Por qué lo hiciste, le pregunta Fernando, emocionado. Y tras unos segundos de mirada baja, entre avergonzada y triste, Juanma niega con la cabeza y le contesta que ahora qué más da. Que lo hecho, hecho está.
A los dos hermanos les separa una mampara de cristal de seguridad, cuatro años de edad v un padre asesinado.
Esta mañana lucía un sol bien dispuesto. Antes de ir a la cárcel, Fernando ha salido a correr una media hora, ha desayunado tranquilo y se ha pasado por la oficina de empleo a que le sellaran la tarjeta del paro. Pensó también en ir a ver a su madre al hospital, pero después consideró que mejor la visitaba por la tarde, pues a los del pabellón de agudos del psiquiátrico, por las tardes les permiten salir a pasear por el jardín si van acompañados de un familiar.
Y qué haces ahora que no trabajas, le pregunta Juanma por hablar de algo. Pues no sé. Hago deporte,echo algún que otro currículum, voy a ver a mamá, responde Fernando como quitándole importancia a la cosa de su desempleo. Y has vuelto a ver a Rocío, pregunta de nuevo su hermano mayor. Sigue con ese otro tío con el que me dijiste que iba. A Rocío ni me la mientes, responde Fernando airado. No te pongas así, hombre. Si la cosa se ha terminado cada uno tiene derecho a hacer su vida como quiera. Así que acéptalo y punto, le dice Juanma exhibiendo madurez.
Antes de contestarle, su hermano pequeño dispersa una violenta mirada por la estrechez de aquella cabina aséptica y mal ventilada, y acaba diciendo con gesto fiero que Rocío es una puta y que ya se enterará cuando la pille.
Autor: carlos
1.203 – Madrugadas I
Y por la noche, o de madrugada, que nunca ha estado muy claro de qué forma llamar a esas horas intempestivas, ella se levanta, como impulsada por un resorte, y descalza, ya sea invierno o verano, y a tientas, va cerrando o abriendo ventanas, subiendo o bajando sábanas sobre cuerpos dormidos, y echando o quitando algún edredón. Y luego, después de beberse un vaso de agua fresquita, ya no puede volver a dormirse, vete tú a saber por qué, pero en vez de filosofar, escribir, leer lo atrasado, o ver la tele, le da por hacer la comida del día siguiente, mientras musita con desesperación, una y otra vez, cago en la mar, hay que ver qué bien se vivía de hija.
Pilar Galán
Paraiso posible. Ed. De la Luna libros. Abril 2012
1.202 – 100
Mientras Aladino duerme, su mujer frota dulcemente su lámpara maravillosa. En esas condiciones ¿que genio podría resistirse?
Ana María Shua
1.201 – Tú y yo
1.200 – Hipoteca
Como si de una gran inmobiliaria se tratase, la religión se presenta como la mejor opción para adquirir una parcela en la eternidad.
La cosa es sencilla. Tú hipotecas tu vida y la inmobiliaria se encarga del resto.
Lo más común es pagar con valores morales hermanados a los valores económicos con que puedas disponer para tal inversión. Son estos últimos los que te pueden mejorar la parcela: a más valores invertidos, más favores celestiales se prometen.
La adquisición es de pura fe.
En lo personal, aún no he conseguido conocer a ningún vecino de aquellos barrios, por lo que, incrédula que es una, prefiero seguir viviendo de alquiler.
Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de sal. Trama editorial – 2012
1.199 – La cita
De haber sabido lo que ocurriría después, ella habría ido a la peluquería y también se habría comprado un vestido atrevido para estrenarlo ayer, antes de precipitarse en el vacío desde el piso ciento tres del enorme rascacielos, cuando trataba de alcanzar un papel que el viento levantó de su mesa de trabajo y empujó hacia el exterior. Ya en el aire, todo hacía presagiar un porrazo incontestable pero, a la altura del piso cuarenta y dos, su cuerpo cayó en brazos de un joven providencial, de aspecto agradable y musculoso, que vestía un traje ajustado de lycra azul y rojo y una capa de conjunto, muy elegante, que se alzaba tanto como su bello tupé de color negro. A partir de ahí, el descenso fue un paseo delicioso hasta llegar a la calle, donde aquel galán se despidió cortésmente y partió de regreso a las alturas, no sin antes decir que sí, que hoy podrían volver a verse en el mismo lugar y a la misma hora. Y hoy estrena ella un nuevo vestido, elegido a conciencia, y se arregla con esmero para acudir a la cita con su misterioso salvador. Y a la hora convenida se lanza sin temor por la ventana de su estudio, y aprovecha la caída en picado por la fachada del inmueble para dar los últimos toques al maquillaje. Pero esta vez nadie la espera frente a la planta cuarenta y dos. Y al llegar a la catorce, convencida del plantón, se ve obligada a admitir que, si ya es duro bajar de una nube y tocar de pies en el suelo, más duro será tener que hacerlo de cabeza.
Pedro Herrero
Velas al viento. Los microrreelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del Vigía. 2010
1.198 –
1.197 – El triple salto mortal
El salto mortal es en verdad peligroso, muy peligroso. Para cumplir con los reglamentos, el trapecista audaz utiliza un cable de seguridad fingido, una red que -lo sabe bien- no sería capaz de sostener su peso. Como un adicto necesita su dosis, el trapecista audaz necesita sentir la proximidad de la muerte. En el triple salto mortal la sensación es tan intensa que todos los días de su vida pasan en imágenes delante de sus ojos. Por eso, a medida que su vida se hace más larga, debe prolongar el salto para darle tiempo a la memoria. A los ochenta años, eximio en su arte, atraviesa el océano de continente a continente en un múltiple salto mortal que le permite repasar su vida entera, con detalles.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida.Ed. Páginas de Espuma 2009
1.196 – La pisada de una hormiga
Daba vueltas en la cama, en el sofá, incluso cuando estaba sentado en una silla con la cabeza apoyada sobre una mesa; no podía dormir. Tras cuarenta noches, en las que apenas dormitaba un par de horas, comenzaba a sentirse agotado. Había probado a contar en voz alta, experimento baldío, llegó a una cifra que ni él mismo podía pronunciar; lo intentó con infalibles remedios caseros pero se mostró negado para cuajar alguno de ellos. Deambulaba por la casa a oscuras apurando uno tras otro cigarrillos de tabaco negro buscando tras el humo el camino de los sueños. Las noches se hacían eternas, en el silencio de éstas hasta el andar de una hormiga se puede escuchar. Llegó a establecer amistad con la luna pero cientos de nubes negras quisieron confabular contra él.
Recordó que guardaba, en una vieja cesta de mimbre, algo que le ayudaría. Removió aquella espiral de recuerdos hasta tropezarse con lo que buscaba. Envuelto entre paños un oxidado revólver que fue parte de otro lugar y otra vida. Mas la suerte no le acompañaba, tan sólo una bala que decidió reservar; si la utilizaba hoy ¿cómo podría dormir mañana?
La noche siguió su curso, las hormigas salían a pasear.

