2.348 – Historia bastante atroz

alonso-Ibarrola2  La conducta de John Foster resultaba lógica en un buen profesional. «Quiero una oportunidad», afirmó balbuceando, una tarde de otoño, en el despacho del redactorjefe de un importante diario neoyorquino. Si un tal García recibió el mensaje en las montañas de Cuba; si Stanley localizó al doctor Livingstone, también él tenía derecho a una oportunidad…, y la tuvo. Partió camino del Pakistán Oriental con una cámara fotográfica bajo el brazo. El horror y la miseria se presentaron implacablemente ante sus ojos. ¿Qué pensó, qué sintió, qué hizo John Foster ante aquella tremenda realidad? Nada supieron de él en el diario hasta varios meses después. Y su ausencia la atribuyeron a la vergüenza padecida por el fracaso en la misión. La escena más trágica, la foto más patética, no era de John Foster. El mundo no olvidará fácilmente el rostro de aquel desgraciado que trataba inútilmente, con sus débiles y temblorosas manos, de frenar la trayectoria implacable de aquella bayoneta calada en el fusil, que esgrimía un militar. Su cuerpo se apoyaba en el de un compañero ya sacrificado y dentro de poco sería un cadáver exangüe… La multitud, curiosa y sonriente, rodeaba al trío… y nadie protestó ante el asesinato atroz. Los reporteros gráficos cumplieron con su deber y solamente John Foster, alejado de todos, vomitó y lloró. Arrojó lejos de sí, furioso, la cámara fotográfica y pensó que la vida no merecía la pena vivirla, que ya no sería el mismo John Foster de siempre y decidió no volver nunca más a Nueva York. Dicen que el tiempo todo lo borra y de tal habitual forma operó en John Foster. A los dos años se presentó en el diario, siendo perdonado y admitido. Ahora John Foster aguarda una nueva oportunidad. No está dispuesto a fracasar nuevamente. Si fuera preciso hablaría con el de la bayoneta, llegarían a un acuerdo económico, trataría de hacer un trabajo «en exclusiva» y cuidaría el enfoque. El de la bayoneta, firme y decidido; la víctima, en el suelo panza arriba, con ojos de terror, y él en la distancia conveniente… ¡Ahora!, gritaría John Foster y el de la bayoneta actuaría sin vacilar. El «clic» de su cámara coincidiría casi con el «ihaaag!» de la víctima. Mirando todo a través de una cámara se siente uno más alejado, más distanciado de la realidad…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

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