2.805 – El nombre de las cosas*

manuel espada  Para ahorrar gastos, el Gobierno despidió al funcionario que se inventaba las palabras. Cuando era niño y mi padre me leía por la noche, yo me preguntaba por qué un «cuento» se llamaba así, «cuento», de esa forma tan sosa, y no, por ejemplo, «voltereta», que es una palabra mucho más bella y dinámica. En cambio, ¿por qué a «mentira», que suena tan bien pero tiene un significado feo, no podían haberle puesto un vocablo gris y deslucido, como «hormigón»? ¿Por qué a un «árbol» lo llamamos «árbol», y no «vaso», o a una «computadora» no le decimos «croqueta», o a la «ficción» (un sustantivo muy aséptico en comparación con los buenos momentos que nos ha dado) no la bautizaron «libélula», un término mucho más estético? Desde que echaron al funcionario, nadie supo cómo llamar a las nuevas cosas. En mi edificio llamábamos telmad al objeto que sirve para dibujar tracllos, en cambio, en el colegio de mis hijos lo llamaban jelmior, en el barrio de mis tíos lo denominaban higoptro, y en el de mis padres, olco. En unos meses, y ante la falta de consenso, cada persona tenía un nombre para cada concepto, para cada objeto. El país se convirtió en un galimatías, y los del Ministerio se vieron obligados a convocar otra plaza de funcionario. Me hice con el temario y me presenté a las oposiciones. Saqué el número uno y me dieron el trabajo. Lo primero que hice fue poner nombre a las cosas que aún no lo tenían. Luego dediqué mi tiempo a cambiar nombres, a rebautizar las cosas de una manera justa, de tal manera que todo lo que sale en esta voltereta es hormigón. Pura libélula.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015.

*A Javier Gómez

2.804 – Desplante

Ruben-Abella-copia  Landelino Ortega vio acercarse a Pepe Villa en pleno chaparrón, un minuto antes de que dieran las ocho. Con mucha calma, rodeó el mostrador de la mercería y fue a esperarlo a la puerta. Cuando lo tuvo enfrente, al otro lado del cristal, echó el tranco de golpe y se señaló el reloj con el dedo.
Pepe Villa se quitó el pelo empapado de la frente y, con ojos suplicantes, abrió en el aire un paraguas invisible. Landelino Ortega negó varias veces con la cabeza y observó con impavidez cómo su vecino se alejaba chorreando lluvia, encogido por el peso del aguacero.
Luego volvió al mostrador e hizo caja.
Se fue a casa preocupado. Si las ventas no mejoraban, iba a tener que cerrar el negocio.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

2.803 – Noches de Reyes

papa-noel-anti-reyes-magos  Ya había cumplido once, pero se negaba a aceptar la realidad. No existen los Reyes. ¡Cómo que no! Yo he visto que se han bebido el agua y se han comido los mazapanes. El agua me la bebo yo, le decía Gerardo. Y yo los mazapanes, explicaba Carmen. La niña se resistía. Prefería seguir sin saberlo. Juraba que había oído las pisadas de los camellos. Nosotros somos los Reyes. No puede ser. ¿Y por qué no puede ser? Pues… porque… ¿entonces quién es el tercero? ¡Falta un Rey! De pronto, la niña se rindió y dijo desilusionada: Es verdad. El tercero es el tío Julio, ¿a que sí? Por eso viene cuando no está papá, ¿verdad? ¡Basta de tonterías! Los Reyes somos papá y mamá. Ahora vete a tu cuarto. Gerardo no miró a Carmen, que se había puesto muy roja. él también prefería no saber. ¿Para qué perder la ilusión? Julio era el hermano pequeño de Gerardo, el tercer Rey Mago.

Rafael Reig

2.802 – Los premios

Rogelio Guedea  Hace poco me notificaron que gané un premio literario. La voz de la chica que me lo dijo me dio la sensación de que estaba contenta de haber sido ella la encargada de darme la noticia. Por eso, inmediatamente después escribí a mis amigos para compartirles la alegría casi con la misma voz y el mismo placer con el que la chica me dio la enhorabuena. Los amigos todos me respondieron con congratulaciones y fanfarrias, abrazos y apretones de manos, como es el caso. Incluso, yo quedé satisfecho con sus muestras de afecto, aunque prometí que en adelante sólo me limitaría a llamarlos para compartirles mis desgracias, única forma en que puede uno prodigarle al prójimo la verdadera felicidad.

Rogelio Guedea
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005

2.801 – Yo no lo sé…

max_aub  Yo no lo sé. Allá ustedes. Quizá sean de una pasta distinta, pero yo soy así. ¡Qué le vamos a hacer! Asumo toda la responsabilidad. Lo único cierto es que aquel día yo estrenaba zapatos. Si fuésemos a analizar las cosas el verdadero responsable es el zapatero. Yo soy un hombre, nada menos que todo un hombre, como dijo el señor Hoyos. No lo aguanté. Esto está claro. Hay dolores que no se resisten. A mí me operaron una vez sin anestesia: porque me dio la gana. Ésa es otra historia que no tiene nada que ver con esto. La verdad es que yo no podía más. Esos dolores insidiosos, que ni siquiera son dolores; hipócritas. Y tomé el tranvía. La cosa empezó en seguida: me pisó. Sí, me pisó. Me pidió perdón, muy atentamente. Me aguanté y no pasó nada. Desde luego un desconocido que le pisa a uno es siempre un ser antipático. Un momento después -creo que fue en la parada siguiente, a la entrada de la calle Mayor- nos empujaron y aquel hombre me pisó por segunda vez. Esta vez no me pidió perdón. Pero no lo pude resistir. Lo zarandeé. Entonces me pisó por tercera vez. Lo demás lo saben ustedes. Tampoco tengo la culpa de ser representante de la mejor fábrica americana de navajas de rasurar, dejando aparte que soy muy hombre.

Max Aub
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005

2.798 – Cambio climático

alejandra_d_o  Aquel año tuvo que llegar la primavera para que comenzara el invierno. La Mujer Dormida despertó. Las vacas ladraban y los perros trepaban por los árboles. La cosecha de conejos no fue buena y los rosales se tupieron de limones. Ese año los hombres se quedaron en casa. Las mujeres no parieron.
«Desde entonces, el pueblo no es el mismo», se lamentaba el abuelo, que tenía los años suficientes como para asegurar que antiguamente la primavera era primavera y el verano, verano.
La gente le llamaba chalao.

Alejandra Díaz-Ortiz
Cuentos Chinos. Trama Editorial – 2009

2.797 – Las metamorfosis

jose-emilio-pacheco  Pigmalión, gran escultor de Chipre, creó una estatua más bella que todas las mujeres y todas las obras de arte. La llamó Galatea. Apasionado, la besaba y acariciaba. Galatea no respondía a su creador. En su desesperación Pigmalión rogó a Venus que le diera vida a la estatua. Galatea al fin cedió a sus caricias. Durante unos meses todo fue pasión y placer. Luego empezó la discordia. Llegaron los celos, el egoísmo, los rencores. Pigmalión y Galatea acabaron por separarse. Ahora se odian y cuando se encuentran en algún lado no se dirigen la palabra.

José Emilio Pacheco
Después de troya.(Edición de Antonio Serrano Cueto). Menoscuarto Ediciones. 2015

2.796 – El secundario

Manu Espada (1)  Al llegar a casa, le había brotado un actor secundario en el suelo de la cocina.
-Soy Steve Buscemi me conocerás por películas como El gran Lebowski Fargo cameos en las cintas de Adam Sandler soy el actor fetiche de los hermanos Coen y un icono del cine independiente aunque también he hecho teatro de bajo presupuesto y estoy situado en el puesto cincuenta y dos de la lista de las cien mejores estrellas de cine de todos los tiempos realizada por la revista Empire pero sobre todo te sonará mi cara porque hago de ti en Reservoir Dogs -le dijo del tirón, sin ni tan siquiera hacer una coma para coger aire. El personaje mira con horror a Buscemi, le palpa la comisura de los labios, le frota el pelo. Huele sus manos. Le apunta con la pistola a la cabeza. Dispara. En ese momento, la cara del señor Rosa desaparece. Se borran sus ojos saltones. Se transforman sus facciones.
-Nunca había visto a nadie morirse tan bien; ¡qué irse!, ¡qué apagarse! -sentencia el señor Rosa con el rostro de Luis Ciges.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015.