3.173 – Los duelistas

ana maria shua   Los duelistas, distraídos en angustiosos pensamientos, no escuchan la voz de alto después de los doce reglamentarios pasos y siguen avanzando indefinidamente. El duelo se posterga pero no se suspende. Aunque finjan no reconocerse cuando se encuentren, sin testigos, en las antípodas, la presencia de los padrinos los obligará a lavar su vergüenza cuando vuelvan a encontrarse en el campo de honor. Se traen vituallas, se instalan tiendas de campaña.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

3.166 – El chal al viento

DiegoGolombek   La dama aún conservaba cierta belleza y, sobre todo, los movimientos y la presencia que hacían que todos se volvieran para mirarla. Sus ojos la volvían ilimitada; allí donde sus manos o sus pasos no alcanzaban, llegaba su mirada penetrante.
Mientras paseaba por la orilla del mar, decidió poner a prueba su seducción una vez más, intacta a pesar de los años. Eligió a un joven mecánico que lustraba con vanidad un Bugatti reluciente.
—¿Me lleva a pasear? —preguntó, coqueta. El muchacho sonrió y le ofreció su brazo para subir al coche.
—Usted me recuerda a uno de mis hijos —dijo la dama mientras se instalaba en el asiento del acompañante.
—Pero usted no es tan mayor, señora —intentó una gentileza el mecánico.
—Isadora. Me llamo Isadora —contestó la dama con una sonrisa, mientras se acomodaba el largo chal rojo para que lo llevara el viento.

Diego Golombek
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

3.152 – Destrezas familiares

eva_manzano   Era costumbre en mi familia, de larga tradición de magos, indagar en lo sobrenatural. Cada año, enseñábamos lo que habíamos aprendido. Mi padre fue el primero en comenzar. Se encaminó hacia la mitad del jardín y, con una rama, moldeó un extraño picaporte que hincó en el suelo con fuerza. Empuñándolo, de un giro abrió la tierra en dos. Con terror contemplamos los abismos en llamas. Mi padre cerró su proeza y se sentó.
Entonces mi hermana, la prestidigitadora, se subió a la mesa y deshilvanó los arabescos del mantel, que se convirtieron de inmediato en serpientes. Mientras los reptiles desaparecían entre la hierba, mi tío se transformó en un vaso de agua. Sin esperar a que disfrutáramos de la transfiguración de la materia, su hija se lo bebía de un trago y provocaba una tormenta que nos dejó empapados.
Bajo un sol frío que iba a volver tan solo en sueños, toda la familia brindó por el poder de la magia.
Antes de irnos, mi adorado abuelo se levantó y propuso un último truco que no olvidaríamos jamás: la inigualable destreza, imposible de comparar, de dejarnos de querer para siempre.

Eva Manzano
Futuro imperfecto.Clara Obligado Ed. lit.- 2012

3.145 – Existen

baudelaire  Un hombre de genio melancólico, misántropo y deseoso de vengarse de la injusticia de su siglo, arrojó un día al fuego todas sus obras manuscritas. Y como le vituperasen por este espantoso sacrificio de todas sus esperanzas, respondió:
—¿Qué más da? Lo importante era que estas cosas fuesen creadas; han sido creadas, luego existen.

Charles Baudelaire

3.138 – Los franco tiradores

alphonse_daudet_2   A la vez, innumerables compañías de francotiradores se organizaron con gran entusiasmo: “Los hermanos de la muerte”, “Los chacales de la Narboresa”, “Los trabucos del Ródano”. Los había de todos los nombres, de todos los colores, como centáureas en un campo de avena, y llevaban penachos, plumas de gallo, sombreros gigantes, cintos anchos de tras palmos… Para parecer más terribles, los francotiradores se dejaban crecer la barba y los mostachos de tal modo, que en el paseo nadie se reconocía. A lo mejor, de lejos, veíase un bandido de los Abruzzos, que se echaba sobre vosotros, con los mostachos retorcidos como garfios, los ojos llameantes, haciendo un terrible ruido de sables, revólveres y yataganes; y luego, cuando se acercaba, conocíais que era Pegoulade, el recaudador. Otras veces os tropezabais en la escalera con Robinsón Crusoe en persona, con un sombrero puntiagudo, su cuchillo de sierra y un fusil en cada hombro; a fin de cuentas, resultaba ser Costacalde, el armero, que volvía de comer fuera de casa. El caso es que, a fuerza de adoptar aspectos feroces, los tarasconenses acabaron por aterrorizarse unos a otros, y al poco tiempo nadie se atrevía a salir de casa.

Alfonso Daudet

3.131 – Sangre de la canilla

ana maria shua 3_b   De la canilla brota un chorro de sangre que no cesa. La visión me tranquiliza: se trata de una pesadilla clásica que no han desechado como tópico ni la literatura ni el cine. Pasados los primeros meses, sin embargo, comienzo a inquietarme. A los dos años emprendo su comercialización a través de una fábrica de embutidos y también como proveedora de clínicas y hospitales. La progresiva anemia de la población favorece mis negocios. A los diez años mis influencias políticas me permiten resistir una investigación ordenada por el consorcio del edificio. Cuarenta años después, rica, anciana y poderosa, accedo al despertar que me devolverá a la pobreza y al agua, pero también a la juventud.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

3.124 – Experimentos de choque

millas23   Llevo varios días siguiendo una noticia sobrecogedora, según la cual el Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Heidelberg ha venido utilizando cadáveres de adultos y niños para simular accidentes de circulación y mejorar así el diseño de las sillas infantiles y de los cinturones de seguridad. Cogían un muerto, lo metían en un Opel, un Ford, un Volkswagen o un Mercedes, según su status social, supongo, y hacían que el coche se estrellara contra una tapia. Luego sacaban el cadáver y le contaban el número de costillas rotas.
Los responsables del Instituto, que se han apresurado a confirmar la veracidad de esta información, han señalado también que gracias a estos experimentos se han salvado muchas vidas. Por lo visto, un catedrático de Teología y Ética de la Universidad de Tubinga, un tal Dietmar Mieth —doy su nombre para que nunca se confiesen con él—, ha defendido esta práctica porque va en beneficio de la seguridad de millones de conductores. Y, en Washington, un tal George Parker —digo cómo se llama para que a nadie de ustedes se le ocurra ir a morir en sus brazos—, afirmó que se necesitaban este tipo de experimentos para saber con exactitud qué partes del cuerpo se dañan, y en qué modo, cuando estrellas un coche contra un muro de la vergüenza a cien por hora.
Yo ya aviso que prefiero morir por llevar un cinturón imperfecto a salvarme a costa de maltratar a un cadáver, incluso aunque se trate de un cadáver completamente muerto. Con los difuntos no se juega. Que usen maniquíes; ya sé que los muñecos no resultan tan excitantes como un cuerpo de verdad, aunque sean capaces de hacer pis y de llorar, como los de la señorita Pepis, pero también tienen su corazoncito. Por ejemplo, dicen los expertos en accidentes que el muñeco más avanzado para esta clase de experimentos de choque, el Hybrid III, pese a su perfección, no se comporta aún como un muñeco humano. No me extraña, hay que tener mucho estómago para querer ser como nosotros.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

3.117 – Centrifugado

carmela greciet2   A través de esa red global de comunicaciones que une todas las lavadoras del mundo por sus desagües, el auxiliar de justicia Ernesto Sánchez, que disfrutaba de baja maternal —repartida con su mujer a partes iguales—, entró en contacto con María do Calvairo, prostituta de un barrio de Sao Paulo. Se conocieron cuando Ernesto, una mañana, preparaba la colada de ropa de bebé blanca y María echaba a lavar en medio de la noche sus sábanas de seda falsa, rito éste que la apaciguaba una vez que el último cliente se marchaba.
Salvo alguna discusión con su mujer debido a que la ropa del bebé cada día tenía peor color —a fuerza de lavarla en programas cortos, para así tener la lavadora el menor tiempo posible ocupada—, el matrimonio de Ernesto no sufrió mayor descalabro, y ello a pesar de que su relación secreta con María do Calvairo fue muy apasionada: se avisaban con unos golpecitos de tam-tam en el tambor de lavado cuando ambos tenían vía libre, y las horas siguientes las pasaba Ernesto apostado en las fauces abiertas de la lavadora con la torpeza de un domador principiante, diciéndole a María ora melindres ora obscenidades… Pero un buen día al funcionario se le acabó la baja y aquel amor también hubo de acabarse. Desde entonces a Ernesto los lamentos húmedos del motor de la lavadora se le antojan ronroneos cálidos y no digamos ya si está centrifugando: entonces no puede evitar imaginarse a María do Calvairo llegando al orgasmo.

Carmela Greciet
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

3.110 – Héroes

andres neuman  El héroe de la comarca, durante un raro acceso de lucidez, comprende que está solo como sólo los buenos pueden estarlo. Cada cual tiene una misión en la vida: la suya es salvar al prójimo. Fatalidad, no por brillante, menos urgente. El héroe sabe que su deber es dar con los malvados donde quiera que estén. Sale a la calle dispuesto a todo. Mira a un lado y a otro. Avanza, retrocede. Pero no divisa a nadie en apuros. La calle resplandece de serenidad. Las avenidas respiran verdor mientras los pájaros urden sutiles tramas en el cielo. Esto es intolerable, exclama el héroe.
Furioso, justiciero, el héroe consigue colarse en la prisión de la comarca, burlar la vigilancia y liberar a una docena de malhechores que, sin salir de su asombro, se dispersan y se ocultan velozmente en los rincones más oscuros. El héroe no cabe en sí de la euforia. Regresa a casa. Se sienta a esperar. No pasa mucho tiempo hasta que unos desgarradores gritos de socorro llegan a sus oídos. Entonces se incorpora de un brinco e, indignado, el héroe aborda la calle.

Andrés Neuman
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005