2.180 – Yo quería un gato

rosayanez  Yo quería un gato pero mamá no. Al final, para callarme, trajo esta carpa aburrida que da vueltas y vueltas en la pecera que parece un balón pero que ni siquiera lo es. Yo, en venganza, me he dedicado a insistirle en que es un gato -«eres un gato, eres un gato, eres un gato…»- a medias rabioso contra la realidad a medias hastiado de su absurda compañía. Ahora me siento un poco mal, la he visto frotarse contra el cristal, mirar con interés al canario y me parece que ya no le gusta estar dentro del agua.

Rosa Yáñez Gómez
http://rositafraguel.blogspot.com.es/2013/05/yo-queria-un-gato.html

2.179 – El corazón no entiende de mojones

javier xi  Todas las tardes, poco antes de la puesta del sol, Gloria se cruza con Emilio en la calle Real. Ella camina hacia la iglesia a rezar las cuentas de su rosario. Él se dirige a la taberna a orar con sus chatos de vino. Cuando se trenzan sus miradas, dulces, tristes, silenciosas, los corazones palpitan una danza desbocada y, aunque no se dicen nada, las sombras de sus almas, tercamente jóvenes, rumian las fiestas del Carmen de hace cincuenta y dos años. Bailaron durante toda la noche y se enamoraron para siempre…, pero las tierras de sus padres no lindaban.

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2014/10/el-corazon-no-entiende-de-mojones.html

2.178 – Tiro en la nuca

eduardo berti  La silenciosa práctica del tiro en la nuca tiene, por supuesto, leyes rigurosas. Su territorio son los autobuses ciudadanos. El matador debe escoger un hombre para nunca moverse del asiento a sus espaldas. Solo una cadena de casualidades hace posible la así llamada «situación de disparo», que ocurre cuando el matador queda sentado tras el último viajante. Los choferes son cómplices, fingen que nada ven, pero en el fondo admiran el olfato de los matadores para adivinar quién será el último que querrá descender. Raramente se oye el fatídico disparo: son demasiadas las casualidades requeridas. Por eso es que bajamos tantas veces vivos del transporte público.

Eduardo Berti
La vida imposible, Páginas de Espuma: Madrid, 2014.

2.177 – Shhh…

Lorena escudero  Sí, podríamos decir que ése es el sonido de la aspirina agonizando en el lecho de agua.
Mario observa el vaso y espera a que termine de sofocarse la efervescencia. Se sienta en el sofá y reclina la cabeza. Concentra sus energías en recluir el dolor en un espacio mínimo, pero el silencio le martillea. Ensaya una nueva estrategia y enciende el televisor. Distraído pasa uno a uno por los canales hasta que se detiene. Algo le ha parecido familiar en el último fotograma. Una periodista muestra el esqueleto calcinado de unas oficinas. Mario se sorprende mucho, porque ha reconocido el edificio donde ha estado trabajando todo el día, donde se encontraba hace apenas una hora. Incluso piensa que quizá todo sea un espejismo producto de la jaqueca, más aún cuando la periodista muestra su fotografía y anuncia solemne: “Los bomberos aseguran que la única persona que se encontraba en el edificio cuando fue declarado el incendio no ha podido sobrevivir debido…”
Entonces empieza a sonar el teléfono. Mario se levanta, pero en lugar de cogerlo apaga todas las luces, el televisor, y se sienta a oscuras a beberse el vaso de agua, con el sonido de fondo de los timbrazos.
“Lo primero será cambiar de nombre”.

Lorena Escudero
http://lasafinidadeselectivas.blogspot.com.es/2010/05/lorena-escudero.html

2.176 – Evolución

 Xesc  En Arvejera la gente es muy alta. Por un efecto continuado de la selección natural, los habitantes de la comarca han desarrollado unas extremidades inferiores desmesuradas, producto de la adaptación sufrida a lo largo de siglos, a la tradición, religiosamente cumplida por los señores del feudo, consistente en ahorcar a sus súbditos —de forma caprichosa y aleatoria—, de las ramas más altas y robustas de los múltiples algarrobos silvestres del lugar.
Durante la baja edad media y hasta la época moderna, la usanza ha perdido continuidad dada la imposibilidad de un ahorcamiento práctico, ya que con el alargamiento de las piernas, los pies de los lugareños se posan en el suelo impidiendo la asfixia efectiva por estrangulamiento del condenado.
Sin embargo, se observa también en los últimos siglos, una lenta pero inexorable tendencia de los algarrobos a crecer y evolucionar, adoptando nuevas formas de lo más variadas. Se da el caso que en reinos no muy distantes —incluso ya en alguno limítrofe— se han catalogado algunos algarrobos como nuevas especies dada su disparidad con el árbol original. Allí ya se les conocen como cedros y en otros lugares como secuoyas.

Xesc López
http://naufragoenlared.blogspot.com.es/2013/05/70-evolucion.html

2.173 – Otra oportunidad

lola sanabria  Ayer tarde se formó una tormenta de viento. Apareció de repente. Yo recogía la ropa del tendedero, sorbiendo lágrimas interiores y liberando sábanas de pinzas moradas. Caían éstas en un cestillo de mimbre, con chasquidos de huesecillos mondados. Justo cuando doblaba el pernil de un pantalón sobre el otro, hice ese movimiento con la mano como si limpiara un cristal o borrara lo escrito en una pizarra. Me agarré con fuerza, aun así, aquel huracán me llevó en sus tripas. Amanecí en otra cama, otra casa, otra vida. De momento voy a probar con esta familia. Tiempo tengo de regresar.

Lola Sanabria
http://lolasanabria.blogspot.com.es/

2.171 – La Maclovia

octavio robleto22  De la Maclovia todos pretendían reírse, pero al mundo en que ella vivía la burla no llegaba. -Maclovia, ¿cómo es tu novio?- le preguntaban sus patrones.
-Baila como un bejuco- respondía, aunque la respuesta no tuviera relación aparente con la pregunta.
-Maclovia, te invitamos a un paseo.
-No, yo no salgo, porque hoy te invita y mañana timbita.
Todos los dichos, acotaciones y sentencias de la agraciada sirvienta eran comentados por la familia.
Establecían repertorio infaltable con las visitas de la vecindad. A veces era requerida, disimuladamente, para que asistiera a reuniones donde ella sería el centro de curiosidad y desahogo.
No llegaba.
Cuidaba las gallinas y los pollos. Divertía a los niños. Desgranaba maíz. Echaba las tortillas ¡y qué tortillas! Finas, suaves, con adornos de los dedos puestos en los bordes.
La llamaban:
-Andá a recoger los huevos; llevate esa canasta. Regresaba con la canasta llena. -Contalos.
Y ella no sabía contar, ni leer, ni escribir. -Uno, dos, tres…-hasta allí llegaba para continuar sacando huevos y especificando:
-¡Ai va otro, aivotro, aivotro.. . !
Bajo la sonrisa y la mirada patriarcal de los abuelos.

Octavio Robleto
Cuentos de verdad y de mentira. Ed. Nueva nicaragua – 1986

2.170 – Sin acuerdo

federico fuertes guzman4  En el barrio tenemos muchas escaleras que suben y bajan. Una de ellas tiene cinco escalones y si usted se sitúa en el primero y asciende (digo bien: asciende) hasta el último, al final se encontrará en un lugar más bajo que cuando comenzó la ascensión. Este fenómeno no cumple la propiedad conmutativa, es decir, si usted se sitúa en escalón más alto y desciende, se impondrá la lógica y llegará a un lugar más bajo del que estaba cuando inició el descenso. A esto lo llamo revolución. Mi mujer lo llama milagro.
Mi jefe, chorradas.
Mi amante, Patrimonio de la Humanidad. Mi vecino, chapuza.
Nunca llegaremos a un acuerdo.

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. – E.D.A. libros – 2008

2.169 – Es que ustedes…

max_aub2  Es que ustedes no son mujeres, y, además, no viajan en camión, sobre todo en el Circunvalación, o en el amarillo cochino de Circuito Colonias, a la hora de la salida del trabajo. Y no saben lo que es que la metan a una mano. Que todos y cualquiera procuren aprovecharse de las apreturas para rozarle los muslos y las nalgas, haciéndose los desinteresados, mirando a otra parte, como si fuesen inocentes palomitas. Indecentes.
Y una procura hurtarse a la presión y empuja hacia otro lado. Y ahí otro cerdo, con las manos en los bolsillos rozándola a una. ¡Qué asco! Pero ese tipo se pasó de la raya: dos días seguidos nos encontramos lado por lado. Yo no quería hacer un escándalo, porque me molestan, y son capaces de reírse de una. Por si acaso me lo volvía a encontrar me llevé un cuchillito, filoso, eso sí. Sólo quería pincharle. Pero entró como si fuera manteca, puritita manteca de cerdo. Era otro, pero se lo merecía igual que aquél.

Max Aub
La otra mirada – Antología del relato hispánico. – Menoscuarto Ediciones 2005