Años perdidos

espejo No reconocí al hombre que tenía frente al espejo y eso me inquietaba. El reflejo era el de alguien mayor que yo, así que no podía tratarse de mí. Él, por su parte, parecía igual de contrariado porque me contemplaba con la misma expresión de extrañeza. ¿Acaso nos habíamos visto antes? Su rostro me resultaba terriblemente familiar pero no lograba ponerle un nombre o relacionarlo con un lugar. Quise preguntarle quién era, pero de pronto me dio miedo la respuesta. Lo mejor era ignorarle. Tenía otras cosas de las que preocuparme. Por ejemplo, averiguar quién era la mujer que me estaba anudando la corbata.

Marina de la Fuente Martín

Peligro en el camino

eduardo galeano35 Alrededores de Sevilla, invierno de 1936: se acercan las elecciones españolas.
Anda un señor recorriendo sus tierras, cuando un andrajoso se le cruza en el camino.
Sin bajarse del caballo, el señor lo llama y le pone en la mano una moneda y una lista electoral.
El hombre deja caer las dos, la moneda y la lista, y dándole la espalda dice:
-En mi hambre, mando yo.

Eduardo Galeano

La gangrena

jose_antonio_ayala Ocupábamos la misma habitación en el Hospital General de la ciudad. Pero nuestro estado sanitario era muy diferente. Mi acompañante se encontraba como alelado y apenas si decía palabra. Dormía, y dormía, y sobre todo roncaba. Con él al lado era imposible conciliar el sueño; y me encontraba muy nervioso sin haber podido dormir en toda la noche, inquieto y atemorizado, además, por lo que pudiera pasar.
De pronto, con una cierta urgencia, entró un enfermero con una camilla.
-¿Para operar? -preguntó.
Yo señalé a mi compañero y en unos minutos la habitación quedó despejada.
¡Por fin! Sentí un gran alivio y por primera vez en tres días respiré tranquilo y me encontré en paz. Pensé, claro está, en el pobre señor que se habían llevado. Iba durmiendo cuando lo sacaron y apenas se enteró de nada. Cuando quizás se enterara sería cuando le cortaran su pierna sana en vez de la mía gangrenosa. Pero es que me había asustado tanto el camillero que no encontré otra salida que la que adopté. Lo siento.

José Antonio Ayala

Fairy song

eduardo gudino kieffer2 Estaban las que ayudaban a las arañas a tejer sus telas, las que sujetaban gotas de rocío en las orejas de las prímulas, las que cantaban acompañadas por orquestas de grillos la historia del castillo de Tintagel. Estaban las que pulían escapadas mágicas, las inventoras de filtros y conjuros, las que otorgaban dones, las que reían recordando cómo ayudaban a contrabandear blondas y brandy; las que lloraban al pensar en la huida desde el malecón de Dymchurch, abandonando la vieja Inglaterra que se volvía cada vez más cruel, con sus horribles campanas de Canterbury, sus hogueras de Bulwerhithe, su inundación de Winchelsea y esa gran reina reumática y enjoyada y envuelta en tiesos brocados y encajes y para colmo virgen, qué cosa. Estaban las más traviesas, que por la noche hacían danzar fugaces lucecitas verdes en las ojivas de las iglesias y los camposantos, espantaban a los caballos, volcaban la cerveza en los delantales de las criadas y cuajaban la leche. Estaba, por último, la que se aburría y quiso cambiar, prescindiendo para siempre de su verdadera esencia; la rebelde que se arrancó las alas traslúcidas y con el tiempo se encarnó en un cuerpo de mujer. Miró al mundo a través de sus ojos oscuros y separados, lo aspiró con toda su piel, sintió cosas absolutamente nuevas y excitantes que se llaman placer, dolor, inquietud, angustia, amor. Supo que, si bien ya no podía cabalgar en un escarabajo o pintar auroras boreales o coronarse de carámbanos, podía en cambio hacer todas las cosas que hacen los humanos. Se sumergió en arduos textos metafísicos, buscó a Dios en la religión y en la ciencia, descendió a la peor abyección y trepó a la sublimidad más excelsa. Por momentos hasta sufrió. Todo era desmesurado. nada era bastante. Recordaba su condición anterior, en la que palabras como amor, vida y muerte carecían de sentido. No quería volver a eso, aunque a veces se arrepentía de haberse elegido mujer. Pero como no le quedaban más alternativas, se encogió de hombros y dejó que el amor, la vida y la muerte le acaecieran.

«Las hadas existen… pero no tanto.»

Eduardo Gudiño Kieffer

Amor a la literatura

gafas Desde pequeño siempre había tenido esa obsesión por los libros, una obsesión a la que sus padres contribuyeron de un modo decisivo, mostrándole los beneficios que la literatura le podía proporcionar. Devoraba cualquier volumen que cayera en sus dominios, sin importar tema ó autor: geografía, Historia, ciencias, Poesía…todo lo asimilaba de una manera compulsiva, y entraba, sin remisión, a formar parte de su ser. Buscaba por las estanterías de la amplia biblioteca los ejemplares más voluminosos, con los cuales se entretenía por un periodo de tiempo relativamente largo, y cuando los terminaba, volvía, ansioso, a por otro.
Desgraciadamente, la adquisición de un nuevo spray antipolillas acabó cierto día con su ilustrada vida, cuando aún no había acabado de engullir completamente, una interesante descripción del motor de combustión en la Enciclopedia Británica.

Luis Hervás Rodrigo

Cigarras y hormigas

alberto barrera Durante ese verano, ese otoño y esa primavera la cigarra cantó, leyó libros maravillosos, se hinchó de frutas de comarcas lejanas, fornicó y bebió hasta desfallecer, durmió sobre el humo de las ramas del sauce. Mientras, la hormiga -que sabe leer y conoce la historia- saqueó con su modestia la montaña, llenó de hojas, migajas y restos de vecinos muertos toda su cueva. Meticulosa, la hormiga pasó el año ahorrando para cuando el viento y la lluvia feroz.
Y llegó el invierno (como suele suceder en la literatura y en el mundo) y arrasó con todos los planetas. Del reino sólo quedaron raíces y hojas de plátano, susurros atrapados bajo el hielo, cadáveres simples y pequeños (cigarras y hormigas, por ejemplo).

Alberto Barrera

Bestialismo

ana maria shua 7 Los humanos condenan el bestialismo, prueba fehaciente de que también lo practican. En relación con la epidemia de transmisión sexual que los diezma, africanos y estadounidenses se acusan mutuamente de sus relaciones con los monos o con los virus. La interacción de los americanos con los virus habría producido, incluso, modificaciones en la carga genética de estos últimos. Así como la mula es producto de la unión de un caballo con una burra, el VIH sería el producto híbrido (pero no estéril) del intercambio entre un científico y un virus.

Ana María Shua