El chirrido susurrante de los neones del mundo anuncia que allí se acumulan, dolorosamente, las llamadas perdidas.
2.854 – Cuento casi sufi
Recogí a un vagabundo en la carretera. Me arrepentí enseguida. Olía mal. Sus harapos ensuciaron la tapicería de mi coche. Pero Dios premió mi acto de caridad y convirtió al vagabundo en una bella princesa. Ella y yo pasamos la noche en un motel. Al amanecer, me desperté en brazos del maloliente vagabundo. Y comprendí que Dios nos premia con los sueños y nos castiga con la realidad.
Gonzalo Suárez
Por favor, sea breve. Ed, Páginas de espuma 2001
2.853 – La cosa
De pequeño tuve una caja de zapatos que llegó a ser mi juguete preferido, entre otras cosas porque no tenía otro. Pero envejeció más deprisa que los zapatos que había llevado dentro, de manera que a mi caja se le cayó un día la primera a y se quedó en una cja, que así, a primera vista, parece un juguete yugoslavo. Busqué entre las herramientas de mi padre una a de repuesto, pero no había ninguna y tuve que sustituirla por una o. De este modo, sin transición, tuve que olvidar la caja para hacerme cargo de una coja, lo que es tan duro como pasar directamente de la niñez a los asuntos.
Jugué mucho con aquella coja, todavía la recuerdo, pero se fue haciendo mayor también y un día se le cayó la jota. Hay quien piensa que las vocales se estropean antes que las consonantes, pero yo creo que vienen a durar más o menos lo mismo. El caso es que tampoco encontré entre los tornillos de mi padre una jota en buen uso, así que la sustituí por una pe que estaba prácticamente sin estrenar. La coloqué en el lugar de la jota y me salió una copa estupenda, con la que he bebido de todo hasta ayer mismo, que se me cayó al suelo y se rompió.
A decir verdad, se rompió justamente por la pe, y como es muy antigua no he encontrado en ninguna ferretería una igual. Ayer fui a casa de mis padres, y después de mucho rebuscar en el trastero di con una ese que no desentona con el conjunto. O sea, que ahora tengo una cosa, pero no sé qué hacer con ella. La caja, la coja y la copa eran muy útiles para guardar secretos, jugar o emborracharse. Pero la cosa me da miedo; además, la escondí en el bolsillo interior de la chaqueta, de manera que desde ayer tengo una cosa aquí, en el pecho, que me llena de angustia. Lo peor de todo es que, como no sé qué es, tampoco sé cómo se rompe.
Qué vida, ¿no?
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.852 – El descubridor
A semejanza del minero es el escritor: explota cada intuición como una cantera. A menudo dejará la dura faena pronto, pues la veta no es profunda. Otras veces dará con rico yacimiento del mejor metal, del oro más esmerado. ¡Qué penoso espectáculo cuando seguimos ocupándonos en un manto que acabó ha mucho! En cambio, ¡qué fuerza la del pensador que no llega ávidamente hasta colegir la última conclusión posible de su verdad, esterilizándola; sino que se complace en mostramos que es ante todo un descubridor de filones y no mísero barretero al servicio de codiciosos accionistas!
Julio Torri
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005
2.851 – Breve ensayo sobre la lucidez
-¿Por qué me mira tan fijamente Gómez?, le gritó su jefe.
El hombre se disculpó, agachó la cabeza y siguió trabajando. Era una pregunta que escuchaba a menudo las últimas semanas. Esa tarde tenía cita con el oftalmólogo. El especialista no encontró ninguna anomalía en sus ojos, y tampoco consideró necesarias unas gafas. En vez de alegrarse comenzó a llorar.
-Algo va mal, seguro que estoy enfermo. Lo veo todo, ¿entiende?, todo.
Rosana Alonso
Los otros mundos. Ed. Talentura. 2012
2.850 – Raros
Aquí vinimos a descansar. Al menos, eso es lo que me dijeron mis padres que íbamos a hacer en aquel piso. Pero lo que en realidad hicimos fue volvernos raros.Ya no salíamos a pasear, jugar por el parque o al cine. Mi madre no iba ni a la compra, y mi padre vivía en el salón, mirando por la única ventana de la casa que dejaba pasar luz. Un día, mi madre me despertó muy temprano y me llevó en brazos al coche. Lo arrancó, pero no se movió. Al minuto, mi padre entró y, mientras cerraba de un portazo, gritó: «¡Acelera!».
Pablo Luna López
Relatos en Cadena 2009-2010 – Alfaguara. 2010
Ganador del 4 de febrero de 2010
2.849 – Transferencia de calor
2.848 – Utopías
2.847 – El sueño del profesor
Era un sueño recurrente, repetitivo. Nada extraño tratándose de un profesor universitario sometido a la intensa presión de hablar diariamente en público ante un auditorio numeroso y no siempre atento a sus palabras. Soñaba el profesor que, de pronto, en una clase, se quedaba mudo, en silencio, sin saber qué decir, mientras observaba las caras, mezcla de extrañeza y de burla, de decenas de alumnos que ocupaban el aula. Buscaba entonces en su cartera las fichas, los guiones que siempre acostumbraba a llevar, para seguir un orden o recordar un dato o una fecha, pero las fichas tampoco estaban. Echaba sobre la mesa papeles y más papeles que se referían a otras cuestiones ante las atentas miradas de los alumnos. Los comentarios adversos de estos comenzaban a subir de tono. Algunos muchachos se ponían de pié y hacían el gesto de marcharse. El sudor resbalaba por la cara, y por todo el cuerpo, del profesor y sentía que la angustia le atenazaba.
La congoja del sueño persistía cuando el profesor despertaba. Se levantaba entonces e iba a buscar su cartera de clase a su despacho.
Allí estaban las fichas sobre el tema. Podía seguir durmiendo tranquilo.
Dispuesto a evitar al menos esa segunda parte de levantarse y cerciorarse de que tenía las fichas, bien molesta a veces porque no siempre lograba conciliar de nuevo el sueño, decidió colocar en la cabecera de la cama un pequeño letrero que decía «estoy jubilado».
Pero ni por esas.
José Antonio Ayala
Chispas (101 microcuentos). 2005
2.846 – The canary murder case II
Es terrible, mi tía me invita a su cumpleaños, yo le compro un canario de regalo, llego y no hay nadie, mi almanaque es defectuoso, al volver el canario canta a chorros en el tranvía, los pasajeros entran en amok, le saco boleto al animal para que lo respeten, al bajarme le doy con la jaula en la cabeza a una señora que se vuelve toda dientes, llego a casa bañado en alpiste, mi mujer se ha ido con un escribano, caigo rígido en el zaguán y aplasto al canario, los vecinos claman por la ambulancia y se lo llevan en una tablita, me quedo toda la noche tirado en el zaguán comiéndome el alpiste y oyendo el teléfono en la sala, debe ser mi tía que llama y llama para que no vaya a olvidarme de su cumpleaños, ella siempre cuenta con mi regalo, pobre tía.

