-Aquí tiene la factura y el número de serie, su familia le espera tras esa puerta naranja.
El hombre asintió, conocía el procedimiento, ya había contratado antes los servicios de aquella empresa. Confiaba en no tener que realizar devoluciones. Si volvía a tener problemas, pensaba ponerles una reclamación por publicidad engañosa y se negaría a abonar los desperfectos. La primera vez, dada su poca experiencia, había actuado lo mejor posible: una nariz rota o un ojo hinchado eran poca cosa dado lo exasperantes que habían llegado a ser los familiares de ese lote.
En esta ocasión solicitó una familia estándar: mujer y dos críos. Eran igual que los del anuncio; igual de guapos, igual de sonrientes. Algo le dijo que en esta ocasión todo iría bien.
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2.812 – Última voluntad
Antes de morir exige que su cuerpo sea ungido con mirra y con incienso, que sea cremado, que sus cenizas se recojan en una urna de alabastro, que sus deudos las esparzan desde un helicóptero sobre toda la ciudad con la máxima ecuanimidad posible: que ningún barrio reciba más que otro.
Después de muerto sus deudos descubren que el incienso no sirve para ungir y lo entierran en la Chacarita.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
2.805 – El nombre de las cosas*
Para ahorrar gastos, el Gobierno despidió al funcionario que se inventaba las palabras. Cuando era niño y mi padre me leía por la noche, yo me preguntaba por qué un «cuento» se llamaba así, «cuento», de esa forma tan sosa, y no, por ejemplo, «voltereta», que es una palabra mucho más bella y dinámica. En cambio, ¿por qué a «mentira», que suena tan bien pero tiene un significado feo, no podían haberle puesto un vocablo gris y deslucido, como «hormigón»? ¿Por qué a un «árbol» lo llamamos «árbol», y no «vaso», o a una «computadora» no le decimos «croqueta», o a la «ficción» (un sustantivo muy aséptico en comparación con los buenos momentos que nos ha dado) no la bautizaron «libélula», un término mucho más estético? Desde que echaron al funcionario, nadie supo cómo llamar a las nuevas cosas. En mi edificio llamábamos telmad al objeto que sirve para dibujar tracllos, en cambio, en el colegio de mis hijos lo llamaban jelmior, en el barrio de mis tíos lo denominaban higoptro, y en el de mis padres, olco. En unos meses, y ante la falta de consenso, cada persona tenía un nombre para cada concepto, para cada objeto. El país se convirtió en un galimatías, y los del Ministerio se vieron obligados a convocar otra plaza de funcionario. Me hice con el temario y me presenté a las oposiciones. Saqué el número uno y me dieron el trabajo. Lo primero que hice fue poner nombre a las cosas que aún no lo tenían. Luego dediqué mi tiempo a cambiar nombres, a rebautizar las cosas de una manera justa, de tal manera que todo lo que sale en esta voltereta es hormigón. Pura libélula.
Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015.
*A Javier Gómez
2.798 – Cambio climático
Aquel año tuvo que llegar la primavera para que comenzara el invierno. La Mujer Dormida despertó. Las vacas ladraban y los perros trepaban por los árboles. La cosecha de conejos no fue buena y los rosales se tupieron de limones. Ese año los hombres se quedaron en casa. Las mujeres no parieron.
«Desde entonces, el pueblo no es el mismo», se lamentaba el abuelo, que tenía los años suficientes como para asegurar que antiguamente la primavera era primavera y el verano, verano.
La gente le llamaba chalao.
Alejandra Díaz-Ortiz
Cuentos Chinos. Trama Editorial – 2009
2.791- Cosas de niños
No he sido capaz de olvidar aquella imagen de Papa Noel agonizando en el salón; ni la mirada de mi hermana observando impasible la escena. Sus ojos ardían y en esas llamas resplandecía humeante la pistola que aferraba entre sus manos. Su voz cándida todavía martillea en mi cerebro: “ese gordo existe, pero yo no he pedido una muñeca”. Para no disgustarla, lo enterramos con el disfraz, el relleno y la barba de algodón; hasta el cura se reía. Ella, ingenua, espera que los Reyes Magos le traigan la bicicleta, pero sigue preguntando insistentemente donde está papá.
Xavier Blanco
http://xavierblanco.blogspot.com.es/
2.784 – El asaltante
Regresaba a su casa algo tarde, en las primeras horas de la madrugada. La ciudad aparecía silenciosa y solitaria. Cerca de su domicilio se cruzó con aquel hombre, de no mala apariencia. Este, pareció de pronto escudriñar atentamente toda la calle a sus espaldas, se le acercó y le dijo casi en un susurro:
-¡Cuidado! Hay alguien que le sigue a usted. Y tiene mala catadura… Por favor, no vuelva el rostro.
El otro no supo qué decir, o mejor balbuceó algo atemorizado que esperaba llegar a su casa a salvo, ya que no estaba muy lejos de ella.
-Si está tan cerca le acompaño -se ofreció su interlocutor-, con dos personas no se atreverá a un asalto.
Así lo hicieron, y cuando llegaron a la casa del primero, éste, por una elemental cortesía, le invitó a subir a su casa y a tomar una copa.
Una vez en el piso, el visitante sacó una navaja de grandes dimensiones y conminó al propietario a entregarle el dinero y las joyas que tenía. Al despedirse exclamó:
-Lo siento, pero no me gusta robar en plena calle, donde siempre puede acudir alguien o alertar a los vecinos con algún grito.
José Antonio Ayala
Chispas (101 microcuentos). 2005
2.777 – De extinciones
Hacía mucho tiempo que no veía una. Sin embargo, cuando paseaba con las niñas por el bosque, aún les decía que algunas mariposas en realidad son hadas.
Mientras ellas observan fascinadas el vuelo de una Macaón, se da cuenta de que en el suelo un hada agita las alas inútilmente. Por un instante contiene la respiración, pero esa piel grisácea, la cara arrugada y oscura, le provocan una curiosa mezcla de repulsión y pena. Sin decir nada, la pisa (siente en la suela ese leve crujir como de caparazón de insecto), llama a sus hijas y sigue su paseo.
Rosana Alonso
Los otros mundos. Ed. Talentura. 2012
2.770 – Tenía…
Tenía la belleza de los tibios de corazón, la palidez de los lujuriosos, y un amor desmedido por los pájaros. Desnudo, gustaba -un hábito secreto de quien padece insomnio- probarse alas, artificiosos aparatos trenzados con paciencia, aunque su verdadera pasión eran los atardeceres marinos: ¡Ver ahogarse la tarde!, decía como quien señala la destrucción del tiempo.
Rafael Pérez Estrada
2.763 – Vendedor nato
Pocas veces visitaban la exposición clientes de tanta importancia. El Jefe del Departamento Internacional de Ventas estaba contento, más bien excitado, ante la magnitud de la operación. Los individuos, cinco en total, parecían africanos, quizá árabes. No se sabía exactamente en qué idioma se expresaban… Mostraban gran interés por el moderno armamento exhibido. Los encargos los verificaban utilizando los dedos de las manos. Cinco tanques, tres cañones antiaéreos, dos cañones de tamaño medio, un lanza-cohetes, cien ametralladoras, mil fusiles, mil bombas de mano… (cien veces uno de ellos mostró sus diez dedos). Cuando la lista de petición de material estuvo preparada, uno de los individuos en cuestión se dispuso a estampar su firma, mejor dicho, su pulgar derecho. De repente, sus ojos repararon en un vulgar pisapapeles de bronce fundido. Inquirió con la mirada sobre su utilidad y el Jefe del Departamento, ni corto ni perezoso, lo cogió con su mano derecha y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la cabeza de uno de los vigilantes de la exposición, que cayó al suelo fulminado. Los individuos, sorprendidos y sonrientes, se pasaron media hora indicando con los dedos que querían doscientos mil pisapapeles del modelo aludido.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.756 – La camiseta
Su pasión era el fútbol. Mejor dicho, «su equipo» de fútbol. Era, quizá, el reflejo de una frustración… que se acrecentó cuando «su equipo» perdió el Campeonato… por culpa de su «eterno rival». Al día siguiente, lunes, cuando iba a su casa y cruzaba un descampado, donde jugaban al fútbol unos niños, se topó casualmente con uno de ellos, que enfundaba la camiseta… del equipo rival. Lo llamó cariñosamente. El niño acudió solícito y sonriente. Le preguntó amablemente si la camiseta que vestía era de su equipo favorito. El niño respondió afirmativa y orgullosamente y añadió que también era el equipo de su papá. Entonces, el hombre, de rodillas, mirando fijamente al niño, serio, y con sus brazos colocados en los respectivos y pequeños hombros, en plan «de hombre a hombre», le dijo lentamente: «Dile a tu padre que eres un hijo de p…». El niño parecía no entender. Él insistió. «¿Me entiendes? Dile… a tu.., padre… que eres un hijo de p…». «¿Te acordarás?». El niño se echó a llorar y él se fue apresuradamente para que la gente no pensara otra cosa…