1.732 – Negocios con el destino

ana maria shua  El año en que nos casamos fue pródigo en desgracias. Murió mi padre y el suyo. En el curso de los dos años siguientes enfermaron los testigos de nuestro enlace y murieron con pocos meses de diferencia. Nos preguntamos el por qué de semejante ensañamiento y, como sucede aún con las personas más racionales (nosotros lo somos), empezamos a apoyarnos en supersticiones, ofreciendo sacrificios al destino a cambio de que nos olvidara o perdonara.
Esa penosa negociación con el Hado parece haber dado resultado: hace años que no sufrimos desdichas evidentes. Pero como sabemos que la buena suerte tiene su precio, nos miramos el uno al otro desconfiados, con durísimas sospechas. ¿Qué es lo que cada uno de nosotros ha prometido (y quizás entregado) a cambio de esta seguridad siempre frágil, siempre dudosa?

Ana María Shua

Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009

1.725 – Hubiera estado bien

PedroHerrero  Lo peor que pudo hacer el inmigrante fue ofrecer resistencia a la autoridad. Era normal que el hombre estuviera alterado, cuando una anciana lo denunció a la policía acusándolo de haberla agredido sexualmente a la puerta de su casa. Él pasaba cada día por allí, de regreso a su hogar, y no precisamente de buen humor por culpa de la falta de trabajo. Pero sin meterse con nadie, sin buscar problemas que le complicaran la existencia. Eso fue lo que debió decir a los de la patrulla de atestados antes de que le pusieran las esposas. Antes de que lo subieran a empujones al coche celular. Antes de que lo trasladaran a la comisaría del distrito para tomarle declaración. Antes de que lo golpearan con saña y lo metieran en una celda, a la espera de ponerlo a disposición judicial. Antes de que, al día siguiente, la señora retirase los cargos al no estar segura de que aquel individuo la hubiera molestado. Antes de que nadie le pidiera disculpas al dejarlo en libertad.
Hubiera estado bien que el inmigrante conservara la calma en el momento de su detención. Y no insultara a todo el mundo. Y no se enfrentara a las fuerzas del orden. Y no se diera a la fuga precipitadamente. Y no cayera de bruces tras un disparo de advertencia.

Pedro Herrero

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1.718 – Reconciliación

Maria Jose Barrios22  Deja pasar un par de días, no la llames, no le cojas el teléfono. Luego ve a hablar con ella, pero muéstrate frío, distante e incluso cruel en un momento dado. Como si nada de aquello fuera contigo. Utiliza palabras duras, no hagas la más mínima concesión. Dile que no sabes de qué te habla, que son todo imaginaciones suyas. Deja que te grite, que te golpee, que te arañe, que te muerda, que te amenace. Échale la culpa de todo, deja que se derrumbe. Humíllala, apriétale un poco más -solo lo justo-, y entonces empieza a mostrarte algo más comprensivo. Dile algo cariñoso, juguetea con su flequillo. Abrázala, deja que se sienta bien por unos minutos. Convéncela de que te necesita. Miéntele, dile que la quieres. Y solo al final, si lo consideras necesario, le dices que la perdonas.

María José Barrios

Mar de Pirañas. Edición de Fernando Valls. Menoscuarto ediciones.2012

1.711 – La salsa portuguesa

ana maria shua  Un matrimonio mal avenido recibe invitados. Hay pollo con salsa portuguesa. La esposa le sirve la parte blanca al invitado y le ofrece salsa. El marido sospecha de su mujer. Con ridícula cortesía le ofrece salsa a la invitada. La esposa sospecha de su marido. Insiste en agregar salsa al plato del invitado. Los invitados sospechan fuertemente del pollo.

Ana María Shua

Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009

1.697 – Final en tonos rosas

fin mundo  El tribunal apreció cierta rigidez en su mirada. Todo comenzó a torcerse unos días antes. El fin del mundo no fue como pronosticaba el Apocalipsis. Ni hablar de jinetes. Tan solo aquel aroma a cantueso cada vez más intenso. Eso, y el rosa desvaído que fue adquiriendo el horizonte a medida que todo se tornaba confuso y plácido. Nada estaba saliendo como tenía previsto. Aún no se podía creer que Jesucristo tuviera realmente ese aspecto. Pero lo peor con diferencia era ella. Ni en la peor pesadilla se hubiera imaginado que aquella mujer bajita fuera Dios en persona. Y le miraba fijamente desde hacía demasiados minutos.

Enrique Rubio Domingo

Relatos en cadena – Finalista del 23/5, semana 28

1.690 – Fidelidad

Pedro Herrero_110921  A ella le gustaba aquel chico, pero no demasiado. De manera que le diría que sí, pero también que no. Con arreglo a lo primero, se casaron y tuvieron hijos, construyeron un futuro y se amoldaron a una convivencia no exenta de momentos dulces y estimulantes, aunque sensible al desgaste del roce cotidiano y a la servitud de la monotonía. Con arreglo a lo segundo, no hubo nada que hacer: dejaron de verse y siguieron cada uno por su lado. Al principio, el hombre casado no entendía que su vida tomara dos rumbos tan diferentes, y menos aún de manera simultánea. Por las mañanas, saludaba a su esposa con ternura y recibía a cambio la anhelada compensación, salvo cuando despertaba en brazos de una auténtica desconocida. Lo mismo ocurría al final de la jornada, incluso en las reuniones con amigos comunes, donde, sin previo aviso, su consorte parecía regresar de lugares remotos, necesitada de afecto. Pero antes de que el marido fiel y enamorado acabara de aceptar aquella extraña situación, su pareja falleció en un infortunado accidente. Y cuando, en su desesperación, creyó el hombre haberse quedado solo y desamparado, comprobó que –a pesar de ello- una de sus dos mujeres seguía haciéndole compañía.

Pedro Herrero

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1.683 – Bailando con lobos

PedroHerrero  En la clase de primero de secundaria dedicada a normas de comportamiento, la profesora explica a los alumnos que deben ayudar a sus padres en las tareas diarias del hogar. Un alumno la interrumpe y dice que, de las tareas en su casa, se ocupa la sirvienta cuatro veces por semana. La profesora va a responder que no todo el mundo tiene sirvienta en casa, pero el chaval añade que, cuando su padre está enfermo, la sirvienta tarda en arreglar su cuarto más que de costumbre. Antes de que la profesora pueda cortar en seco las risas que provoca ese comentario, una niña afirma que, en su casa, la sirvienta también hace de canguro. Y que, después de acompañarla por la noche, su padre vuelve a casa cuando mamá ya está durmiendo. La profesora, entonces, levantando algo más la voz, se dispone a puntualizar que ése no es, en absoluto, el tema que acaba de plantear. Pero se le adelanta otra alumna para comentar que, la primera vez que papá acompañó a la canguro, volvió a casa con un ojo morado. Ello desata en clase un jolgorio incontenible. Y -ahora sí- perdiendo al fin los estribos para contestar al niño que baja la basura y saca el perro por las noches, la profesora le grita que se calle. Y que si quiere hablar, pida permiso como todo el mundo.

Pedro Herrero

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1.676 – Los bárbaros

gines cutillas-¿Qué esperamos congregados en el foro?
 Es a los bárbaros que hoy llegan.
Constantino Cavafis

Ante la inminencia de su llegada, no dudamos en derrumbar las murallas de la ciudad para que no pensaran que osábamos mostrar resistencia y enojarlos aún más. pero también incendiamos las cosechas con el fin de desanimarles si venían con intención de quedarse. Dejamos de escribir las leyes, convencidos de que ellos las rescindirían y también olvidamos castigar a los malhechores, que pronto se adueñaron de la ciudad. A los niños los abandonamos a la deriva en barcos y a todas las mujeres en edad fértil, por no matarlas, les extirpamos los úteros para que ninguna criatura impía creciera en ellos. A los ancianos les dimos una muerte digna y los enterramos con todos los honores.
Más tarde, reunidos en el ágora, debatimos si matar al Rey, por aquello de adelantarles trabajo y quizá conseguir que nos mostraran clemencia. En medio de tanto caos, con la cabeza del monarca todavía rodando por el suelo llegó el oteador, exhausto, para comunicar que ni rastro de los bárbaros, que nadie los había visto en años y que incluso había quien aseguraba que ya no existían.

Ginés S. Cutillas

Mar de pirañas. Menoscuarto Ediciones. 2012

1.669 – Inexplicable

Muñoz Rengel  Tenía dos hijos gemelos, idénticos. Ella los vestía con la misma ropa, y les preparaba simétricos desayunos cada mañana. Ellos se comportaban de la misma manera y parecían tener una única personalidad. Los dos sacaban las mismas notas en el colegio, se magullaban la misma rodilla —el mismo día, a la misma hora—, les gustaba la misma chica, hablaban a la vez para decir una frase semejante. Ella los arropaba por igual cada noche, en sendas camas gemelas, cada uno bajo su propio edredón azul de plumas. Luego, se acercaba con sigilo a uno de ellos, siempre el mismo, y le susurraba al oído: «Tú eres mi favorito».

Juan Jacinto Muñoz Rengel

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