2.969 – Toco tu boca…

Julio Cortazar  Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Julio Cortázar
Rayuela

2.967 – ¡La peor experiencia de mi vida!

armando_jose_sequera  Tras ganar el premio Nobel y recibir las felicitaciones del rey de Suecia, me entregaron el cheque que me permitiría llegar a mi oficina y decirle a mi jefe que esperaba que, a partir de aquel día, se pudriera en el infierno, pero el estruendo de los aplausos me despertó.

Armando José Sequera
Velas al viento. Los microrelatos de la Nave de los Locos. Ed cuadernos del vigía. 2010

2.966 – Agujero negro

jose maria merino 3  El hombre pasea por la playa solitaria y encuentra, depositada en la orilla por las olas, una botella de cristal negro, con una señal muy extraña impresa en su tapón. Mientras lo desenrosca, el hombre piensa en sus lecturas de niño: el genio cautivo, los mensajes de náufragos. Abierta, la botella inicia una violentísima inhalación que aspira todo lo que la rodea, el hombre, la playa, las montañas, los pueblos, el mar, los veleros, las islas, el cielo, las nubes, el planeta, el sistema solar, la Vía Láctea, las galaxias. En pocos instantes, el universo entero ha quedado encerrado dentro de la botella. El movimiento ha sido tan brusco que se me ha caído la pluma de la mano y han quedado descolocados todos mis papeles. Recupero la pluma, ordeno los folios, empiezo a escribir otra vez la historia del hombre que pasea por la playa solitaria.

José María Merino
La glorieta de los fugitivos. Incluido en Antología del microrrelato español (1906-2011).

2.965 – Pereira conoce a su asesino

carlos iturra  El señor Pereira conoció a su asesino en un banco de la plaza de armas. Atardecía, era verano, y el chico reposaba lánguidamente, echado hacia atrás, cuando él lo descubrió; cuando él, por esas tretas del destino, lo eligió. No era tan chico después de todo, porque iría camino de los treinta. Parecía obrero, pese a cierta arrogancia de su actitud, como la de quien sabe que vale; el gesto de su boca era el de alguien convencido de merecer en la vida un puesto mucho más cómodo que el de obrero. Pereira dio aún otra vuelta antes de decidir que no podía menos que sentársele al lado: era una versión casi gloriosa del trabajador promedio en estado puro, la quintaesencia del hombre de pueblo común y corriente, algo que él estimaba de sumo interés, aunque quizá nadie más en esa plaza viera tales virtudes en el sudoroso y tostado ejemplar. Se llamaba Gerardo, había llegado del sur un año antes, vivía con parientes en las afueras de Santiago, trabajaba reponiendo mercaderías en los estantes de un supermercado… Y tenía más de treinta, pero se negó a precisar, riendo. Pereira, que podía ser su padre, pues tenía sesenta y ocho, tampoco quiso confesar la edad cuando le tocó el turno de las respuestas: vivía solo, sí, a un par de cuadras de ahí, era dentista y estaba retirado, se había divorciado hacía décadas, sus dos hijas vivían en Buenos Aires… «¿Por qué no seguimos conversando en tu casa, mejor?», preguntó por último Gerardo, repentinamente inquieto, «no me gusta que nos vean aquí…» ». «Posupuesto, vámonos. Te abro una botella de whisky envejecido que me llegó». Se internaron en el anonimato de la muchedumbre y, aunque anochecía, los dos opinaron que la temperatura estaba lejos de bajar.

Carlos Iturra

2.964 – Yo siempre conmigo

Raul_brasca  Me abandoné a la placidez del sueño y, cuando regresé a la vigilia, me vi empapado y temblando de miedo. Me perdí detrás de una mujer y, cuando me di cuenta, estaba desnudo y sin un centavo. Me dejé flotar en el vaivén de las olas y, cuando volví en mí, me hacían respiración artificial.
Definitivamente, no puedo dejarme solo.

Raúl Brasca
Ciempies. Los microrelatos de Quimera. Montesinos 2005

2.963 – La incursión

victor_garcia_anton  Anoche, las bandas juveniles hicieron una nueva incursión en nuestro barrio. Entraron en la escuela, en la torre del campanario, en las casas en ruinas del otro lado de la explanada. Unos vecinos les oyeron merodear junto a las placas solares.
Como no obtuvieron nada de valor, lo destrozaron todo.
La autoridad ha venido esta mañana siguiendo el rastro de las bandas juveniles. Ha peinado el barrio puerta por puerta para ver si escondíamos a alguno de ellos en nuestras casas. Ha interrogado a nuestros hijos. Nos ha hecho salir a la calle para realizar los registros.
Como no ha conseguido lo que buscaba, lo ha destrozado todo.

Victor García Antón
Volanderas. Ed. Tres rosas amarillas. 2014

2.962 – Las minutas

juan pedro aparicio2  Era notario en Madrid y quiso conocer el Amazonas con su familia, compuesta de mujer y dos hijos. La agencia de viajes le proporcionó todo, incluso una noche en la selva, en una cabaña india. Las cosas no fueron bien. Una boa enorme se coló en la cabaña y los devoró mientras dormían. A la mañana siguiente la boa apareció a unos metros del campamento hinchada y aletargada. Le abrieron la barriga y sacaron los cadáveres intactos. El notario tenía en la mano unos papeles. Antes de morir le había dado tiempo a redactar cuatro certificados de defunción con sus minutas de honorarios correspondientes, doscientos veinticinco euros por cada uno.

Juán Pedro Aparicio
Ciempies. Los microrelatos de Quimera. Montesinos 2005

2.961 – Triángulo amoroso

ana maria shua 3_b  A ama a B que ama a C. Como se observa a simple vista, B está embarazada. Determine el sexo de A y C y enumere todas las combinaciones posibles en cuanto a las preferencias sexuales en los vértices del triángulo ABC, considerando que no hace falta amor para provocar un embarazo y que hay en el alfabeto tantas otras letras, en el universo, tantos dispares alfabetos.

Ana María Shua
Ciempies. Los microrelatos de Quimera. Montesinos 2005

2.960 – Cotidiano

Hugo Lopez Araiza Bravo  Aquel día se despertó invisible. No se alarmó. Se vistió, bebió una taza de café y tomó el metro hacia la Secretaría. Pasó la jornada enterrado en trámites ajenos. Volvió a casa cuando todos dormían. A la mañana siguiente, se despertó visible. Todo transcurrió exactamente igual.

Hugo López Araiza Bravo
http://1antologiademinificcion.blogspot.com.es/2011/04/hugo-lopez-araiza-bravo.html