1.742 – Amantes

eugenio mandrini  A diferencia del ojo lujurioso de los Cíclopes y de las acometidas insaciables de los Centauros, la leyenda de los amores del Ogro y la Ogra nos relata que en los momentos de vitalidad y estruendo sanguíneo, ellos comienzan a devorarse entre sí, a dentelladas él, a mordiscos ella, a mordiscos él, a dentelladas ella (sin detallar aquí los recovecos de uno y otro donde más se deleitan, pues ello haría despertar a los caballos muertos y enardecer a las estatuas), hasta que por último del gran festín quedan indemnes solo sus lenguas chasqueando en el vacío ante la ausencia de los cuerpos.
Dicha leyenda nos revela, por un lado, el porqué de la desaparición de los Ogros y, por el otro, nos advierte que ellos ocupan el sitial más elevado entre las grandes parejas de amantes de la historia romántica universal, por ser los únicos seres que devorando y dejándose devorar, alcanzaron la suprema y monstruosa belleza del deseo carnal practicado hasta el fin.
Gloria a los Ogros.

Eugenio Mandrini

http://nalocos.blogspot.com.es/2013/10/las-otras-criaturas-libro-de.html

1.735 – Despertar

Manuel Moyano (1)  El unicornio que lame cariñosamente su mejilla le hace despertar. Aún se siente azorado, pero, al abrir los ojos, contempla el familiar cielo de color púrpura, por el que vuelan criaturas con tres pares de alas, y el viejo árbol que da frutos de lapislázuli junto a su ventana. Las plantas cantoras alegran la mañana con su música. Comprende entonces, con alivio, que la ciudad gris, y la montaña de papel sobre una mesa, y el vehículo que circulaba por un túnel y la hembra que le llamaba imbécil al llegar a casa tan solo formaban parte de un mal sueño.

Manuel Moyano

Mar de pirañas. Menoscuarto Ediciones. 2012

1.728 – Los chicos crecen

a_maria_shua  El chico crece. Cada diciembre, con un lápiz de mina blanda, marcan su altura en la pared, detrás de la puerta del dormitorio. Hay otra marca, mucho más alta, que señala la altura del padre. El chico se esfuerza por alcanzar esa raya negra, se ahínca en el crecer como en una tarea peligrosa y constante. Un día no necesita medirse para darse cuenta de que es más alto que sus deseos. Pero ahora el padre está viejo, el hijo ya no tiene interés en alcanzarlo y sin embargo no puede detener esa carrera absurda que se arrepiente de haber empezado, lucha por frenar y es al revés, todo va tanto más rápido.

Ana María Shua

Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009

1.721 – El relieve del tiempo*

ivan teruel2  Manejamos dos conceptos en apariencia desacordes: lo impactante y lo superficial. En principio, resulta difícil asumir que algo impactante no sea profundo, pero esos dos conceptos confluyen en la siguiente imagen: una madre que ha acompañado a su hijo hasta la sala de urgencias de un hospital se desmorona de pronto sobre una silla, se dobla como un muñeco, descompone su rostro y estalla en un llanto convulso al que acuden algunos médicos y enfermeras con palabras tranquilizadoras.
Esa es la imagen, pero desprovista de la perspectiva que nos interesa, en la que concurren los dos conceptos planteados al inicio. La perspectiva es la mirada del hijo de diez años, quien, desde la camilla, entre un horizonte de batas blancas, estetoscopios y cables de tensiómetro, vislumbra el derrumbe de su madre, algo que, por supuesto, no espera. El impacto en el ánimo del niño resulta indiscutible. Y sin embargo, la memoria almacena la imagen en dos dimensiones. La tercera, la dimensión ausente, se relaciona con otro factor decisivo a partir de ahora: el tiempo. Porque esa falta de profundidad de la que hablamos tiene que ver con un recorrido inconcluso, con aquello que todavía tiene que ocurrir. Así que tiempo y memoria se alían en esta ocasión para conservar liso un recuerdo.
Pero el tiempo es un fluido incesante y para entender mejor lo que aquí se cuenta hay que hacerlo avanzar. También se requiere un cambio de punto de vista y otra confluencia de conceptos. O lo que es lo mismo: es necesario viajar hasta otro hospital y contemplar otra escena en la que convergen esos dos nuevos conceptos planteados ahora: la falta de costumbre y el sentimiento de culpa. Ambos se concentran en la pregunta que una enfermera le formula a un padre. ¿No le das un beso? Porque el padre, el joven padre, que ha acompañado a su bebé recién nacido por pasillos y ascensores sin dejar de fijarse en todos los tubos y vías que tiene conectados, y que durante todo el recorrido ha ido con la mano derecha agarrada al reborde de la cuna, cuando ha llegado a la puerta del quirófano ha hecho ademán de ir hacia la sala de espera. Y entonces la pregunta, ¿no le das un beso?, que certifica la falta de costumbre, apenas un día, y dispara la culpa, que atraviesa al padre. Así, traspasado por ese sentimiento, se acerca a su bebé y entre la maraña de tubos le da un beso en la mejilla.
Esa acción queda sedimentada en la conciencia del padre. Y activa algo que ya no va encontrar freno. Avanza, ahora sí, por el pasillo hacia la sala de espera. Y a la vez que avanzan sus pasos, el tiempo se pone en paralelo y acomete el último tramo de su recorrido por hacer. El padre, el joven padre, llega a la sala de espera, en la que no hay nadie. Permanece de pie y mira al frente. Pero no ve nada, porque la vista se le va de pronto hacia dentro. Y se ve a sí mismo inclinado hacia su bebé para darle el beso que se le olvidaba darle. Y en ese momento el tiempo completa su ciclo. Y en apenas unas milésimas de segundo deshace su camino de veinte años y lo rehace inmediatamente. Y en esa ida y venida fulgurante, el tiempo invade la memoria, y de allí rescata imágenes, las sacude, las revuelca, las actualiza. Imágenes como el derrumbe de su madre en aquel otro hospital. Imágenes que dejan de ser planas y se convierten en una galería infinita de infinitos recovecos. Así que tiempo y memoria confluyen ahora en la misma intersección donde están la vista y la conciencia del padre, que permanece asomado a la escena en la que él se inclina sobre su bebé. Entonces se activa un resorte profundo. Y el padre se desmorona de pronto sobre una silla, dobla el cuerpo como un muñeco, descompone su rostro y estalla en un llanto convulso al que solo acuden sus manos. Sus manos desconsoladas.

*A mi madre

Iván Teruel

http://latijeradelish.blogspot.com.es/2013/10/el-relieve-del-tiempo.html?spref=fb

1.714 – El cuento

alonso-ibarrola2-300x200  La niña se despertó a media noche y comenzó a llorar, exigiendo a voz en grito «que le contaran un cuento». La madre, rendida por el cansancio de la fatigosa jornada, se resistía y pidió con mal talante a su marido que interviniera. El marido, mascullando palabrotas, se levantó y se dirigió a la habitación de la niña. Ella quería escuchar, una vez más, el cuento de «Caperucita». El padre, rabioso y enfurecido, contó con gran fuerza descriptiva la popular narración. Introdujo algunas variantes (quizá producto de su mal humor), incidiendo con todo género de detalles en la muerte de Caperucita, devorada no por uno, sino por muchos lobos. Crujieron los huesecillos de Caperucita, se quedó sin ojos, sin dientes, sin nariz, la sangre manchaba el césped… Cuando la niña se hubo dormido, el padre se retiró calladamente. A la mañana siguiente, la madre, observando a la niña, que dormía con el cuerpecito rígido, las manos crispadas y los ojos abiertos, redondos como platos, preguntó al marido: «¿Qué le contaste a la niña?».

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

1.707 – Física

aranoa_4  La tortura es pura física.
La resultante de golpear un cuerpo femenino de 56 kilogramos de peso un número N de veces contra una pared, es una cantidad de hematomas inferior o igual al número de veces que se despertará llorando el resto de su vida, ya bien entrada la noche.
La oscilación de un peso de 7 kilogramos colgado de los testículos de un hombre adulto, produce una sensación de dolor directamente proporcional a la sensación de pérdida que experimentaron sus hijos la mañana que supieron por su madre que había sido detenido, y no fueron al colegio.
La cabeza de un interrogado al ser sumergida en una bañera desaloja un volumen de agua idéntico al miedo que le impedirá volver a coger el teléfono cuando suene en casa de madrugada, pero siempre inferior al que experimentará cada vez que sienta acercarse los pasos de un extraño a su espalda.
Una descarga eléctrica de 300 voltios, aplicada a intervalos de 3 minutos sobre los pezones de una mujer desnuda e indefensa, genera una desconfianza en el otro que ninguna declaración de derechos humanos conseguirá paliar jamás.
Si el cuerpo de un hombre joven es arrojado al mar desde un avión que vuela a una altura de 1.300 pies en dirección al Este, y las condiciones de visibilidad son buenas, ¿cómo recuperar entonces la fe en el hombre? ¿Cómo volver a mirar a la cara a los perros?

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

1.693 – Las ansias

pilar galan 65  No, hombre, no, no lo llame usted ansiedad. Si será igual, no se lo discuto, que usted sabe más que yo, al menos de medicina. Estamos de acuerdo en lo de las palpitaciones, que el corazón parece que se me sale por la boca y me entra el ansia, pero no la ansiedad, ¿ve usted? El ansia es como que se te cierra el estómago, y te entran ganas de vomitar, y eso no se cura con pastillas.
Tiene usted razón, no duermo, no como, estoy eléctrico y salto como si me hubieran dado una coz en mis partes, pero no es enfermedad, no. Yo he aprendido a controlarme, a reconocer que soy más de anticipar, prever, es la palabra que andaba buscando, en la punta de la lengua lo tenía. Hombre prevenido vale por dos, ya dice el refrán. Yo soy de preparar la mochila del niño antes, de comprar los libros en junio, en cuanto tuve la lista en la mano, de dejar a todas mis novias antes de que se les ocurriera a ellas hacer lo mismo. Las muy putas.
Va por épocas. Ahora, en septiembre, lo noto más, no sé por qué. Las tardes tan cortas, esa luz que da pena verla, la vuelta al trabajo, lo que hemos discutido mi mujer y yo estas vacaciones…
Violento no soy, algo, lo justo, no sé, lo normal, como eléctrico, un pronto que me sube por la nuca, ya le he dicho.
No sea usted porfión, que no me voy a tomar las pastillas. Me da coraje de no hacerle caso, pero yo sé que a la larga me va a ir mejor, así que me voy a ir a preparar la cartera del crío, que empieza mañana, y luego se echa el tiempo encima. Y la mujer no se crea que arrima el hombro, no, que lo tengo que organizar yo todo. También haré un poco de deporte, correr, algo así, uno dos, uno dos, que me ha puesto usted nervioso y no voy a pegar ojo y entonces sí que estaré como una moto a las ocho, cuando despierte al crío, y vea a mi mujer, la gorda de los cojones, haciendo ruido con las magdalenas, una tras otra empapadas en el café, una pasta vomitiva, grasienta, como ella, y tenga que salir a escape, siempre tarde, y según vaya llegando entre la mierda de los conductores novatos y los viejos que van a diez por hora, mientras aprieto fuerte, cada vez más fuerte, la mano de mi hijo, y noto el pulso acelerado y la vena de la frente a punto de reventar, al próximo que me pregunte por las vacaciones, o diga: otra vez aquí, parece mentira, o qué pronto ha pasado el verano, lo abro en canal allí mismo y le saco las putas tripas por la boca.

Pilar Galán

Paraíso posible. De la Luna libros. 2012

Foto: www.elperiodicoextremadura.com

1.686 – Ciclos

Muñoz Rengel   Al igual que mis padres, aprendí cuando aún era un niño las labores de la labranza y a cuidar un escaso rebaño de apenas unas pocas reses escuálidas. Viví en la austeridad y el hambre hasta el fin de mis días. Después, nací en el seno de una familia griega que me procuró una buena educación y llegué a servir como maestro de los hijos de un aristócrata magnánimo. Cuando morí, me encarné como primogénito de unos ricos comerciantes y llegué a poseer una flota de naves que transportaba mercancías por todo el Mediterráneo. Luego fui un jeque de Oriente. Todavía después, en mi penúltima resurrección, fui el príncipe heredero de una de las naciones más poderosas del planeta. Como vi que la cosa siempre iba a más, para ahorrarme tiempo en prolegómenos, me corté la cabeza. Ahora soy el escarabajo que recoge los excrementos de unas reses escuálidas. A veces, las gigantescas pezuñas golpean con fuerza cerca de mí. Las miro y pido fuerzas al cielo para no sucumbir a la tentación y no quitarme de nuevo la vida.

Juan Jacinto Muñoz Rengel

Mar de pirañas. Menoscuarto Ediciones. 2012

1.679 – Carta a un editor

alejandra diaz ortiz2  Cariño, tranquilo, no te pongas esdrújulo.
Está claro que a nuestra relación le urge una separata. Desde hace tiempo que los cuerpos no se corresponden con los verbos. La caja se ha convertido en un complicado oxímoron. Los días se transforman en noches cursivas y el calor nos ahoga con su helada puntuación.
Ya no encontramos más puntos a seguir. Me cansan las interrogaciones y la letra capital. Nuestras rimas desentonan y tus acentos, música en antaño, ahora son un manojo de átonos reproches. Para ti, los adjetivos se han vuelto graves. En mí, ya no quedan sustantivos que agregar.
Aunque duela la verdad, esta prosa se acabó. Nuestras diéresis pudieron con la ficción de una crónica condenada a la errata: lo sabíamos a pie de página. ¿Recuerdas nuestro prólogo? Por aquel entonces, ya tuvimos dos llamadas de mala puntuación. Pero insistimos, abriendo las comillas. Es cierto, nos sobraba admiración, pero abusamos de los puntos y seguidos.
No extrañar tus besos ha sido la coma que ha vuelto imposible la lectura, lo sé. No hay cuadratín que valga para pedir disculpas. De hecho, te confieso, no encuentro nada más que restar. Firmemos, pues, un colofón de mutuo acuerdo y, luego, como amigos, abramos el paréntesis.
Vete ya. Seguro encontrarás una musa más dispuesta, esperándote al otro lado de un nuevo folio.
Por último, querido mío, te agradeceré que no subrayes más: ¡no me toques más los versos!
Afectuosamente,

Constanza de Lapsus Pertinaz

Alejandra Díaz-Ortiz

Pizca de sal. Trama editorial. 2012