Ventana sobre una mujer /2

eduardo galeano34La otra llave no gira en la puerta de la calle.
La otra voz, cómica, desafinada, no canta desde la ducha. En el baño no hay huellas de otros pies mojados. Ningún olor caliente viene de la cocina.
Una manzana a medio comer, marcada por otros dientes, empieza a pudrirse sobre la mesa.
Un cigarrillo a medio fumar, muerto gusano de ceniza, tiñe el borde del cenicero.
Pienso que debería afeitarme. Pienso que debería vestirme. Pienso que debería.
Llueve agua sucia dentro de mí.
Eduardo Galeano

Me muerden los relojes

angel guache2Me muerden los relojes. Lucho contra ellos con los pinceles, con un libro… Les atizo con la escoba, con una sartén, con un jamón de pata blanca… Los persigo con un cazamariposas, les lanzo flechas, los trato de insertar en un pincho moruno. Me muerden los relojes. Me pongo una armadura, me visto de buzo y bajo al fondo del mar. Me muerden los relojes. Son animales invencibles. Su tictac es cada vez más rápido, más ensordecedor. Han ganado la batalla a algunos de los seres que más amé. Nada puedo hacer contra ellos. Me muerden los relojes, me clavan sus afilados dientes, me tragan, me devoran.

Ángel Guache

Acto de amor

JuanSabiaSe miro en el espejo, desnudo. Le dolió la juventud que reflejaban sus diecisiete años: ella era mucho mayor. Estaba decidido. Tomo los anteojos del abuelo y se los puso. Al principio, vio su imagen difusa pero, lentamente, fue graduando la vista hasta que pudo distinguirse con precisión a través de los cristales. Ya había dado el primer paso. Con alegría y paciencia, convirtió cada cabello en una cana. Después, se concentró en la cara: marcar algunos surcos en la frente, lograr varias arrugas, desteñir un poco el color de los ojos para que fuesen como los de ella. La piel comenzó a tensarse por el crecimiento) de la barba. blanca y dura. Entonces abrió la boca, eligió algunos dientes y los escupió. Estaba agotado. Se infundió nuevas energías pensando apenas un instante en ella y se dispuso a seguir. Aflojó los músculos de los brazos y de las piernas y, una vez modelada la curva de la espalda, se dedicó a redondear un poco en vientre. Se impuso el fracaso de su sexo: estaba seguro de que con ella compartiría cosas mejores. Respiró profundamente mientras recorría. conforme, su cuerpo con la vista. El aspecto ya estaba logrado. Ahora faltaba lo mas difícil. ¿Cómo fabricar recuerdos de cosas que nunca había vivido? Una idea lo hizo sonreír: era viejo y muchos viejos no tenían memoria. Se apuró a concluir la tarea. Poco a poco, su mente se fue poblando de lugares oscuros, impenetrables. De pronto, la mirada de un viejo que sonreía, su propia mirada, lo distrajo. Examinó su reflejo como si lo descubriera por primera vez, sin entender. Le pareció recordar que él mismo se había construido esa imagen. Lástima que ya no supiera para qué lo había hecho.

Juan Sabia

Tq 1webo

pilar galan5Había asumido más mal que bien que su chico (como se decía ahora, por muy ridículo que a ella le resultara) no iba a sorprenderla nunca con unos Louboutin, o unos Manolo Blahnik, recién salidos de Sexo en Nueva York o de Cosmopolitan, y había acabado por reconocer ante los gestos adustos de sus amigas, que su chico no iba a pagar jamás la cena, ni las copas, y que por muy bien que guisara, y por muy a gusto que se estuviera una en casa cenando de tupper, los placeres gastronómicos de comer fuera de casa estaban cada vez más lejos a no ser que ella asumiera todos los gastos. Y una noche de confesiones con sus compañeros de trabajo, hombres estables, casados hace mucho, con hijos, que le habían ido tirando los tejos año tras año con la costumbre sin esperanza de las cenas de empresa, terminó por aceptar que todos los viajes tendría que organizarlos ella, e incluso conducir, y hasta hacer las maletas si no quería encontrarse en Groenlandia con dos pareos y un bikini. Pero lo que terminó con su relación no fue nada de lo anterior, ni siquiera las miradas ni los gestos ni los comentarios despectivos de todo su círculo. Bien es cierto que ella no había esperado nunca de ninguno de los hombres que había conocido una declaración de amor en toda regla, y que dejaba para sus lecturas íntimas a Garcilaso y Quevedo, pero lo que no pudo soportar de ninguna manera fue ser despertada en mitad de la noche por un verso que parpadeaba en la pantalla del móvil, y que hubiera tenido su aquel, si ella lo hubiera entendido, o no hubiera tenido que ponerse las gafas de cerca para leer esa canción de amor desesperada que su chico le enviaba vete tú a saber desde qué garitos nemorosos, colinas plateadas, grises alcores o cárdenas roquedas, el silbo de los botellones sonorosos que centelleaba en el verso heptasílabo tq 1webo, tía, vocativo incluido.

Pilar Galán

Atlas…

EnriqueAndersonImbert3Atlas estaba sentado, con las piernas bien abiertas, cargando el mundo sobre los hombros. Hiperión le preguntó:
    -Supongo, Atlas, que te pesará más cada vez que cae un aerolito y se clava en la tierra.
    -Exactamente -contesto Atlas-. Y, por el contrario, a veces me siento aliviado cuando un pájaro levanta el vuelo.
Enrique Anderson Imbert

Las ciudades y los cambios

italo calvinoA ochenta millas de proa al viento rnaestral el hombre llega a la ciudad de Eufamia. donde los mercaderes de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana que acaba de descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus enjalmas para la vuelta con rollos de muselina dorada. Pero lo que impulsa a remontar ríos y atravesar desiertos para venir hasta aquí no es sólo el trueque de mercancías que encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del imperio del Gran Kan, desparramadas a tus pies en las mismas esteras amarillas, a la sombra de los mismos toldos espantamoscas, ofrecidas con las mismas engañosas rebajas de precio. No sólo a vender y a comprar se viene a Eufamia sino también porque de noche junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice -como «lobo», «hermana», «tesoro escondido», «batalla», «sarna», «amantes»- los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de batallas. Y tú sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a evocar todos los recuerdos propios uno por uno, tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al regresar de Eufamia, la ciudad donde se cambia la memoria en cada solsticio y en cada equinoccio.

Italo Calvino

Oto de Aquisgrán

JULIA OTXOACuentan que el emperador Oto de Aquisgrán era tan sumamente perfeccionista, que acometiéndole una vez un ataque agudo de melancolía profundísima, y decidiendo en medio de tristes delirios acabar con su vida, tuvo tan extremado cuidado en dejar bien acabados y atados los asuntos de la Corte, que antes de suicidarse, pasó años y años despachando con sus consejeros, firmando tratados, y recibiendo en mil audiencias. Hasta el punto de que al fin todo en orden, el pobre emperador Oto, ya muy anciano y enfermo desde su lecho de muerte, no recordaba realmente el extraño motivo que le había tenido toda su vida sumido en aquel delirante y frenético ritmo de trabajo, no conocido jamás en ninguna corte imperial.

Julia Otxoa

El chal al viento

diegogolombek2La dama aún conservaba cierta belleza y, sobre todo, los movimientos y la presencia que hacían que todos se volvieran para mirarla. Sus ojos hacían que su cuerpo no tuviera límites; allí donde sus manos o sus pasos no alcanzaban, llegaba su mirada penetrante.
Mientras paseaba por la orilla del mar, decidió poner a prueba su seducción que esperaba mantener intacta a pesar de los años. Eligió a un joven mecánico que lustraba con vanidad un Bugatti reluciente.
-¿Me lleva a pasear? -preguntó, coqueta. El muchacho sonrió y le ofreció su brazo para subir al coche.
-Usted me recuerda a uno de mis hijos -dijo la dama mientras se instalaba en el asiento del acompañante.
-Pero usted no es tan vieja, señora -intentó una gentileza el mecánico.
-Isadora. Me llamo Isadora -contestó la dama con una sonrisa, mientras se acomodaba el largo chal rojo para que lo llevara el viento.

Diego Golombek