El año en que nos casamos fue pródigo en desgracias. Murió mi padre y el suyo. En el curso de los dos años siguientes enfermaron los testigos de nuestro enlace y murieron con pocos meses de diferencia. Nos preguntamos el por qué de semejante ensañamiento y, como sucede aún con las personas más racionales (nosotros lo somos), empezamos a apoyarnos en supersticiones, ofreciendo sacrificios al destino a cambio de que nos olvidara o perdonara.
Esa penosa negociación con el Hado parece haber dado resultado: hace años que no sufrimos desdichas evidentes. Pero como sabemos que la buena suerte tiene su precio, nos miramos el uno al otro desconfiados, con durísimas sospechas. ¿Qué es lo que cada uno de nosotros ha prometido (y quizás entregado) a cambio de esta seguridad siempre frágil, siempre dudosa?
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009