912 – Apetencias eróticas

 Sobre las apetencias eróticas de ciertos microorganismos, se ha escrito poco. Como si todo en ellos fuera solamente reproducirse, como si no existieran esos bailes feroces, el cortejo desmesurado en relación con su tamaño, el lento despojarse de las membranas que culmina en la fusión de citoplasmas, la vibración salvaje de las columnas de ADN enroscándose y desenroscándose en un minúsculo pero enfebrecido gozar, con las cilias desatadas al viento líquido del agar agar, haciendo temblar, en fin, la mano de quien pretenda describir su frenesí o consignarlo, confundiendo las conexiones axón-dendrita para que sobre sus apetencias eróticas se siga escribiendo poco, muy poco.

Ana María Shua

911 – Ejercicios de retórica

 Vaya usted a la cocina de su casa, reúna un paquete de arroz, otro de harina, una bolsa de sal, una tarrina de mantequilla y una botella de leche. Observe durante un rato el conjunto y considere que ese torpe aliño alimentario sería un tesoro ahora mismo en Rusia, por ejemplo. Pero si a usted le da pereza reunir tantas cosas, abrir tantos armarios, ir de aquí para allá, tome de la nevera una botella de agua mineral e imagine la riqueza que su posesión significaría en algunos lugares de África. Resulta fácil pensarlo, pero comprenderlo es más arduo. Digamos la verdad: no hay manera de entenderlo, del mismo modo que no se puede concebir que las 225 personas más ricas del mundo posean tanta riqueza como el 47% del resto de la humanidad. Busque usted otro modo de expresarlo, si tiene la suerte de saber matemáticas, llegará en cualquier caso a la conclusión de que, se mire por donde se mire, el asunto es más bien salvaje. Tanto prevenirnos en la escuela de la ley de la selva y no era más que esto: que unos pocos vivan muy bien a costa de muchísimos que lo pasan fatal.
Lo toleramos porque no lo comprendemos. ¿Cómo explicar, si no, que haya policías que por un sueldo modesto defiendan un orden semejante? Y cuando hablo de policías me refiero también a los jueces y a los alcaldes y a los coroneles, y a los peritos industriales, por no mencionar a los creativos de publicidad y a los poetas de la experiencia. No se amontonen: también me incluyo yo. Si un servidor hubiera entendido de verdad lo que significa reunir sin esfuerzo, sobre la encimera, en cuestión de segundos, la riqueza mencionada al principio de este artículo, ya habría saltado por la ventana o me habría metido en la boca el tubo del gas.
Pero aquí estoy, ya ven, haciendo ejercicios de retórica con el arroz y la sal, la mantequilla y el aceite que no tienen en Rusia. Decía mi madre que con las cosas de comer no se juega, pero estaba equivocada la pobre, como en tantas otras cosas. Si con algo hemos acabado jugando es con las cosas de comer. El mundo es un Palé o un Monopoly, o quizá un Monopalé. Lo mejor, para ganar, es no entender sus reglas. El mundo va bien.

Juan José Millás

910 – Hombre-pájaro

 Su trabajo básico se desarrollaba regular e invariablemente en la Oficina Municipal de Impuestos. Pero tenía una afición secreta, una ambición oculta: volar. Por sus propios medios, se entiende. Tras cinco años de trabajos y afanes, logró fabricar, en su pequeño taller de carpintería, un ingenio volador. Una mañana fría de domingo planeó con éxito por la ciudad, sin que, al parecer, nadie se percatara del hecho. Loco de alegría lo contó en la Oficina. Ante la indiferencia y escepticismo de sus compañeros, se ofreció a repetir la hazaña. A las once de la mañana de un lunes laborable, planeó y dio varias vueltas al edificio que albergaba la susodicha Oficina, a la altura de la planta undécima. Éstos no daban crédito a sus ojos. El Jefe de Negociado, irritado por la algarabía provocada, le descontó un día de sus vacaciones y le prohibió volar en horas de oficina.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

909 – Al otro lado

 No sabía cuánto tiempo llevaba parado frente a ese escaparate. El suficiente para que sus recuerdos hubiesen pintado aquel cuadro de gente pasando detrás de él y un rostro, que no era el suyo, le mirara reflejado desde el cristal que le separaba del paisaje.

Pedro Ramos
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma – 2001

908 – El incomprendido

 Cuando fue pez, se asustaba de los fondos abisales. Cuando fue ardilla, añoraba las olas y no quiso adivinar la altura de los árboles. Como ave le disgustó el viento en las alas y su nostalgia fue la del topo. Nadie lo echó en falta cuando fue un fósil recubierto de ámbar.

Carmen Peire
Horizonte de sucesos. Ed. Cuadernos del vigía, 2011

907 – Multiplicación y muerte de Narciso

 Se cuenta que Vulcano inventó el espejo para que Venus pudiese apreciar su propia belleza. En una de las tantas trifulcas entre marido y mujer, Vulcano hizo  añicos el espejo y los trozos cayeron a la Tierra.
El primer hombre que los vio fue Narciso. Al aproximarse, entendió que varios jóvenes de extraordinaria hermosura lo miraban. A todos se les encendió en los ojos el mismo fulgor lascivo, después todos mostraron la misma inflamación del sexo, por fin todos le tendieron los brazos en un mismo ademán de oferta y de demanda.   Entonces Narciso corrió hacia ellos y todos, también él, desaparecieron.

Marco Denevi

906 – Stalin

 Aprendió a escribir en la lengua de Georgia, su tierra, pero los monjes lo obligaron a hablar ruso en el seminario. Años después, en Moscú, todavía delataba su acento del sur del Cáucaso. Entonces decidió ser el más ruso de los rusos. ¿Acaso Napoleón, que era corso, no había sido el más francés de los franceses? ¿Y la reina Catalina de Rusia, que era alemana, no había sido la más rusa de los rusos? El georgiano Iósif Dzhugashvili eligió un nombre ruso. Se llamó Stalin, que significa acero. Y de acero había de ser el heredero del hombre de acero: Yakov, el hijo de Stalin, fue templado desde la infancia en el fuego y en el hielo, y a golpes de martillo fue modelado. No hubo caso. Había salido a la madre. Y a los diecinueve años, Yakov no quiso, no pudo, más. Apretó el gatillo. El balazo no lo mató. Despertó en el hospital. Al pie de la cama, el papá comentó:  -Ni siquiera eso sabes hacer.

Eduardo Galeano

905 – La bofetada

 «Escucha, la vida se nos va y no hemos tenido ocasión de abrir la boca. De niños era diferente. ¿Te acuerdas cuando cantábamos en el coro y el director, con ojos de odio, aguzaba el oído, intentando localizar al causante del desafinado? Una bofetada indicaba el fin de las investigaciones. Te confesaré que yo entonces abría la boca y no profería nota alguna por miedo. Ahora hago lo mismo».

Alonso Ibarrola

 No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

904 – Antigüedades

 Algunos fantasmas permanecen junto a sus viejas pertenencias, condenados a penar dentro de una caja de música, cubiertos de telarañas entre las velas de una lámpara o congelados hasta el Día del Juicio en el cristal de un florero. Ellos crepitan inquietos cuando me ven husmear por las tiendas de antigüedades y un escalofrío de siglos recorre mis venas mientras el dependiente los envuelve para llevármelos a casa.
Me gusta ver cómo titilan marchitos en la oscuridad con su luz verdosa. En aquel bargueño hay una vieja decapitada, en ese reloj un monje blasfemo sigue rezando las horas, y en el cofre del mago se acurruca el alma retorcida de un niño tullido. Yo los busco por las tiendas de antigüedades y los traigo a esta casa para escuchar cómo lloran de noche. Para reírme de su soledad infinita.
Ellos suponen que mi castigo es soportarlos. Ellos no saben que mi casa es el infierno.

Fernando Iwasaki

903 – La cita de su vida

 El lunes sueña con la cita. El martes se entusiasma pensando que se acerca. El miércoles comienza el nerviosismo. El jueves es todo preparativos, revisa su vestuario, va a la peluquería. El viernes lo soporta como puede, sin salir de su casa. El sábado, por fin, se echa a la calle con el corazón rebosante. Durante toda la mañana del domingo llora sin consuelo. Cuando nota que vuelve a soñar, ya es lunes y hay trabajo.

Andrés Neuman
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma – 2001