2.295 – Semana

leon_de_aranoa  Se conocieron un lunes de tiernas y calladas esperanzas. Se enamoraron un martes, coincidiendo con la celebración de un congreso de cardiología en la ciudad. Se casaron un miércoles de secretas complicidades, de síes pero noes, de arroz y nubes altas. Un jueves de cosecha concibieron a sus hijos, que nacieron de su amor y de sus manos. Llegaron puntuales, un viernes de invierno, con una esperanza debajo del brazo y una pregunta en el paladar. Lloraron juntos, un sábado adulto de cucharillas, de reproches mudos y cristales rotos. Sucedió de madrugada, con la dulce amargura de la vida que se escapa. Se separaron al fin un domingo no festivo, con el paso inseguro del que sigue los consejos de los mapas antiguos.
Compartieron una vida, tan intensa que hoy parece una semana.
Desde entonces caminan ficciones paralelas, se recuerdan con dolor bisiesto, mienten cada mañana ante el espejo y se saludan con afecto, pero duermen en silencio.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

2.292 – El detective

alonso-Ibarrola2  La mujer, vestida con elegancia, subió, un tanto indecisa, las escaleras que conducían a la modesta, en apariencia, «Agencia de Detectives». Le atendió un señor grueso, de traje arrugado y con manchas, que le pidió por adelantado cierta cantidad de dinero «para atender a los gastos que provocaría la vigilancia de su marido». La mujer extendió un cheque. Sospechaba que su marido se veía los domingos con una antigua doncella de su casa, que se había visto obligada a despedir al sorprender a ambos abrazados en el cuarto de baño. Aguardó con ansiedad varios días y nuevamente se presentó en la Agencia, donde el detective, desolado, le informó que la investigación no había sido posible llevarla a cabo, dado que su marido utilizaba un coche de gran potencia y el suyo era un utilitario. «Esto no es América, señora», terminó diciendo.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

2.291 – Origen del mito

Manuel Moyano (1)  Ejerciendo de médico en las tierras del Norte, fui reclamado una noche de tormenta para atender un parto. En aquel lugar dejado de la Providencia se han visto muchas cosas extrañas, y no me sorprendió que el recién nacido tuviera cabeza de becerro. Recomendé ahogarlo con un almohadón, pero a los padres les faltó valor. El varón creció y, mucho tiempo después, habiendo ya cumplido los quince años, vino a visitarme. Me llamaba «buen doctor», pero había en sus palabras un velo de amarga ironía. Yo no podía apartar la vista de sus astas de toro. «He sabido por mis padres que usted les aconsejó matarme», dijo. «Así es», respondí con todo el aplomo de que fui capaz, pues temía que su propósito fuera vengarse por ello. «Debieron hacerle caso», fue lo único que le oí mugir mientras abandonaba mi consulta. Luego supe que, antes de venir a verme, había corneado a sus progenitores hasta la muerte. También me dijeron que huyó al monte, y que allí construyó una casa de largas e intrincadas galerías para recluirse en su interior. Pero ésa es otra historia.

Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011

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2.290 – Iras de Polifemo

diego munoz valenzuela  Una vez desembarcado en el país de los cíclopes con un cargamento de tinajas con vino para comerciar, Ulises comenzó a detectar posibles compradores. El más prometedor de sus prospectos era el viejo Polifemo, emparentado con el magnate naviero Poseidón (rumoreaban que era su hijo natural).
Polifemo era un borrachín insaciable, bien provisto de oro y piedras preciosas ganadas gracias a su instinto como agente de la Bolsa. Se dio maña el sagaz Ulises para llegar a su mesa, por cierto generosa en manjares, y llevarle como presente una tinaja de vino añejado.
Ebrio hasta los tuétanos, para vanagloriarse, el ingenuo Polifemo le enseñó su depósito de riquezas. La codicia enloqueció al hombre de Ítaca. De vuelta a la mesa, ofrendó otra tinaja a su anfitrión.
Tras una hora, el gigantesco cíclope resoplaba, profundamente dormido en su sitial, sosteniendo en precario equilibrio una copa medio llena con el eficaz brebaje. No vaciló Ulises en vaciar el único ojo del cíclope y huir con su tesoro sin escuchar sus maldiciones.
Después, lejos de aquellas tierras, y como acostumbran los héroes mitológicos, ideó una inverosímil superchería acerca de caníbales criminales, historia que fue recogida por un escritor oportunista y transformada en persistente éxito de ventas.

Diego Muñoz Valenzuela
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

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2.289 – Coleccionables*

Manu Espada (1)  Con el primer número de septiembre, el periódico traía el bracito rosado de un bebé. Me propuse acabar el coleccionable. «Nancy, no eres constante, nunca acabas nada, igual que mamá», me dije a mí misma. El año pasado, mi madre empezó a encajar las piezas de un galeón, pero dejaron de editar la revista y tuvo que dejar el barco a mitad de hacer. Lo quemó. Ahora, su esqueleto carbonizado flota en la piscina. El año anterior intentó compilar todas las selecciones nacionales de fútbol del mundo, pero nos destrozaban el mobiliario con el balón y decidió cortarles los pies. Hace años tiró la toalla con la colección de árboles de la Amazonía. Se dejó llevar por la desidia, y taló los más importantes, aunque dejó algunas especies raras en las macetas. En el jardín ya había plantado a aquellos asquerosos zombis en cuyos brazos colgó, a modo de frutos, la colección de cabezas reducidas. Yo tengo la intención de construir mi bebé al completo. Ya le he colocado las piezas de la columna vertebral, le he puesto el otro bracito, el hígado, los pulmones y una pierna. Me hizo mucha ilusión encajar el cerebro en el cráneo y enroscar su cabeza pelona en el cuellito. Mi mamá decía que yo no tenía cerebro. «Cabeza hueca», me llamaba. Pero yo nunca abandonaré a mi hijo en un armario, como hizo ella. Tuve que dispararle con uno de los tanques de la colección de la Segunda Guerra Mundial que había empezado el abuelo. Deberían haberla enterrado en un ataúd coleccionable, un féretro de piezas blancas ensambladas a mano cada domingo. Mañana llega el sexo de mi bebé con el suplemento de la prensa dominical. Si es niña, pintaré de rosa el sótano. Si es niño, pintaré el garaje de azul. Y viviremos felices aquí, en esta casa de muñecas inacabada, inconclusa, incompleta, como los fascículos de un coleccionable de septiembre.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto. 2015
cub_PERSONAJES SECUNDARIOS_Manu* A Fernando Valls

 

2.288 – En Cejunta hay unas escaleras…

antonio fernandez molina2  En Cejunta hay unas escaleras que sólo tienen peldaños impares. Allí se piensa que los peldaños pares traen mala suerte y por eso se destruyen. Algunos opinaron que también habría que cortar cada pie derecho de las personas, pero alguien arguyó:
-Si nos destruimos el pie derecho ya seremos cojos y, si todos somos cojos, las cojeras van a aceptarse como algo natural y deseable. No tiene sentido.
El que hablaba así tenía fama de persona sensata y sus palabras parecieron tomarse en cuenta.
Otro dijo:
-Soy patriota. Lo incongruente es lo deseable.
Algunos recibieron esta declaración con aplausos. Entonces se inició una polémica, que aún sigue, con alternativas oscilantes.

Antonio Fernández Molina
Las huellas del equilibrista. Ed. Menoscuarto 2005

huellas equilibrista