lo incongruente es lo deseable.
Algunos recibieron esta declaración con aplausos. Entonces se inició una polémica, que aún sigue, con alternativas oscilantes.
Una columna de humo se perfiló en el horizonte. Robinson no daba crédito a sus ojos. Diez años llevaba viviendo en aquella isla, perdida en el océano y alejada de todas las rutas marítimas. Y sin nadie que le acompañara en los largos días de soledad. Le llamaré «lunes», se repetía a sí mismo para darse valor, esperando en vano la llegada de un criado negro, como él creía que sucedía en estos casos. Mejor dicho, «martes». Dos años más tarde, pensó en llamarle «miércoles». Tres años más tarde admitió que bien podría llamarse «jueves»… hasta que la columna de humo proveniente del gran barco, que ya se divisaba en lontananza, le hizo olvidar la cuestión… Su barba era muy abundante y larga. El barco, no cabía duda, se dirigía hacia él. Se detuvo junto a la isla. Arriaron un bote y unos marineros con vigorosas y rítmicas paladas acercaron hasta la orilla a un oficial que con las bajeras del pantalón dobladas hasta la rodilla y los zapatos en la mano se introdujo en el agua, haciendo un gesto muy expresivo de encontrarla muy fría. En tres zancadas se presentó ante el náufrago, le saludó marcialmente e inquirió, mostrándole un arrugado pergamino: «¿Ha escrito usted esto?». El pergamino decía: «¡Socorro!» No, él no había escrito nada. No tenía pluma, ni papel, ni una botella, por supuesto. «Lo siento», exclamó el oficial, y girando sobre sus talones, volvió a meterse en el agua. Dio un saltito al paso de una ola minúscula y subió de nuevo al bote, ayudado por un marinero. Mientras la embarcación se alejaba presurosa, camino del navío, el oficial agitaba la mano saludando cariñosamente al forzado Robinson. No acertó a pronunciar palabra alguna… Se le trabó la lengua. Habían transcurrido demasiados años. «No es posible…», fue lo único que acertó a decir, cuando ya el barco se perdía en la raya infinita del horizonte. Pero nadie le oyó…