2.787 – (Re)creación

Manu Espada (1)  Lo más difícil fue dar con el código genético del arcángel, pero al fin, el proceso de copia había terminado. Estaban todos. Para que el experimento fuera un éxito debían sentirse como en casa. Camufló el suelo del laboratorio con musgo y ríos de papel de plata, cubrió las paredes con casas de plástico, construyó molinos de cartón piedra, colocó bombillas de colores en pozos y corrales y cambió su bata blanca por un disfraz de pastorcillo. Enseñó su salvoconducto a los soldados romanos que había multiplicado mediante mitosis. Corrió por el camino de serrín hasta que llegó a la cola de los pastores. Junto a la incubadora, oculta por la paja, dormían plácidamente los clones de la mula y el buey. Esperó detrás del duplicado de los reyes magos, y cuando llegó su turno, ofreció una oveja al niño. —¿Cómo se llama el animalito? —preguntó la madre del bebé ante la absorta mirada de su esposo.—Dolly —respondió orgulloso. Al séptimo día de su extraordinaria creación, el científico descansó. Desaparecería para siempre de sus vidas. Los observaría desde el otro lado de la mampara.

Manu Espada
Publicado en la revista Quimera (nº368-369)

2.784 – El asaltante

jose_antonio_ayala  Regresaba a su casa algo tarde, en las primeras horas de la madrugada. La ciudad aparecía silenciosa y solitaria. Cerca de su domicilio se cruzó con aquel hombre, de no mala apariencia. Este, pareció de pronto escudriñar atentamente toda la calle a sus espaldas, se le acercó y le dijo casi en un susurro:
-¡Cuidado! Hay alguien que le sigue a usted. Y tiene mala catadura… Por favor, no vuelva el rostro.
El otro no supo qué decir, o mejor balbuceó algo atemorizado que esperaba llegar a su casa a salvo, ya que no estaba muy lejos de ella.
-Si está tan cerca le acompaño -se ofreció su interlocutor-, con dos personas no se atreverá a un asalto.
Así lo hicieron, y cuando llegaron a la casa del primero, éste, por una elemental cortesía, le invitó a subir a su casa y a tomar una copa.
Una vez en el piso, el visitante sacó una navaja de grandes dimensiones y conminó al propietario a entregarle el dinero y las joyas que tenía. Al despedirse exclamó:
-Lo siento, pero no me gusta robar en plena calle, donde siempre puede acudir alguien o alertar a los vecinos con algún grito.

José Antonio Ayala
Chispas (101 microcuentos). 2005

2.783 – El incendio

Ana_MariaMatute  El niño cogió los lápices color naranja, el lápiz largo amarillo y aquél por una punta azul y la otra rojo. Fue con ellos a la esquina, y se tendió en el suelo. La esquina era blanca, a veces la mitad negra, la mitad verde. Era la esquina de la casa, y todos los sábados la encalaban. El niño tenía los ojos irritados de tanto blanco, de tanto sol cortando su mirada con filos de cuchillo. Los lápices del niño eran naranja, rojo, amarillo y azul. El niño prendió fuego a la esquina con sus colores. Sus lápices -sobre todo aquél de color amarillo, tan largo- se prendieron de los postigos y las contraventanas, verdes, y todo crujía, brillaba, se trenzaba. Se desmigó sobre su cabeza, en una hermosa lluvia de ceniza, que le abrasó.

Ana María Matute
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005

2.782 – La humildad premiada

julio torri  En una Universidad poco renombrada había un profesor pequeño de cuerpo, rubicundo, tartamudo, que como carecía por completo de ideas propias era muy estimado en sociedad y tenía ante sí brillante porvenir en la crítica literaria.
Lo que leía en los libros lo ofrecía trasnochado a sus discípulos en la mañana siguiente. Tan inaudita facultad de repetir con exactitud constituía la desesperación de los más consumados constructores de máquinas parlantes.
Y así transcurrieron largos años hasta que un día, a fuerza de repetir ideas ajenas, nuestro profesor tuvo una propia, una pequeña idea propia reluciente y bella como un pececito rojo tras el irisado cristal de una pecera.

Julio Torri
Por favor, sea breve. Ed, Páginas de espuma 2001

2.781 – Cortísimo metraje

julio_cortazarqw  Automovilista en vacaciones recorre las montañas del centro de Francia, se aburre lejos de la ciudad y de la vida nocturna. Muchacha le hace el gesto usual del auto-stop, tímidamente pregunta si dirección Beaune o Tournus. En la carretera unas palabras, hermoso perfil moreno que pocas veces pleno rostro, lacónicamente a las preguntas del que ahora, mirando los muslos desnudos contra el asiento rojo. Al término de un viraje el auto sale de la carretera y se pierde en lo más espeso. De reojo sintiendo como cruza las manos sobre la minifalda mientras el terror poco a poco. Bajo los árboles una profunda gruta vegetal donde se podrá, salta del auto, la otra portezuela y brutalmente por los hombros. La muchacha lo mira como si no, se deja bajar del auto sabiendo que en la soledad del bosque. Cuando la mano por la cintura para arrastrarla entre los árboles, pistola del bolso y a la sien. Después billetera, verifica bien llena, de paso roba el auto que abandonará algunos kilómetros más lejos sin dejar la menor impresión digital porque en ese oficio no hay que descuidarse.

Julio Cortazar
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005

2.780 – La princesa destronada. Foto 1*

pilar galan 65  José María, mi hermano pequeño, y yo nos llevamos tres años. Hasta que él llegó, fui la niña, luego pasé a ser la cuarta de cinco, que no significaba nada importante, al menos no tanto como el reinado del que había disfrutado hasta entonces.
El pequeño era rubio, de ojos azules, muy bueno. Parecía un ángel en todos los retratos de familia.
Como puede verse, yo ya tenía el pelo oscuro y rebelde (esas coletas que tiraban tanto), el aspecto de chicazo (obsérvense las rodilleras y la puntera de los zapatos) y el gesto obstinado de quien no quiere hacerse fotografías nunca. Aún conservo esos rasgos, un poco suavizados por el tinte vegetal y las buenas maneras. Probablemente estaba enfadada con mi hermano, como siempre. A nadie le gustó nunca la expulsión del paraíso. Con el tiempo entendí que la infancia es el único paraíso posible, que resulta mucho mejor si es compartido, y que si mi reinado había sido breve, peor suerte tuvo Inma, con la que me llevo solo un año. Y peor, Carmen, la mayor, y luego Alfonso.
Siempre he pensado que se escribe para recuperar al menos parte de esa felicidad tan simple, pero hasta ahora solo he podido salvar los ojos semicerrados, el pelo rebelde, la poca naturalidad con la que poso, y un amor enorme por el niño que gatea detrás de mí, probablemente huyendo.
Aún no era consciente del bien que me había hecho al convertirme en plebeya.

Pilar Galán
Paraiso posible. De la Luna Libros. 2012

*Para el Iku