Era un sueño recurrente, repetitivo. Nada extraño tratándose de un profesor universitario sometido a la intensa presión de hablar diariamente en público ante un auditorio numeroso y no siempre atento a sus palabras. Soñaba el profesor que, de pronto, en una clase, se quedaba mudo, en silencio, sin saber qué decir, mientras observaba las caras, mezcla de extrañeza y de burla, de decenas de alumnos que ocupaban el aula. Buscaba entonces en su cartera las fichas, los guiones que siempre acostumbraba a llevar, para seguir un orden o recordar un dato o una fecha, pero las fichas tampoco estaban. Echaba sobre la mesa papeles y más papeles que se referían a otras cuestiones ante las atentas miradas de los alumnos. Los comentarios adversos de estos comenzaban a subir de tono. Algunos muchachos se ponían de pié y hacían el gesto de marcharse. El sudor resbalaba por la cara, y por todo el cuerpo, del profesor y sentía que la angustia le atenazaba.
La congoja del sueño persistía cuando el profesor despertaba. Se levantaba entonces e iba a buscar su cartera de clase a su despacho.
Allí estaban las fichas sobre el tema. Podía seguir durmiendo tranquilo.
Dispuesto a evitar al menos esa segunda parte de levantarse y cerciorarse de que tenía las fichas, bien molesta a veces porque no siempre lograba conciliar de nuevo el sueño, decidió colocar en la cabecera de la cama un pequeño letrero que decía «estoy jubilado».
Pero ni por esas.
Mes: febrero 2016
2.846 – The canary murder case II
Es terrible, mi tía me invita a su cumpleaños, yo le compro un canario de regalo, llego y no hay nadie, mi almanaque es defectuoso, al volver el canario canta a chorros en el tranvía, los pasajeros entran en amok, le saco boleto al animal para que lo respeten, al bajarme le doy con la jaula en la cabeza a una señora que se vuelve toda dientes, llego a casa bañado en alpiste, mi mujer se ha ido con un escribano, caigo rígido en el zaguán y aplasto al canario, los vecinos claman por la ambulancia y se lo llevan en una tablita, me quedo toda la noche tirado en el zaguán comiéndome el alpiste y oyendo el teléfono en la sala, debe ser mi tía que llama y llama para que no vaya a olvidarme de su cumpleaños, ella siempre cuenta con mi regalo, pobre tía.
Julio Cortazar
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005
2.845 – Antídoto para la tristeza
Si te despiertas triste y la tristeza no se te pasa mientras te lavas los dientes, sal a la calle y llama al muchacho que agita periódicos en la esquina. En la primera página, marco superior izquierdo, en diez centímetros cuadrados, verás un presidente que sonríe. Entonces no habrá más tristeza en el mundo. El asunto, pienso ahora, es que deberías ver el periódico desde el sueño para que no te despierte la tristeza y el mundo acabe de hacerse antes de que abras los ojos y sonrías.
Triunfo Arciniegas
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005
2.844 – La búsqueda del diablo
Ocurrió -o se pudo imaginar- en 1431, año del sacrificio, por fuego, de Juana de Arco.
Eudosio, alquimista y sabio, ha invertido la vida en la búsqueda del diablo. No lo quiere ni le teme: se propone, sencillamente, destruirlo.
En su lecho de muerte, a Eudosio sólo le obedece el entendimiento, no las fuerzas físicas.
Tarde, en el crepúsculo, lo guarda la mujer. Están solos. Ella le susurra:
-Gastaste tus días y tus noches en pos del diablo y lo tenías en casa: el diablo soy yo. Hice contigo tres hijos, con los que ayudaste a multiplicar los males del mundo. Uno matará a su hermano, después que éste haya robado y cortado cabezas; el tercero es mercader.
Hurté tu tiempo y no te di sosiego para cavilar: cuando estabas concentrado en tus cavilaciones, yo enfermaba aparatosamente y tú te distraías para atenderme.
Te daba el gusto, con exceso, en las comidas (sopas espesas, tocino grueso, callos, especias picantes que en seguida reclaman más vino) y tú engordabas, te embriagabas y tu pensamiento se ponía pastoso.
El moribundo ha escuchado sin poder impedirlo.
Quisiera matarla, pero apenas consigue decirle: -Pérfida mujer, ¿qué ganabas con eso?
-Que no encontraras al diablo.
Antonio di Benedetto
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005
2.843 – El cuarto de los juegos
Le he dicho que me muerda. Joder. Qué parte de la frase no ha entendido, doctor.
Hacía calor en aquella habitación de ventanas cerradas, cortinas tupidas y mobiliario indispensable. Una cama de dos cuerpos, un par de mesillas compradas en Ikea, algún que otro libro, armarios lacados en blanco y fotografías de una familia sonriente.
El joven de bata blanca no quiso entrar en batallas estériles. A esas horas de la noche, el servicio de urgencias de un hospital tiene la capacidad de destrozarte los nervios, a poco que intentes comprender las manías de la gente. Así que hizo como si no oyese al paciente y siguió a lo suyo.
No me ha oído, le insistió aquel, nervioso. Que me muerda. Joder.
El joven médico, con un gesto que aparentaba resignación, acercó su boca al cuerpo de aquel hombre. Lentamente se acercó a su yugular y, con simulado recato, mordió lujuriosamente el cuello de Oriol, tratando, eso sí, de no dejarle marca alguna.
Ambos sonrieron medio avergonzados. Hubo después un gemido intenso, babas y lametones, toqueteos acelerados y un final un tanto violento.
Me lo he pasado fenomenal, Marcos, le dijo al joven mientras este se acababa de vestir y buscaba en la mesilla de noche el billete de costumbre. Cuándo quieres que vuelva, preguntó ahora el joven. El viernes mi mujer vuelve a irse con los críos al pueblo. Te parece bien a eso de las diez, después de cenar, dijo Oriol desmadejado aún en la cama. Y se besaron en los labios.
Antes de que Marcos saliese de la habitación, Oriol, tendido desnudo y satisfecho, le dijo bromeando que para el viernes se acordara de venir con el disfraz de bombero.
Raúl Ariza
La suave piel de la anaconda. Ed Talentura. 2012
2.842 – Séptimo hijo varón
2.841 – En el recreo…
2.840 – Ego, te absolvo
Desde que han retirado a los mendigos de la calle, don Prudencio no duerme bien, apenas come y ya le da igual ganar o perder en la partida de ajedrez que juega en el casino. Echa de menos a los pobres en general, pero sobre todo al que se apostaba en la entrada de la iglesia los domingos. Con qué naturalidad aceptaba la moneda de dos euros que dejaba caer en la caja de latón al salir de misa con su familia, cargado de buenas intenciones, confesado y arrepentido. Con qué gratitud le miraban sus ojos acuosos y cruzados de venillas rojas otorgándole un alivio placentero.
Ahora lleva tres semanas sin verle, y ni los rezos, ni los golpes de pecho aplacan su angustia. Por eso hoy, al encontrar un indigente fugado durante su paseo vespertino, pone en su mano un billete de cien euros, se pone de rodillas y le ruega que vaya a la misa de doce, que sea su mendigo siempre. Siempre.
Rosana Alonso
Los otros mundos. Ed. Talentura. 2012
2.839 – ¡Abrió los ojos!
Abrió los ojos. (Había estado tirado en su butaca toda la mañana fea, durmiendo su largo, desesperado hastío.)
Las cuatro paredes de su cuarto estaban oscuras de tanto deslumbre. Una ventanita cuadrada cortaba el cuadro resplandeciente. Un cielo azul limpio, casas radiantes de sol y sombra, una plaza llena de jentes gritando y corriendo.
«Ésa es la vida, sal», le dijeron seres oscuros por dentro de su sangre.
Y se tiró por la ventana.
Juan Ramón Jimenez
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005
2.838 – Rama de la matemática que utiliza grandes conjuntos de datos numéricos para obtener inferencias basadas en el cálculo de probabilidades *
Desde que Azarías se tira del balcón hasta que su cuerpo revienta contra el suelo, tarda en caer exactamente un segundo con setecientas centésimas, tiempo en el que un terremoto arrasa San Francisco, Germán roba una manzana en un supermercado, un satélite se estrella en el Pacífico, mil seiscientos hombres de cuarenta años sufren un paro cardíaco en el Reino Unido, Carmen besa a Mario en un parque de Granada, las bolsas europeas caen a su mínimo histórico, un niño saborea una gominola sabor cola en el recreo, una multinacional china compra la mayor empresa de coches del mundo, Menganita da calabazas a Fulanito en la azotea de su casa, se suicidan cuatro mil doscientas cincuenta y ocho personas, doce personas avistan platillos volantes en Siberia, un niño dice por primera vez «agua», se realizan setecientos millones de llamadas telefónicas y cien trasplantes de corazón, una anciana se lava el pelo con un champú que le recuerda a su infancia, se consumen ciento diez millones de litros de agua, quinientos millones de personas tienen un orgasmo, cuatro camioneros lloran con el final de #Cinema Paradiso#, varios adolescentes se afeitan por primera vez la pelusa del bigote, Nieves da a luz a su primer hijo, ciento doce madres pierden a sus primogénitos en varios tiroteos, Alfredo se emociona en un concierto de piano, y Azarías comienza a perder su condición humana para convertirse en el número cuatro mil doscientos cincuenta y nueve.

