Siempre que podía, Melquiades se daba un paseo por la plaza de Oriente, no para ver el Palacio Real, ni para admirar los tesoros de la Almudena, sino para colarse en las fotos de los turistas. Se detenía con disimulo junto a una pareja posando. O se sumaba como quien no quiere la cosa a un grupo en formación futbolística. O pasaba silbando por detrás de una familia en escala. Luego, en la intimidad de su buhardilla de La Latina, abría el atlas y se imaginaba a sí mismo multiplicado, metido en marcos y álbumes junto a todos aquellos desconocidos, descansando sobre un aparador de Nagoya, o un anaquel de Dortmund, o un escritorio de Staten Island, o una mesa de noche de Monterrey.
Mes: julio 2016
2.999 – Pude salvarme
Esperaba tranquilo en la celda. Aunque me hubieran condenado a muerte, confiaba en que un rasgo de súbita inspiración me ayudaría a salvarme en el último momento.
Llegó la hora y la comitiva abrió la puerta de la celda. -Buenos días -dijo un sujeto con acento convencional-, le deseo -siguió en una ya absoluta metedura de pata que me hizo reír y contagió a todos los presentes. Cuando disminuyó el sonido de las carcajadas, pudo seguir.
-Bueno, bueno. Ha llegado el momento y usted puede formular su último deseo.
-Quiero… -titubeaba con la intención de ganar tiempo-. De pronto tuve un rasgo de súbita inspiración y seguí:
-Quiero mirarme en un espejo de cuerpo entero. Hubo silenciosas y rápidas consultas en el grupo y él me contestó:
-Enseguida.
No tardaron en traer un espejo de grandes dimensiones. Al colocarme ante él, sentí una voz susurrarme con energía: «¡Ahora!». Crucé el espejo con decisión y pude salvarme.
Antonio Fernandez Molina
La huellas del equilibrista. Ed Menoscuarto, 2005
2.998 – Vivienda inhabitable
El tirano Gerión, para mostrar a sus miserables súbditos su desprecio por ellos y la grandeza de su poder, ordenó construir la mayor vivienda inhabitable del mundo, un edificio gigantesco, de ciento trece pisos contrahechos, centenares de escaleras que no conducían sino al vacío, miles de habitaciones desprovistas de suelo y de pasillos que enlazaban paredes sin salida, innumerables ventanas ciegas. Cuando Hércules derrotó a Gerión, en vez de matarlo lo condenó a vivir en aquel lugar inhabitable hasta el final de sus días. Se dice que el tirano enloqueció muy pronto y que acabó suicidándose. Pero también se dice que verse recluido en aquel lugar le hizo considerar lo descomunal de su caprichosa soberbia, y que murió arrepentido. El caso es que, desaparecido el tirano, con el paso de los años las gentes sin hogar fueron desmantelando el edificio para aprovechar sus elementos arquitectónicos, las piedras de los muros, las columnas de los pórticos, los peldaños de las escaleras, los dinteles de las puertas y las ventanas. Así, la vivienda inhabitable suministró material para la construcción de infinidad de modestos cobijos, y cuando la memoria de Gerión y de su tiranía se habían perdido, las mujeres parían al resguardo de las habitaciones levantadas con los restos de aquel edificio infame cuya existencia ya nadie conocía.
José María Merino
Después de Troya. Ed. Menoscuarto – 2015
2.997 – La verdad
Los periódicos dijeron que todo fue por una deuda atrasada, pero no es verdad. La verdad es que iban ya por el quinto aguardiente cuando Jonás mencionó que había estado en Las Rozas y que a la vuelta lo había cogido el atasco en Moncloa. Matías dejó el vaso vacío sobre la barra, hizo un gesto a Virgilio para que lo rellenara y dijo con sorna que a quién se le ocurría venir por ahí.
-¿Y por dónde quieres que venga? -replicó Jonás, irritado.
-Pues por la carretera de Castilla, que pareces bobo.
-Bobo lo parecerá tu madre, perdona.
-O la tuya, no te jode.
-No me busques, Matías, que me encuentras. Matías cogió el vaso lleno y dio un sorbo.
-¡Tonto del culo! -exclamó, y escupió en el suelo. Jonás se fue del bar con el rostro enrojecido. Regresó enseguida, blandiendo la escopeta de caza. A partir de ahí, lo que cuentan los periódicos es cierto.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.996 – Un beso
Beber como quien ha acumulado toda la sed de los desiertos de los que regresa. Saciar con succión profunda el anhelo de cien gargantas abrasadas. Fagocitar al otro sin opción ni remordimiento.
Abrir los ojos, lamer la gota última de quien prestó su boca y morir otra vez de sed.
Lorena Escudero
Negativos. Ed. Torremozas, 2015
2.995 – Maldición urbana
2.994 – Capital de oportunidades
Tijuana siempre ha sido una ciudad llena de oportunidades, piensas mientras bajas del taxi y te diriges a la plaza Santa Cecilia. Ahí se encuentra tu novia. Esperas darle una sorpresa ya que se supone saldrías tarde de trabajar. Llegas al Dragón Rojo y la ves besándose con otro. Pinche vieja güila, repites una y otra vez. Te apresuras a salir y entras al Bar Turístico para decidir qué vas hacer. Te sientas en la barra, pides una cerveza, pagas y enciendes un cigarrillo mientras meditas la situación. De súbito se acerca una linda joven y te dice alegremente, Hola, me llamo Melissa. Sonriendo vuelves a pensar, Tijuana siempre ha sido una ciudad llena de oportunidades.
Alonso Díaz de Anda
2.993 – Nostalgia
La primera luz del sol descorre las cortinas del sueño en la cara de José Santos, quien siente su calor después de una noche demasiado larga. Un bostezo, un estirarse buscando dimensiones desconocidas, un parpadeo, corto, insistente y, nuevamente los ojos cerrados negándose a ver, ¿para qué si todo lo conoce y lo siente, dentro de él mismo, llegar como un torrente después de sentir ese rayo de sol?
La voz de la mañana: los pájaros que en el naranjo cuentan sus sueños antes de partir; el gallo que en el corral reconoce sus dominios mientras la vaca muge ofreciendo sus repletas ubres; las campanas de la parroquia que llaman a misa esparciendo saludos blancos de palomas; las escobas de popote que rascan y rascan el patio y la calle levantando la tierra que ha de ser apaciguada con riegos juguetones…
El olor de la mañana: la tierra mojada, el viento henchido de naranjos y limoneros, el ocote recién encendido, las brasas en la cocina donde ya trajina Adela canturreando mientras pone el agua para el café. Sentir su olor oscuro y encender un cigarro son cosa hecha, así como dar el primer golpe con profundidad para sentir al tabaco llegar a lo más hondo del sentido y despertar plenamente a la voz del humo que va escribiendo sus secretos poco a poco en el aire, subiendo, adelgazándose y desapareciendo sin terminar nunca de decirlo todo y, por fin, dar el primer sorbo de café caliente, amargo, reconfortante, para echar a andar el cuerpo.
—¡Ah! Qué sabroso es amanecer con un cigarro y una taza de café caliente.
Una sacudida, un reacomodarse en el asiento de tercera, el rechinar monótono del tren, y los ojos de José Santos abiertos ya, mirando los paisajes agrestes que lo van acercando al Norte mientras su vacío de años se le va llenando de nostalgia.
Carolina Castro Padilla
2.992 – Las sandías
Mamá dijo que aquel día empezó el sol a quemar desde temprana hora. Ella iba para Juárez. Los soles del Norte son fuertes, los dicen las caras curtidas y quebradas de sus hombres. Una columna de jinetes avanzaba por aquellos llanos. Entre Chihuahua y Juárez no había agua; ellos tenían sed, se fueron acercando a la vía. El tren que viene de México a Juárez carga sandías en Santa Rosalía; el general Villa lo supo y se lo dijo a sus hombres; iban a detenerlo; tenía sed, necesitaban las sandías. Así fue como llegaron hasta la vía y, al grito de ¡Viva Villa!, detuvieron los convoyes. Villa les gritó a sus muchachos: “Bajen hasta la última sandilla, y que se vaya el tren”. Todo el pasaje se quedó sorprendido al saber que aquellos hombres no querían otra cosa.
La marcha siguió, yo creo que la cola del tren, con sus pequeños balanceos, se hizo un punto en el desierto. Los villistas se quedarían muy contentos, cada uno abrazaba su sandía.
Nellie Campobello
2.991 – Carpe diem
En mi primer viaje en avión intercambié sin querer mi maleta con la de otro pasajero, y no me di cuenta hasta que llegué al hotel. Como soy pragmático, amoldé mis vacaciones al tipo de equipaje que me tocó.
En otra ocasión, estando en un parque, me llevé por error un cochecito con un niño dentro que no era el mío. Como soy hombre de costumbres fijas, cuando volví a casa lo bañé, le di de comer y lo dejé en la cuna.
De igual modo, le he dicho te quiero muchas veces a la mujer equivocada, pero esa es otra historia…
Tengo que añadir que, después de todo, también soy una persona optimista, y ahora que estoy cayendo por este precipicio en un coche que no es el mío, no me preocupo. Seguro que esta confusión será la última.
