Para que sus almas, rescatadas del Limbo, fueran condenadas a la monótona felicidad del Paraíso, no les bastó con ser secretamente buenos, aunque fuesen de una bondad total, desmesurada. Sólo los que además de ser buenos fueron lo bastante famosos como para figurar en el Libro contaron, según el Dante, con esa prerrogativa. Como para no preocuparse de cuidar las relaciones con la prensa.
Autor: carlos
3.174 – Espectros
Si los fantasmas se esconden a tu paso con temblores de sábana, si los esqueletos vuelven a zambullirse de un salto en sus propias tumbas, no te jactes, amigo. Nunca te jactes de asustar a los espectros. Las muecas de terror con que se apartan de tu camino no son más que simulacros con los que pretenden hacerte creer que todavía estás vivo.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
3.173 – Los duelistas
Los duelistas, distraídos en angustiosos pensamientos, no escuchan la voz de alto después de los doce reglamentarios pasos y siguen avanzando indefinidamente. El duelo se posterga pero no se suspende. Aunque finjan no reconocerse cuando se encuentren, sin testigos, en las antípodas, la presencia de los padrinos los obligará a lavar su vergüenza cuando vuelvan a encontrarse en el campo de honor. Se traen vituallas, se instalan tiendas de campaña.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
3.172 – 197
Como todas las noches, la cubren con un mantel, sirven los platos, se sientan a su alrededor y dejan que la pobre mesa adopte ese aire digno, familiar, que le permite representar su papel con una convicción que no tendría si supiera que sólo fingen comer, que hasta los ravioles y el tuco son pura utilería.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
3.171 – Bodas de oro
3.170 – Detrás de todo…
3.169 – Si hay…
3.168 – Otro
3.167 – En el centro de la calle…
3.166 – El chal al viento
La dama aún conservaba cierta belleza y, sobre todo, los movimientos y la presencia que hacían que todos se volvieran para mirarla. Sus ojos la volvían ilimitada; allí donde sus manos o sus pasos no alcanzaban, llegaba su mirada penetrante.
Mientras paseaba por la orilla del mar, decidió poner a prueba su seducción una vez más, intacta a pesar de los años. Eligió a un joven mecánico que lustraba con vanidad un Bugatti reluciente.
—¿Me lleva a pasear? —preguntó, coqueta. El muchacho sonrió y le ofreció su brazo para subir al coche.
—Usted me recuerda a uno de mis hijos —dijo la dama mientras se instalaba en el asiento del acompañante.
—Pero usted no es tan mayor, señora —intentó una gentileza el mecánico.
—Isadora. Me llamo Isadora —contestó la dama con una sonrisa, mientras se acomodaba el largo chal rojo para que lo llevara el viento.




