Daba vueltas en la cama, en el sofá, incluso cuando estaba sentado en una silla con la cabeza apoyada sobre una mesa; no podía dormir. Tras cuarenta noches, en las que apenas dormitaba un par de horas, comenzaba a sentirse agotado. Había probado a contar en voz alta, experimento baldío, llegó a una cifra que ni él mismo podía pronunciar; lo intentó con infalibles remedios caseros pero se mostró negado para cuajar alguno de ellos. Deambulaba por la casa a oscuras apurando uno tras otro cigarrillos de tabaco negro buscando tras el humo el camino de los sueños. Las noches se hacían eternas, en el silencio de éstas hasta el andar de una hormiga se puede escuchar. Llegó a establecer amistad con la luna pero cientos de nubes negras quisieron confabular contra él.
Recordó que guardaba, en una vieja cesta de mimbre, algo que le ayudaría. Removió aquella espiral de recuerdos hasta tropezarse con lo que buscaba. Envuelto entre paños un oxidado revólver que fue parte de otro lugar y otra vida. Mas la suerte no le acompañaba, tan sólo una bala que decidió reservar; si la utilizaba hoy ¿cómo podría dormir mañana?
La noche siguió su curso, las hormigas salían a pasear.
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1.194 – Tímido
¿Llegaré a santo? No fumo. No bebo. Soy casto. Me acuesto temprano. Rezo. El último domingo, precisamente, recuerdo que me asaltó la misma pregunta en la iglesia, al ver a un santo en su nicho, a la derecha del altar central. ¿Y yo por qué no?, me dije. ¡Si no fuera tan tímido…!
Alonso Ibarrola.
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
1.193 – El semáforo
De la mano de su padre, el niño espera en el semáforo. Muñeco rojo, no pasar. Muñeco verde, sí pasar. Le gusta ver cómo el muñeco verde acelera el paso paulatinamente a medida que transcurren los treinta segundos y, sobre todo, cómo corre en los últimos cuatro. Ahí empieza la carrera, y el niño siempre gana entre risas al muñeco verde. Ocurre al menos dos veces al día, en el trayecto de ida y vuelta de la guardería, y no pasa de ser un juego inocente. Pero el muñeco verde no perdona. Medio siglo después una furgoneta le ayudará en la revancha.
Antonio Serrano Cueto
http://antonioserranocueto.blogspot.com/
1.192 – Paralelas
No lo sabe, pero cuenta con una réplica exacta en cada vida. Con cada decisión, su yo se fue duplicando, y con cada nueva mitosis se ampliaron las posibilidades. En una vida recorre las calles realizando encuestas. En otra vida es economista en una agencia de calificación de riesgos, pero tiene un rictus amargo en la boca que le lleva a escindirse en un cooperante que, con lo puesto y una mochila, viaja a un país en guerra. En ese punto, un arrebato místico le conduce al Tíbet donde ayuna y vive en unas condiciones que nada tienen que ver con el traficante de armas que compra una mansión en la Toscana para blanquear dinero sospechoso.
Ningún yo sabe del otro, ni se cruzan sus caminos, pero cuando el cooperante muere de un disparo, el economista siente una molestia en el pecho, como el plop de una burbuja cuando se rompe, acompañada de una súbita tristeza.
Rosana Alonso
Los otros mundos. Ed. Talentura. 2012
http://ralon0.wordpress.com
1.191 – S.O.S.
Tal vez si hubiera preguntado dónde era el velatorio no habría acabado en aquella sala del tanatorio de Les Corts, besuqueado por desconocidas mientras los hombres se escapaban hacia la puerta para fumarse un pitillo. Sin saber cómo escapar de aquella situación, di el pésame a la viuda, una mujer hermosa, de unos cuarenta años, que me estrechó la mano con mucha entereza y sin una lágrima que pudiera estropearle el maquillaje. Después me acerqué al ataúd, ya tapado, y pude escuchar unos golpecitos tan leves que el murmullo los hacía imperceptibles.
Me volví hacia la viuda y odié haber aprendido morse en el ejército.
Jesús Esnaola Moraza
Relatos en cadena. Cadena SER – Ganador 1 del 16/06/2011
1.190 – Pregunta equivocada
¿Y cuándo será el incendio?, inquirió su esposa. El pirómano torció el gesto, contrariado. Desde que su mujer había descubierto su secreto, éste había pasado a formar parte de las conversaciones cotidianas. Hoy, contestó, justo antes de salir de casa. El pirómano acarició excitado la rasposa piedra de su encendedor mientras imaginaba cómo sería el crepitar de su propio hogar. Esta vez su mujer había errado la pregunta. Tal vez si hubiera preguntado dónde…
María Puente Izquierdo
Relatos en cadena. Cadena SER – Ganador del 9/06/2011
1.189 – La rácana
—¿Puedo quedarme con sus juguetes?
—Claro que sí, hijita.
Dolores, recordó las tres inexpugnables estanterías de muñecas que se exhibían en casa de su suegra. Aunque sobre todo rememoró su cofre de joyas y el Mercedes negro, amén de su cuenta bancaria.
—¡Qué lástima de la abuela, morir quemada, con lo que debe doler eso!
—Sí, hijita, así es la vida.
—¿Y todo lo que hay en la casa será para nosotras?
—Todo, hijita, absolutamente todo.
—Dime, mamá, ¿Y cuándo será el incendio?
Mercedes Jurado Chía
Relatos en cadena. Cadena SER – Ganador del 26/05/2011
1.187 – Objetos. I, El retrovisor
A pesar de su tamaño, es el más cruel de los espejos. O el más sincero, según se mire. Su principal utilidad no es reflejar el rostro de quien lo contempla, sino mostrarle insistentemente, al tiempo que cree que avanza, lo que ha dejado atrás.
José María Cumbreño
Relatos relámpago, Editora regional de Extremadura. Mérida, 2007
1.186 – El prisionero
Cuando a Luis Augusto Bianqui le metieron de un empujón en una celda tardó varios días en advertir que podía disolverse en el aire, escapar como una exhalación por el tragaluz, reasumir al otro lado su forma corporal, andar por las calles y vivir la vida de siempre. Había un solo inconveniente: cada vez que un guardián se acercaba a la celda para inspeccionarla, Bianqui, estuviera donde estuviese, tenía que dejarlo todo y, en un relámpago, regresar y rehacer su figura de prisionero. ¡Cosas de la conciencia! Si los carceleros se distraían, la libertad de Bianqui se actualizaba. Estudió el horario de la ronda de guardias a fin de pasear por la ciudad solamente entre horas más o menos seguras, sin miedo de ser interrumpido. Trasnochaba. Pero, aun así, en la cárcel solían disponerse vigilancias inesperadas. Más de una vez había sentido el tirón desde la celda y tuvo que desvanecerse en los brazos de una mujer.
Demasiado incómodo. Poco a poco fue renunciando a su poder de evaporarse y al cabo de un tiempo no se fugó más.
Enrique Anderson Imbert
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Edición de David Lagmanovich. Ed MenosCuarto – 2005
1.185 – Cabezota
A mi mujer no le gusta que le fastidie sus estrategias. ¡Dios me libre! Con esta crisis, hace seis meses se empeñó en quedarse embarazada. Cabezota que es. Durante quince noches me puso a la tarea. Ahora estoy en el paro, y en su empresa andan con expedientes de regulación de empleo. Pero ella es como si viviera en otro mundo. Ayer le pregunté:
—¿Qué te ha dicho el ginecólogo?
—Que todo va normal.
—¿Y tu jefe?
«Tranquila, ¿cómo voy a despedir a la madre de mi hijo?».
No seré yo quien le fastidie su estrategia. Ella sabrá lo que hace