2.979 – Aviso

salvador elizondo  La isla prodigiosa surgió en el horizonte como una crátera colmada de lirios y de rosas. Hacia el mediodía comencé a escuchar las notas inquietantes de aquel canto mágico.
Había desoído los prudentes consejos de la diosa y deseaba con toda mi alma descender allí. No sellé con panal los laberintos de mis orejas ni dejé que mis esforzados compañeros me amarraran al mástil.
Hice virar hacia la isla y pronto pude distinguir sus voces con toda claridad. No decían nada; solamente cantaban. Sus cuerpos relucientes se nos mostraban como una presa magnífica.
Entonces decidí saltar sobre la borda y nadar hasta la playa.
Y yo, oh dioses, que he bajado a las cavernas de Hades y que he cruzado el campo de asfodelos dos veces, me vi deparado a este destino de un viaje lleno de peligros.
Cuando desperté en brazos de aquellos seres que el deseo había hecho aparecer tantas veces de este lado de mis párpados durante las largas vigías del asedio, era presa del más agudo espanto. Lancé un grito afilado como una jabalina.
Oh dioses, yo que iba dispuesto a naufragar en un jardín de delicias, cambié libertad y patria por el prestigio de la isla infame y legendaria.
Sabedlo, navegantes: el canto de las sirenas es estúpido y monótono, su conversación aburrida e incesante; sus cuerpos están cubiertos de escamas, erizados de algas y sargazo. Su carne huele a pescado.

Salvador Elizondo
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

2.978 – Cuando Elisa pidió…

julia otxoa_2  Cuando Elisa pidió a su esposo, el día del aniversario de su boda, la opinión sobre aquellos quince años pasados juntos, a Juan le fue totalmente imposible volver de aquel lejanísimo tiempo en que preguntas como aquélla hubieran podido tener algún sentido. De aquel lugar casi prehistórico en su memoria, en que constató y asumió como una calamidad más en su vida, que vivía y que probablemente viviría por el resto de sus días, con una perfecta extraña. Elisa miraba a Juan volviéndose a medias desde el fregadero. Era obvio que esperaba una respuesta. Él, venciendo un súbito e intenso ataque de terror, se levantó precipitadamente de la mesa en que comía, alegando haberse olvidado unas carpetas dentro del coche. Cuando Juan volvió, Elisa ya no recordaba en absoluto que hacía unos pocos minutos era una esposa junto a un fregadero, esperando una respuesta.

Julia Otxoa
En Kískili-Káskala. Incluido en Por favor, sea breve

2.977 – Encuentros, desencuentros

Rogelio Guedea  Me sucedió mientras leía un libro de Walter Benjamin en el aeropuerto de Berlín. Al levantar la mirada de aquellas páginas tan hondas, me di cuenta de que había olvidado si acababa de llegar o estaba a punto de partir. Quise reflexionar por un instante, pero fue inútil. Las personas entraban y salían, llegaban y se retiraban. Una mujer me sonrió justo en el momento de mi desacierto. Esa mujer se parecía a mi país pero tal vez no era mi país. Estaba solo, con el equipaje recargado en mis piernas. Me abandoné a la desmemoria, me inmiscuí en sus pasillos de sombra. ¿Alguien podría darle ahora un calendario y una habitación propia a aquella sensación única? Encuentros, desencuentros, eso fue todo lo que empezó a significar la vida para mí.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto,2010

2.976 – Crónica del 2080

Queta Navagomez  Dio cuerda a diminutos murciélagos que revolotearon en la reducida cocina de su departamento en condominio, y los contempló arrobada. Cuando los animalillos cayeron al suelo, despertó del sueño. Introdujo la poción mágica en el horno de microondas, aventó al sofá su negro gato de peluche mientras maldecía el reglamento que prohibía los animales domésticos, se colocó la máscara antigases, y en su flamante aspiradora salió a dar su acostumbrado paseo por la ciudad, en esa hermosa noche de luna llena.

Queta Navagómez

2.973 – De parranda

Alexandr Zchymczyk  Luego de su célebre victoria en Troya, Ulises se sintió con todo el derecho de tomar unas largas vacaciones, así que zarpó junto con su tripulación dispuesto a recorrer los siete mares. Pasó diez años celebrando magníficas veladas y gloriosas bacanales. Hasta que un día, sin darse cuenta, desembarcó en Ítaca, su isla natal. La Odisea es sólo una excusa presentada para calmar a la furibunda Penélope.

Alexandr Zchymczyk

2.977 – Déjà vú: tú y yo ya nos hemos olvidado antes.

luisa-Maria-martin-alonso  La volvió a ver después de demasiado tiempo. Ya eran como desconocidos, nada que ver con lo que eran en un principio. Se volvió a fijar en ella (imposible no hacerlo). Siempre le había llamado la atención su perfecta sonrisa, pero a él no le engañaba como a los demás, veía a kilómetros sus ojos oscuros, de mirada triste. Iba caminando sola, con su melena suelta, la que tantas mañanas había acariciado él al despertarse. Se dio cuenta de que él la miraba y empezó a jugar con un mechón de pelo para distraerse. De repente, los recuerdos empezaron a inundarla.  Recordó quién era él y los momentos que habían pasado juntos se le vinieron encima. Recordó lo mucho que le había echado de menos y empezó a lloverle por dentro, aunque no notó mucho el cambio, ya tenía el alma congelada desde que él se había ido. ¿Qué hacía él ahí? Porque estaba segura de que no venía a por ella. Él se preguntaba lo mismo, no sabía por qué razón había vuelto allí, sabiendo que se la iba a encontrar. Supuso que la echaba de menos, pero su orgullo no le permitía aceptarlo. Ella se le acercó y le dijo,»Hola, he notado que me mirabas.»
Él solo pudo afirmar con la cabeza. Ella había aprendido bien eso de ser una hija de puta, lo había aprendido de él, y para hacerle más daño le dijo, «¿Te conozco? Me suena tu cara.» Él se quedó frío, se esperaba cualquier cosa menos eso. «Ah sí, a ti ya te he olvidado antes.» Dijo ella. «Bueno, espero que no te importe que no me acuerde de ti, me centro en las cosas importantes, lo siento. Ten un buen día.» Le sonrió y se dio la vuelta para irse. Él se sintió morir, no se imaginaba que ella hubiera podido olvidarle tan rápidamente cuando aún se acostaba cada noche pensando en ella. Lo único que le consolaba era saber que su sonrisa era forzada, y que sus ojos seguían con la mirada triste desde que él no estaba. El orgullo les había ganado esa batalla.

María Martín Alonso

2.971 – Zona de descarga

manuel moya  Durante el día se dedicaba a desenredar minuciosamente la madeja de su cabeza y a veces encontraba versos y otras escapaban liebres por entre unos cabos tan trabajosamente liberados, que a ella le parecían, de tan intrincados, matorrales. Por la noche -¿pero con qué oscuro propósito?- la madeja volvía a enredarse, las liebres copulaban a sus anchas bajo los matorrales y ella se sentía, ignoraba por qué, atrozmente liberada.

Manuel Moya

2.970 – Siempre

ana vidal  ¿Qué significa siempre, cuánto dura? Siempre fue el instante en que dijiste que me querías; hasta siempre, el momento en que te marchaste, porque aquello no podía ser, porque no te venía bien. Y yo que te querría siempre, pero tú nunca volvías, ni siquiera cuando aquel chico del barrio me sonrió, habló conmigo, me pidió el teléfono y lo apuntó en su agenda –y no en un papel, como hiciste tú-. Entonces pensé que siempre significaba otra cosa, que a veces no entendemos las palabras cuando las decimos.
Allá voy, a mi primera cita con otro, con el vestido que siempre me decías que te gustaba tanto, que me quedaba tan bien, y veo a dos enamorados en un café, las manos entrelazadas, y un anillo de para siempre. Y otra vez, como siempre, pienso en ti.

Ana Vidal
Érase de una vez, editorial Enkuadres