Coitus interruptus

DelfinBeccarEstelita yace en la cama, su piel dorada bajo el sol de La Habana se realza en el contraste que genera con la pureza blanca del hilo egipcio de las sábanas. La ninfa inconstante no oculta su cuerpo bajo ninguna prenda, está allí, entregada, esperando sin ningún temor a que su piel sienta por primera vez el roce de un cuerpo masculino.
El hombre casado que dice escribir críticas de cine para el periódico Carteles la observa despacio y absorbe cada centímetro del cuerpo de esa mujer-niña que está recostada en su cama. No tiene prisa, a pesar de tener los nervios a flor de piel. Se acerca hasta su presa que hace apenas unos días conoció por casualidad en el malecón. Extiende su brazo hacia ese pubis sin bello que lo extasía…
Pero el tren se sacude y un hombre me golpea, el libro se suelta de mis manos temblorosas abierto en la página crucial en donde está por desatarse un nuevo capítulo en la historia de estos personajes. Otro hombre pasa apurado y con sus botas mojadas pisa el papel de la página 72. La hoja se desprende y parte pegada bajo el pie de aquel inoportuno.
Recojo el libro con la esperanza de que la hoja robada no sea esa… “los cuerpos extenuados descansan en la penumbra, aquel encuentro único y mágico ha cambiado el desenlace de más de una vida, Stella con los ojos cerrados sonríe tranquila, el crítico juega con las volutas de su cigarro hundido en el sopor de aquella tarde en la Habana”.

Delfín Beccar Varela

Lástima, bandoneón.

pedro-orgambideQue nadie me llore, no lo merezco. Yo ya hice lo mío. Si estoy aquí, en el hospital Tornú, hecho una piltrafa, es que soy hombre de la noche, ¿qué va a hacer? Músico, señor. O al menos, así dicen. No me quejo. Lo que viví, viví… ¿quién me quita lo bailado? Yo fui uno de los treinta bandoneones de la Gran Orquesta Típica del maestro Francisco Canaro y anduve por todas partes, señor, por los bailongos más distinguidos. ¿Qué me dice? No es por darme corte, pero frecuenté milongas y salones de clubes con veladas danzantes y los cines de moda de los años treinta. Conocí gente, señor. Y anduve de gira por todos lados. Conocí el mundo. No me quejo. Si estoy así, forfai, es por mi culpa: le di al trago y al faso y a las minas. A la única que extraño es a la Pirucha, créame. Buena mujer, una santa. Y linda como una flor, una mariposa, una serpentina de carnaval. Era un cascabel, siempre riéndose. Pero se agarró un frío v no se cuidó y se murió de una pulmonía doble. Antes de piantarse para el otro mundo, me dijo: «Ñato, cuando me vaya quiero que toques un tango en el bandoneón. Te voy a oír desde el cielo». Pobrecita, no le cumplí. ¿Y sabe por qué? Porque de los treinta bandoneones de la Gran Orquesta Típica, sólo diez tocaban de verdad. Los demás eran de grupo.
Nosotros hacíamos la pantomima, revoleábamos los ojos o los entrecerrábamos como si tocáramos con sentimiento. Pero era mentira, señor, espejismo para engañar a los giles. Y Dios me castigó, digo, porque yo no pude tocar ese tango para la Pirucha y a mí se me pincharon los fueyes, que rezongan como ese pobre instrumento sin música. Lástima, bandoneón.
Pedro Orgambide

La verdad acerca de Julieta

sandro centurion2Romeo yacía muerto en la tenebrosa cripta, asesinado por su propia mano, por su propio puñal. Todo había terminado. El corazón de los capuletos había recibido una puñalada certera. Cuando Julieta despertó de su fingida muerte observó el cuerpo sangrante de Romeo y supo que su plan había sido un éxito. Luego, esquivó el cadáver con desdén y abandonó la cripta. Afuera la esperaba un joven inglés, de apellido Shakespeare, con quien pronto se casaría. Mientras tanto, en la bulliciosa Verona la vida y el amor corrían por las calles como la moneda más corriente.

Sandro Centurión

Mascota

patricia esteban2Tras la muerte de mi viejo perro me dio por ir a la pajarería y comprar un dinosaurio. Verde. Horroroso. Enorme. Cuando la chica de la tienda lo sacó de la jaula ya le tenía un poco de miedo, pero aun así pagué por ser su esclavo. Todavía crecerá bastante, me dijo la dependienta, mirándome con algo de lástima al devolverme el cambio. Pensé que con el tiempo me acostumbraría a su cara de ginecóloga sádica y al cráter de escamas y excrementos que sembraba entre mis sábanas cada noche. Pero con todo, lo peor de nuestra convivencia no era tener que dormir en el sofá o salir a la calle en busca de animales perdidos que calmaran su milenaria falta de escrúpulos. Lo peor era levantarse por la mañana, asomarse de puntillas al dormitorio y comprobar que, por desgracia, él seguía estando allí.

Patricia Esteban Erlés

Carta con un sueño

harold kremerQuerida Olga:
Sé que te extrañará esta carta y todo lo que te voy a contar. Sé que llevo quince años contigo, que eres buena mujer, que te quiero, que… vivimos momentos buenos y malos y que nunca hemos estado mejor. Tenemos un buen apartamento, yo tengo trabajo, los niños son una maravilla y entre tú y yo todo es armonía.

Pero hoy me senté en la terraza a contemplar el atardecer. Bebía de mi cerveza y sonreía del espectáculo. El roble de la avenida se veía imponente, el parque bullía de niños, los cometas se hinchaban en el aire y los pájaros buscaban los nidos entre los árboles.

De pronto todo eso me disparó una imagen que nunca te conté: de niño soñaba con ser un cometa o un pájaro. No te lo conté porque es algo ridículo: los niños siempre quieren ser astronautas, bomberos o policías. Yo quería volar, pero no dentro de un avión o como astronauta. No. Yo mismo quería ser el pájaro o el cometa. Y en ese instante empezaron a pasar las golondrinas. Millares y millares. Algo me impulsó a la azotea y allí supe que podía ir tras ellas. Bajé rápido a escribirte esta carta. Allá veo venir otra bandada. Me iré con ellas y creo que no volveré. Te quiero y besos a los niños.

Pedro

PD.: Si nada de esto funciona por favor dile a los niños que resbalé de la azotea.

Harold Kremer