Cabeza de ratón

GAL_6875re En un país cercano habían (así con ene y en plural) tantos poetas y sabios que una vez en un congreso de bardos un león entró, se comió uno y nadie se dio cuenta. Si un ilustre dijo: «León», fue sólo para buscarle rima a camión o a circuncisión. Las actas no son claras sobre el particular. Nadie extrañó los versos del devorado, ni cundió el pánico. Otro ocupó su lugar en la polémica del día: que si el verso de Fulanito era una copia del de Zutanito… y en apoyo de sus opiniones citaban a otros poetas que tampoco habían leído. Se remontaban a Perengano en Grecia y a Mengano del neoclásico tardío español. Alguno sacó un verso de una enciclopedia, como de la chistera de un mago, cual conejo peludo y lo citó mal; otro trajo a cuento un latinajo sin ton ni son y uno más allá se indignó por el «pobre uso de la lengua de Catón, el cantor del amor» (sin duda se refería a Catulo). El ambiente se caldeó y se dijeron entre sí, sin saber con cuánta razón: «ignorante», «tienes agua tibia en la azotea» y alguno que tenía un diccionario de sinónimos resucitó, respiración boca a boca y vigoroso masaje cardiaco, la palabra estulto; luego la leyó en voz alta entre suspiros. Entre tanto el león se atragantaba opíparamente y una vez la panza llena de «Letrados a la bizantina», se animó a escribir unos versitos mientras hacía la digestión.

Carlos Alberto Jáuregui Didyme-Dôme

Novela que cambia de género

EnriqueAndersonImbert3 Adrián Bennet sube al tren y cuando va a sentarse observa que se han olvidado sobre el asiento una novela de tapas amarillas. No tiene tiempo de examinarla porque en ese momento entra en el vagón un hombre de anteojos negros y boca avinagrada que acomoda la valija, se arrellana frente a Bennet y se queda inmóvil. Bennet, intimidado, no se atreve a dirigirle la palabra. El viaje es largo. Mira por la ventanilla, se aburre, intenta dormir pero no lo consigue y de pronto recuerda la novela que encontró en el asiento. Ya tiene con qué entretenerse. La examina. El título no le dice nada, el autor le es desconocido. La hojea a saltos. Parece ser una novela policial en la que cierto detective, sospechando que el viajante de comercio Walter Lynch es en realidad un sicario al servicio de la Organización, va en pos de él a Villa María, le sigue los pasos hasta el hotel, lo acecha por el ojo de la cerradura y ve cómo despanzurra al incorruptible periodista.
El tren acaba de parar. El hombre de los anteojos negros y la boca avinagrada se pone de pie y agarra la valija, en cuyo marbete Bennet alcanza a leer: “Walter Lynch”. Rápido como la luz, Bennet arroja una mirada por la ventanilla y en el letrero de la estación lee: “Villa María”. ¡Pronto! ¿qué hacer? Piensa que su obligación es bajarse, seguir a Walter Lynch, acecharlo, denunciarlo, pero opta por no entrometerse.
El tren empieza a alejarse. Aliviado y avergonzado, Bennet entiende que acaba de escaparse de un peligro futuro pero no sabe exactamente de cuál. Para averiguarlo abre la novela y busca la revelación de lo que le pasó al detective cuando, después de ser testigo del asesinato en Villa María, tuvo que dar la cara al asesino. Antes la había hojeado a saltos; ahora la lee página por página. En la novela, que ya no es policial, sino psicológica, se describe un asesinato en Villa María pero, por más que se busque, allí no figura ningún detective.

Enrique Anderson Imbert

Siempre hay una disculpa para salir a beber

bar2 Me compré una barra de bar porque quería dejar de salir a beber por ahí. Nada más montarla, me puse a un lado de la barra y pedí una cerveza. Fui al otro lado y pregunté: «Con alcohol o sin alcohol?» Me cambié otra vez de sitio y contesté: «Con alcohol, imbécil!» «Imbécil será usted!», me respondí. «A mí nadie me trata así», contesté, «me voy a otro bar». Al salir di un portazo. Allí quedó el otro con su mierda de negocio.

Jesús Alonso

El desencuentro original

gloria fdez rojas Adán iba tras ella con cierta sensación de inquietud o carcoma, con sabor a tropelía o avispero. Eva canturreaba tranquila por las colinas o piel del mundo. De pronto se detuvo, puso sus rodillas sobre el musgo o humedad y le pidió que se acercara. Él obedeció sin entusiasmo.
– Adán, a esto podríamos llamarlo hierba porque es verde y alargado.
– O Lagartija –replicó él.
– Y a esto mosca. Es algo tan negro y cargante…
– ¿Mosca? Eva, ¡ya había puesto yo nombre a todas las cosas del mundo!
– Definitivamente, mosca. ¿No ves qué ojos?
Y así toda la tarde. El sol ya empezaba a escamotearse detrás de los montes o confín cuando se lo confesó:
– Eva, estoy cansado o huérfano.
– Pues hijo, yo soy completamente feliz.
Adán la observó algo perplejo. ¿Feliz? ¿Cómo que feliz? ¿No era Eva carne de su carne? ¿Acaso no había cedido hasta una de sus costillas o parte de su mismidad para conseguir una ayuda que se le asemejara?
Apartó la vista de aquel rostro embelesado y se quedó pensando si aquello que bullía en su corazón era arrobamiento o encono.

Gloria Fernández Rozas

La mujer

anamaria-shua Un hombre sueña que ama a una mujer. La mujer huye. El hombre envía en su persecución los perros de su deseo. La mujer cruza un puente sobre un río, atraviesa un muro, se eleva sobre una montaña. Los perros atraviesan el río a nado, saltan el muro y al pie de la montaña se detienen jadeando. El hombre sabe, en su sueño, que jamás en su sueño podrá alcanzarla. Cuando despierta, la mujer está a su lado y el hombre descubre, decepcionado, que ya es suya.

Ana María Shua

La despedida

joaquin leguina2 La carta tardó en llegar, pero las dudas quedaron disipadas. El texto no era largo, sino mínimo:
Querido Manuel: no me escribas más”.  Firmaba con su nombre”María”.
La noche fue tenaz y aciaga. El sueño tardío, inquieto y débil. Se levantó, pero no fue capaz de cabrearse. Luego hizo suyos los versos leídos horas antes:
“Hoy he amanecido
como siempre, pero
con un cuchillo
en el pecho”
Se apretó la corbata, el corazón. Sorbió un café desvanecido y turbio. Dispuso sus proyectos para hoy, sus sueños para ayer y sus deseos para nunca jamás, pero no redacto respuesta por escrito. Tampoco iba a encontrar una cabal que le hiciera olvidar su primer desengaño. Nada que le sacara de allí aquel cuchillo o borrara la cicatriz de escualo en su recién estrenado corazón de hombre.

Joaquín Leguina