Hacía tanto tiempo que no sabía nada de mi amigo de juventud, que me he quedado de una pieza al enterarme de que a partir de ahora trabajaremos juntos en la misma empresa. Rápidamente he buscado su destino en la relación de nuevos empleados y lo he llamado por teléfono. Es curioso cómo la voz es lo que menos cambia en las personas: un poco más débil, más ronca, pero manteniendo los matices que la habían fijado en mi memoria. Se lo he comentado y me ha contestado que también mi voz es la de siempre, en términos generales, y qué alegría volver a coincidir conmigo. Enseguida hemos evocado nuestros años de estudiantes, la precariedad, la actitud contestataria, la audacia inconsciente con la que proyectábamos el futuro. Hemos continuado con los rumbos -tan distintos- que tomamos desde entonces y que nos han llevado, de manera diversa, hasta un presente del que no tenemos derecho a quejarnos, aunque buena parte de nuestra energía se ha perdido en el camino. Así hemos ido pasando revista a todos los asuntos pendientes, y al final hemos quedado en vernos hoy mismo, para comer juntos a la salida del trabajo. Al colgar el teléfono, aún con la sonrisa en los labios, me he dado cuenta de que, en realidad, ya nos hemos dicho todo lo que había que decir.
Autor: carlos
2.353 – La ausencia
Me dice que yo siempre tengo seis años porque es la edad en la que morí. No sabe que sólo existo porque ella me convoca cada noche, agarrada a la foto de un niño. Yo la visito para que sus lágrimas tengan nombre. Nunca le diré que no soy su muerto. Sé que me necesita más que mi propia familia, cuatro casas a la izquierda.
Araceli Esteves
2.352 – Guarda…
Guarda siempre tus auténticas intenciones a buen recaudo y lejos del escrutinio general. Lanza un señuelo que exceda con mucho tus propósitos. Rebájalo después, en un acto simulado de generosidad, y aquello que antes de mala gana era admitido por los antagonistas, ahora se te agradecerá como un regalo. Siguiendo este truco, muchos reyes que querían deshacerse de los conspiradores dictaban su ejecución para conmutarla con posterioridad por la pena de destierro, y de esta manera eran considerados magnánimos en vez de crueles.
Mario Pérez Antolín
La más cruel de las certezas , Editorial Baile del Sol, 2013
2.351 – Nueva vecina
Desde que llegó al barrio, tan linda, con aquellos ojos soñadores, me agazapaba cada noche entre la basura y, a través de una rendijita, la miraba pasar. Con la primera luna llena la oí aullar, al tiempo que su piel se cubría de pelo áspero y desordenado, como el mío. Entonces sí. Salté desde el fondo del cubo y nos comimos a besos.
Elisa de Armas
2.350 – Estoy hasta…
2.349 – Phileas Fogg…
2.348 – Historia bastante atroz
La conducta de John Foster resultaba lógica en un buen profesional. «Quiero una oportunidad», afirmó balbuceando, una tarde de otoño, en el despacho del redactorjefe de un importante diario neoyorquino. Si un tal García recibió el mensaje en las montañas de Cuba; si Stanley localizó al doctor Livingstone, también él tenía derecho a una oportunidad…, y la tuvo. Partió camino del Pakistán Oriental con una cámara fotográfica bajo el brazo. El horror y la miseria se presentaron implacablemente ante sus ojos. ¿Qué pensó, qué sintió, qué hizo John Foster ante aquella tremenda realidad? Nada supieron de él en el diario hasta varios meses después. Y su ausencia la atribuyeron a la vergüenza padecida por el fracaso en la misión. La escena más trágica, la foto más patética, no era de John Foster. El mundo no olvidará fácilmente el rostro de aquel desgraciado que trataba inútilmente, con sus débiles y temblorosas manos, de frenar la trayectoria implacable de aquella bayoneta calada en el fusil, que esgrimía un militar. Su cuerpo se apoyaba en el de un compañero ya sacrificado y dentro de poco sería un cadáver exangüe… La multitud, curiosa y sonriente, rodeaba al trío… y nadie protestó ante el asesinato atroz. Los reporteros gráficos cumplieron con su deber y solamente John Foster, alejado de todos, vomitó y lloró. Arrojó lejos de sí, furioso, la cámara fotográfica y pensó que la vida no merecía la pena vivirla, que ya no sería el mismo John Foster de siempre y decidió no volver nunca más a Nueva York. Dicen que el tiempo todo lo borra y de tal habitual forma operó en John Foster. A los dos años se presentó en el diario, siendo perdonado y admitido. Ahora John Foster aguarda una nueva oportunidad. No está dispuesto a fracasar nuevamente. Si fuera preciso hablaría con el de la bayoneta, llegarían a un acuerdo económico, trataría de hacer un trabajo «en exclusiva» y cuidaría el enfoque. El de la bayoneta, firme y decidido; la víctima, en el suelo panza arriba, con ojos de terror, y él en la distancia conveniente… ¡Ahora!, gritaría John Foster y el de la bayoneta actuaría sin vacilar. El «clic» de su cámara coincidiría casi con el «ihaaag!» de la víctima. Mirando todo a través de una cámara se siente uno más alejado, más distanciado de la realidad…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.347 – Reparto de tareas *
La maldita niebla no levanta y el susto es menor, claro. Tengo que cambiar de sitio a menudo porque si no los coches me atraviesan como si nada, no hay frenazo de trenes, y los chicos parecen reírse desde la tapia. Al lado de la cárcel ruinosa, allí donde hay una curva sin señalizar, me pongo muchas noches a esperar con este ridículo vestido de niña bien, y no tardan en aparecer las luces amarillas que se acercan veloces como aquella noche lejana, cuando papá se agachó a coger el móvil y mis hermanos y yo gritamos antes de sentirnos como blandos y sin dolor y entrando y saliendo de las habitaciones de la casa como si nada. A mamá no la hemos visto todavía, aunque papá dice que tenemos que estar un tiempo aquí, pero no sé porque me toca a mí, la mayor, esta maldita curva y que no levanta la niebla, qué noche me espera.
Miguel Ángel López Manrique
(*)A Gricel, oasis de mis apariciones
2.346 – Dicen que…
Dicen que enloqueció de tanto mirarse por dentro, pero yo sé que otras fueron las causas: cuidaba un canario con verdadero esmero; en la tertulia de los domingos era recibido como un camarada; sus hijos, a los que apenas escribía, nunca faltaron en Navidad ni en sus cumpleaños; después de comer se daba un pequeño paseo con su viejo automóvil por los caminos de siempre. Estas cosas lo mantenían a flote, y, poco a poco, las fue perdiendo: el canario murió, disolvieron la tertulia, los hijos emigraron y no consiguió renovar el carné de conducir. Entonces supo que tenía que abandonar este mundo de una u otra forma, y el suicidio le acobardaba.
Mario Pérez Antolín
La más cruel de las certezas. Ed. Baile del Sol, 2013
2.345 – Un auténtico golazo
Estábamos cabizbajos, como si ya hubiésemos perdido antes de empezar. Luis era el único que tenía un balón y no venía. Ya nos íbamos a marchar cuando Jonás tuvo la idea: ¿Y si jugamos sin balón? Tú eres tonto, dijo Toño. ¿Cómo vamos a jugar sin balón? Tú si que eres tonto. ¿No jugamos a soldados sin armas o a espadachines sin espadas? ¿Pues por qué no vamos a poder jugar al fútbol sin balón?, argumentó Jonás. A todos nos pareció un poco raro, pero no perdíamos nada por probar. Así que echamos pies para hacer los equipos. Simulábamos que nos pasábamos la pelota, que la golpeábamos o que corríamos a buscarla, hacíamos como que sacábamos de banda y hasta nos tirábamos al suelo para que pareciese que nos la quitábamos unos a otros. Al principio nos costó un poco, pero enseguida le pillamos el truco. Era divertido. Cuando ya llevábamos un rato jugando, Jonás hizo como que la metía en profundidad hacía la banda y yo corrí a buscarla. Simulé que regateaba a Bernardo y, antes de apurar la línea de fondo, hice como si centraba. Ventura, que nos pasaba a todos dos cabezas, saltó dentro del área, elevándose por encima de la defensa. El portero se estiró como pudo para atraparla y cayó sobre la línea. Unos decían que el balón ya había entrado, otros que no. Después de discutir un rato, dejamos de jugar. Desde mi posición lo había visto claro. Fue un auténtico golazo.

