Se habian…

mario bebedetti2Se habían encontrado en la barra de un bar, cada uno frente a una jarra de cerveza, y habían empezado a conversar al principio, como es lo normal, sobre el tiempo y la crisis, luego, de temas varios, y no siempre racionalmente encadenados. Al parecer, el flaco era escritor, el otro, un señor cualquiera. No bien supo que el flaco era literato, el señor cualquiera, empezó a elogiar la condición de artista, eso que llamaba el sencillo privilegio de poder escribir.
– No crea que es algo tan estupendo -dijo el Flaco-, también hay momentos de profundo desamparo en los que se llega a la conclusión de que todo lo que se ha escrito es una basura; probablemente no lo sea, pero uno así lo cree. Sin ir más lejos, no hace mucho, junté todos mis inéditos, o sea un trabajo de varios años, llamé a mi mejor amigo y le dije: ‘Mira, esto no sirve, pero comprenderás que para mi es demasiado doloroso destruirlo, así que hazme un favor; quémalos; júrame que lo vas a quemar’. Y él me lo juró.
El señor cualquiera quedó muy impresionado ante aquel gesto autocrítico, pero no se atrevió a hacer ningún comentario. Tras un buen rato de silencio, se rascó la nuca y empinó la jarra de cerveza.
– Oiga, don -dijo sin pestañear-, hace rato que hemos hablado y ni siquiera nos hemos presentado, mi nombre es Ernesto Chávez, viajante de comercio y le tendió la mano.
– Mucho gusto -dijo el otro, oprimiéndola con sus dedos huesudos-, Franz Kafka para servirle.

Mario Benedetti

Desayuno sin diamantes

Fue en la cocina, durante el desayuno, él se armó de valor y se lo dijo sin cortapisas:
-Ya son muchas las noches en las que te muestras fría conmigo…
Ella, sin dejarle terminar la frase, montó en cólera y entre grandes aspavientos le recriminó a voces la observación. Duró poco su acceso de ira, justo hasta que los primeros rayos de sol entraron por la ventana.
El hombre siguió desayunando, mientras, a su lado, iba formándose un gran charco de agua.

Atreyu

La autoridad estética

En este país, el que no tiene título debe
estar dando examen continuamente.
 

ROBERTO PAYRO


alvaro yunque     El cuervo, que regresaba de las cercanías de una gran ciudad, dijo a las aves del bosque:
     – ¿No han oído ustedes hablar del ruiseñor?
     Sí; todos habían oído. (Hasta aquel bosque de América había llegado la fama del gran cantor europeo. Los gorriones la habían llevado.) Las aves empezaron a hacer el elogio del ruiseñor, maestro de cantores.
     El cuervo dejó que se cansaran de elogiar al ruiseñor. Que cada cual, para exhibir erudición en materia de canto, diese detalles sobre la dulzura de su voz, sobre el modo de abrir el pico, sobre el árbol en que prefería posarse para cantar. También discutieron. Cuando ya estaban por callarse, el cuervo dijo:
     – Yo, en la ciudad, fui discípulo del ruiseñor.
     Todas las aves lo contemplaron con admirado asombro. Prosiguió el cuervo:
     -Yo tengo el título de maestro que el ruiseñor me dio en su academia.
     – ¿Tiene título? – exclamó interrogante el ingenuo chingolo.
     – ¿Por qué no nos canta algo, maestro? – pidió, casi suplicando, la calandria.
     – ¡Oigan! – anunció el cuervo.
     Y lanzo, largo, penetrante y horripilante, su acostumbrado graznido.
     Al terminar, miró a su estupefacto concurso. A todas las aves aquello les había parecido una horrible serie de consonancias; pero comenzaron a elogiar el canto del cuervo. ¡Era discípulo del afanado ruiseñor! ¡Tenía título de su célebre academia! ¿Cómo exponerse a pasar por ignorantes? Quizá les había parecido un horrible graznar el canto del cuervo, sólo porque ellas no comprendían. ¡Era discípulo del ruiseñor! Y todas las aves del bosque se disputaban el más férvido elogio para adornar con él al cuervo graznador: el crispín, el boyero, el cardenal, el chingolo, el churrinche, el jilguero, el mirlo, el canario. Hasta la calandria. ¡Era discípulo del ruiseñor!

 Álvaro Yunque

Historias de Cronopios y de Famas

Julio Cortazar3Cuando se pone un espejo al oeste de la isla de Pascua, atrasa. Cuando se pone un espejo al este de la isla de Pascua, adelanta. Con delicadas mediciones puede encontrarse el punto en que ese espejo estará en hora, pero el punto que sirve para ese espejo no es garantía de que sirva para otro, pues los espejos adolecen de distintos materiales y reaccionan según les da la real gana. Así Salomón Lemos, el antropólogo becado por la Fundación Guggenheim, se vio a sí mismo muerto de tifus al mirar su espejo de afeitarse, todo ello al este de la isla. Y al mismo tiempo un espejito que había olvidado al oeste de la isla de Pascua reflejaba para nadie (estaba tirado entre las piedras) a Salomón Lemos de pantalón corto yendo a la escuela; después, a Salomón Lemos desnudo en una bañadera, enjabonado entusiastamente por su papá y su mamá; después, a Salomón Lemos diciendo ajó para emoción de su tía Remeditos en una estancia del partido de Trenque Lauquen.
Julio Cortazar