Estos días de agosto, durante los ensueños alcohólicos de la hora de la siesta, imagino a veces que soy un personaje de la jet y que puedo hacer rico a un fotógrafo sólo con dejarme fotografiar cortándome las uñas de los pies o haciendo pis contra una tapia. Hoy se valora mucho a la gente que crea puestos de trabajo, y los famosos sostienen, sobre sus genitales mayormente, un imperio editorial que da ocupación a miles de personas. Quizá deberíamos tenerles más respeto. El otro día vi en el periódico a un señor al que habían hecho hijo adoptivo de su pueblo por crear 10.000 puestos de trabajo. No se sabe de ningún escritor, en cambio, que haya publicado 10.000 novelas. Es cierto que hay puestos de trabajo absurdos, pero también hay literatura del absurdo y nos parece bien.
Claro que cuando imagino que por una foto mía dejándome besar por el heredero de una cadena de supermercados podrían pagar millones de pesetas, me da por pensar que la realidad es anormal. O que yo soy un ser superior. Y las dos posibilidades son perturbadoras, porque conducen a consideraciones desastrosas para la salud mental. Fíjense en Aznar, que al no entender cómo ha llegado a presidente del Gobierno, y para evitar la idea de que sus votantes no están bien, se refiere a sí mismo en términos de portento («el milagro de la economía española soy yo»).
El hecho de que parte del producto interior bruto dependa de los muslos de Marta Chávarri o de las declaraciones de Sofía Mazagatos es, en fin, un problema. Crean muchos puestos de trabajo y colaboran a la reducción del déficit, de acuerdo. Pero también de las neuronas. Por eso, cuando despierto de mis delirios alcohólicos, pienso que es preferible dedicarse a la literatura del absurdo. Cualquier cosa antes que veranear en Marbella. O en Mallorca.
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2.358 – Manos que ven
Una eterna tarde de verano. Subimos la callejuela de este pueblo blanco y calmo del sur cogidos de la mano. En la esquina, tres ancianas a la sombra, absortas en sus labores de costura, indiferentes a la indiferencia de los turistas. Unas sillas de anea, una pequeña radio, unos geranios, un bisbiseo, unas aspidistras. Ella sólo ve los vestidos negros, las infinitas arrugas de la piel. Querría decirle que forman un aparte con el tiempo, con el mundo, que la inmemorial habilidad de sus dedos es una manifestación de lo sagrado, que esos movimientos tienen algo de arácnido, de inconmovible y que no prevén el desconsuelo cuando urden los destinos. Querría decirle que mientras una hila, otra devana y la última corta la hebra de la vida de los hombres.
Angel Olgoso
La máquina de languidecer. Ed. Páginas de espuma. 2009
2.357 – Se casó…
2.356 – El rey…
2.355 – Al loro con el DRAE
Como escritor —si no tienes hijos— es muy importante estar al tanto de las últimas actualizaciones que realiza la Academia de la Lengua, te puede salvar la vida.
—¡Julio, ven! —oí que me llamaba la dama seca a la que recurro cuando no sé cerrar un relato.
—Voy —respondí, y como autor erudito seguí viendo el partido de fútbol a favor de los recortes presupuestarios en Cultura.
Se conoce que aburrida por la espera se entretuvo hojeando el diccionario que tengo en el atril del escritorio, como libro sagrado. Se marchó airada —hasta el extremo de guadañar el visillo de encajes que me regaló mi madre para que no me plagiaran los vecinos— y me dijo que la próxima vez volvería cuando estuviera dormido sobre el teclado.
Doblemente satisfecho —el Rayo Vallecano había goleado al torero José Tomás—, al finalizar la retransmisión me dirigí a mi mesa y observé qué había estado leyendo la mala mujer. Qué lista es, pensé, no se le escapa nada ni nadie.
El diccionario estaba abierto por esta locución:
«voy. 1. loc. exclm. coloq.: Respuesta de un hijo a la llamada de sus padres con el significado de «No me esperes»»
Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2013/11/al-loro-con-el-drae.html
2.354 – Quedamos en vernos
Hacía tanto tiempo que no sabía nada de mi amigo de juventud, que me he quedado de una pieza al enterarme de que a partir de ahora trabajaremos juntos en la misma empresa. Rápidamente he buscado su destino en la relación de nuevos empleados y lo he llamado por teléfono. Es curioso cómo la voz es lo que menos cambia en las personas: un poco más débil, más ronca, pero manteniendo los matices que la habían fijado en mi memoria. Se lo he comentado y me ha contestado que también mi voz es la de siempre, en términos generales, y qué alegría volver a coincidir conmigo. Enseguida hemos evocado nuestros años de estudiantes, la precariedad, la actitud contestataria, la audacia inconsciente con la que proyectábamos el futuro. Hemos continuado con los rumbos -tan distintos- que tomamos desde entonces y que nos han llevado, de manera diversa, hasta un presente del que no tenemos derecho a quejarnos, aunque buena parte de nuestra energía se ha perdido en el camino. Así hemos ido pasando revista a todos los asuntos pendientes, y al final hemos quedado en vernos hoy mismo, para comer juntos a la salida del trabajo. Al colgar el teléfono, aún con la sonrisa en los labios, me he dado cuenta de que, en realidad, ya nos hemos dicho todo lo que había que decir.
Pedro Herrero
2.353 – La ausencia
Me dice que yo siempre tengo seis años porque es la edad en la que morí. No sabe que sólo existo porque ella me convoca cada noche, agarrada a la foto de un niño. Yo la visito para que sus lágrimas tengan nombre. Nunca le diré que no soy su muerto. Sé que me necesita más que mi propia familia, cuatro casas a la izquierda.
Araceli Esteves
2.352 – Guarda…
Guarda siempre tus auténticas intenciones a buen recaudo y lejos del escrutinio general. Lanza un señuelo que exceda con mucho tus propósitos. Rebájalo después, en un acto simulado de generosidad, y aquello que antes de mala gana era admitido por los antagonistas, ahora se te agradecerá como un regalo. Siguiendo este truco, muchos reyes que querían deshacerse de los conspiradores dictaban su ejecución para conmutarla con posterioridad por la pena de destierro, y de esta manera eran considerados magnánimos en vez de crueles.
Mario Pérez Antolín
La más cruel de las certezas , Editorial Baile del Sol, 2013
2.351 – Nueva vecina
Desde que llegó al barrio, tan linda, con aquellos ojos soñadores, me agazapaba cada noche entre la basura y, a través de una rendijita, la miraba pasar. Con la primera luna llena la oí aullar, al tiempo que su piel se cubría de pelo áspero y desordenado, como el mío. Entonces sí. Salté desde el fondo del cubo y nos comimos a besos.


