La noche en que, ya viejo, se apagó definitivamente su fuego sexual, Sócrates oyó que el bello Alcibíades murmuraba: «Al fin libre». No se ofendió. Comprendió que la realidad se había equivocado de persona, porque la frase le correspondía. Y tuvo razón: no bien sus labios se la apropiaron, la vulgar expresión de alivio se cargó de noble sentido, de agudeza, de profundidad moral y, lo más importante, de trascendencia.
2.814 – Amistades peligrosas
2.813 – Carnaval
2.812 – Última voluntad
Antes de morir exige que su cuerpo sea ungido con mirra y con incienso, que sea cremado, que sus cenizas se recojan en una urna de alabastro, que sus deudos las esparzan desde un helicóptero sobre toda la ciudad con la máxima ecuanimidad posible: que ningún barrio reciba más que otro.
Después de muerto sus deudos descubren que el incienso no sirve para ungir y lo entierran en la Chacarita.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
2.811 – La primera palabra
Vaciló al escribir el comienzo. Trazó la primera palabra, que resultó ser «En», pero luego dudó. ¿Dónde ubicar la acción? Mientras pensaba, la tinta se había secado en la punta de la pluma. La miró un rato y se le ocurrió una idea: ¿por qué no aquí mismo, en esta tierra árida, en esta amada sequedad? Mojó nuevamente la pluma y prosiguió: «un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…».
David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007
2.810 – La noticia
No podían matarle. Evitaba las emboscadas, devolvía la sangre con más sangre. Por cada uno de sus hombres que caía mataba a doce funcionarios públicos, y a cada detención le seguían más secuestros. Las canciones popularizaron su crueldad, los seriales daban su nombre a los malos.
Después de años sin poder terminar con el enemigo público número uno, los asesores del presidente se reunieron, buscaron soluciones.
Al día siguiente, todos los medios publicaron la noticia de su muerte en una emboscada. Las televisiones la airearon, se corrió por los mercados, por las plazas, por los parques.
Si la gente le creía muerto, calcularon, moriría.
Cuando reapareció, hasta las fuerzas policiales corrieron, espantadas. Ahora es peor, gritaban. Ha resucitado.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.809 – El caracol
El campo tiene sus incomodidades, pero constituye una curiosa fuente de información existencial. Hace una semana apareció en el cuarto de baño un caracol. Durante un par de días permaneció quieto, pegado a la pared externa del bidé, como meditando sobre la vida. Después de eso comenzó a desplazarse en busca de la misma abertura por la que se había colado en esa dimensión tan hostil, o extraña. Cada día, al levantarme, observaba su posición y el pobre, en lugar de acercarse a la ventana, se alejaba cada vez más de ella trepando por un alicatado que tenía que resultar del todo incomprensible para su falso pie (o pseudópodo, como nos gustaba decir en la clase de ciencias naturales). Finalmente, en un arranque de piedad le ayudé a llegar fuera.
¿Qué habrá pensado el animal -me pregunté- de esta rara experiencia? Un día acudí a una fiesta absurda a la que había sido invitado por error y cuando intenté huir me interné sin darme cuenta en la zona privada de la vivienda y tuve que mantener una conversación incomprensible con unos marcianos a quienes sólo me unía el gusto por el whisky de centeno. Habría dado cualquier cosa por que una mano caritativa me hubiera tomado entre sus dedos, como yo al caracol, arrojándome por la ventana, para devolverme de golpe a la dimensión que me era propia. No tuve esa suerte y hube de deambular por toda la casa hasta las tres de la mañana, un poco borracho, si he de decirlo todo, hasta que logré dar con la puerta de salida y encontré un paisaje reconocible. A muchos les podrá parecer todo esto una exageración, porque se me ha olvidado señalar que la vivienda pertenecía a un arquitecto y, en consecuencia, ni las ventanas ni las puertas ni la cadena del retrete se encontraban donde uno supone que han de hallarse estos artefactos de uso común.
Personalmente, nada me unía a los caracoles, hasta este momento, pero desde ahora siento por ellos un afecto especial, no ya por la tranquilidad con la que afrontan las situaciones más difíciles que quepa imaginar, sino por su tendencia a extraviarse, con la que tanto me identifico. Si encuentran un caracol en su bañera, trátenlo bien, que a lo mejor soy yo. Gracias.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.808 – Accidente
La gente se arremolinaba en el andén del «metro» esperando la llegada del próximo convoy. De repente, una señora que se encontraba junto al borde del andén hizo un movimiento extraño, como si se sintiera mareada. Se balanceó y cayó a las vías, sin que las personas que se encontraban a su vera pudieran impedirlo. Los gritos de horror fueron apagados por la llegada del convoy que no pudo detenerse a tiempo, ante el cuerpo de la infortunada mujer. Un chirriar y un crujir de huesos, unos ayes desgarradores… y nada más. Algunos viajeros chillaban, otros callaban y varias mujeres se desmayaron. Un viajero, molesto y colérico, se acercó al jefe de estación y preguntó: «Y ahora ¿cuánto tiempo nos tendrán aquí?».
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.807 – Sigo…
2.806 – Bocetos
Un hombre parecía tener las mangas de la chaqueta pegadas a los brazos, arrastraba los pantalones y los pies. A una mujer le salía la cabellera en el rostro y tenía los brazos en alto. Unos niños parecían salir de la tierra y que les brotaban hojas.
-¿Qué es esto? -pregunté al hombre que parecía estar a su cuidado.
-Bocetos -me dijo-. Algunos llegan a lograrse.




