Me desperté recién afeitado.
Andrés Neuman
Me desperté recién afeitado.
Andrés Neuman
Dejó de fumar, pero reincidió, porque le seguían por la casa los ceniceros hambrientos.
Ramón Gómez de la Serna
Mis miedos y yo tenemos apalabrado cierto contrato. Como de no agresión.
Riki Blanco
Despertó cansado, como todos los días. Se sentía como si un tren le hubiese pasado por encima. Abrió un ojo y no vio nada. Abrió el otro y vio las vías.
Una vez un vecino pidió a Yoha que le prestase su burro, pero Yoha le contestó:
De camino al mercado, la lechera sólo pensaba en las ganas que tenía de beber la fresquísima leche del cántaro. Pero logró resistirse, y al llegar le dieron una suma exorbitante por la mercancía. Ello hizo que, en adelante, no soñara lo que habría soñado si el cántaro se hubiera roto.
Irene Brea
Un digno burdel europeo del siglo XIX debía tener una gorda, una flaca, una judía, una negra. La judía podía ser también la flaca, pero la gorda no.
Ana María Shua
Una mañana nos regalaron un conejo de indias.
En el principio fue el sustantivo. No había verbos. Nadie decía: «Voy a la casa». Decía simplemente:«casa» y la casa venía hacia él. Nadie decía «te amo». Decía simplemente «amor» y uno simplemente amaba.
Llegó el día en que se acabaron las palabras. No fue de repente: el vocabulario fue disminuyendo poco a poco, y la gente se quedaba con la boca abierta sin saber cómo nombrar una cosa o llamar a alguien. Hacia el final, sólo quedaban los gestos.
Sin embargo, existía la sensación de que aún había una palabra. Una sola palabra que todos tenían en la punta de la lengua pero nadie se atrevía a pronunciar por no gastarla y quedarse sin nada. Un día un chico que estaba jugando en la calle pensó en esa palabra y la dijo. Fue como si el mundo se paralizara por completo: la última palabra había sido dicha. La gente que la oyó descubrió que no era la misma palabra que cada uno de ellos tenía en la cabeza, y el mundo se llenó nuevamente de palabras nuevas, dichas de a una y que se perdieron en el viento para siempre.
Diego Golombek