3.172 – 197

a_maria_shua   Como todas las noches, la cubren con un mantel, sirven los platos, se sientan a su alrededor y dejan que la pobre mesa adopte ese aire digno, familiar, que le permite representar su papel con una convicción que no tendría si supiera que sólo fingen comer, que hasta los ravioles y el tuco son pura utilería.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

3.158 – Amor y basura

carmela greciet2   Correr una vez más en medio de la noche al vertedero. Sumergirme hasta el cuello en la montaña hedion­da que emana gas y moscas. Buscarte y rebuscarte frenético y a tientas entre el caldo de grasas y vísceras podridas, de vinagre y de bilis, de orines y cebolla, de entrañas maceradas, de amoniaco, de sangre. Encontrarte indefensa y fetal y rescatarte. Cargarte a mis espaldas como un fardo humeante y, ya en casa, amor mío, limpiarte la carita y desamordazarte y regresarte y besarte y peinarte y amarte, amarte, amarte hasta que ya de hastío pueda odiarte. Hacer entonces, contigo, un fardo, vida mía, y arrojarte después a la basura, para de nuevo correr al vertedero, y una vez más, mi amor, poder salvarte, amarte, odiarte y arrojarte.

Carmela Greciet

3.151 – Blanco y negro

ernesto ortega   El día que repusieron “Casablanca” en el cine de verano hacía tanto viento que a Humphrey Bogart se le voló el sombrero y fue a parar a la fila siete, justo en mis rodillas. No pude evitar ponérmelo. Cuando terminó la película el cielo se había vuelto gris. Un hombre que se ocultaba entre las sombras me sonrió. Llovía y por alguna ventana se escapaban las notas de un piano. Una chica me pidió fuego. Yo no fumaba, pero me entraron unas ganas irresistibles de encenderme un pitillo y llamarla muñeca. Desapareció en un Austin blanco. Paré un taxi y dije: “Rápido. ¡Siga a ese coche!”, pero la perdí. Al llegar a casa una mujer me esperaba sentada en el sofá con un vestido negro. Me quité el sombrero y lo dejé sobre la mesa. Cuando iba a besarla, me dijo: “Venga, cámbiate, que llegamos tarde a la cena”, y todo recuperó su aburrido color original.

Ernesto Ortega
Microenciclopedia ilustrada del amor y el desamor, Talentura, Madrid, 2016

3.144 – Justo castigo

ADOLFOBIOYCASARES300  Los demonios me contaron que hay un infierno para todos los sentimentales y los pedantes. Ahí los abandonan en un interminable palacio, más vacío que lleno, y sin ventanas. Los condenados lo recorren como si buscaran algo y, ya se sabe, al rato empiezan a decir que el mayor tormento consiste en no participar de la visión de Dios, que el dolor moral es más vivo que el físico, etcétera. Entonces los demonios los echan al mar de fuego, de donde nadie los sacará nunca.

Adolfo Bioy Casares

3.137 – El huésped

ximena-rubio-del-valle  Cansada de encontrarlo al acecho, esperando el menor descanso para abordarme, el mínimo descuido para iniciar el asalto, la más leve pausa para dejarme en pedazos, resolví matarlo.
Disparé hacia donde confluyen los ríos sobre los que él navega; cerré las tomas de aire; corté con navaja todas las vertientes que alimentan su mundo; ahorqué cada uno de los instantes que vivimos juntos; desintegré las partículas de pasión que formaban remolinos de ausencia, y cuando finalmente miré dentro de mí, lo vi al fondo, disfrazado de burla, danzando con sus propias carcajadas.

Ximena Rubio del Valle

3.130 – Un marido

alonso-ibarrola2-300x200  Soy enemigo de la injusticia. Me lo repito todos los días ante el espejo, en el cuarto de baño. Mi protesta ante una situación injusta no tiene límites… Perdón, los tiene. Lo admito noblemente, no soy capaz de arrodillarme en medio de la calle, rociarme con gasolina y prenderme fuego. Soy tímido, vergonzoso y mis alaridos de terror provocarían ciertamente la atención de todos. No me gusta llamar la atención. Hay otras maneras y otras formas. “Clic”, la radio no deja de hablar. Resulta más difícil hacer lo mismo con el televisor. Mi familia protesta. Y entonces ¿qué puede hacer uno? Un amigo mío no soporta que nadie le contradiga. Su negativa la respalda con violentos puñetazos en la mesa, estrella botellas, vasos y platos contra la pared. ¿Sería yo capaz de hacer lo mismo?, me dije un día. ¿Por qué no? Y estrellé una jarra contra la pared. Estábamos todos sentados, ocupando un tresillo y el locutor decía estupideces. Hecha añicos, los cristales se esparcieron por la habitación. “¡Recoge!”, dijo ella, con voz seca y autoritaria. No tuvo la más mínima consideración hacia mi persona, hacia mi dignidad de padre. Delante de nuestros hijos tuve que recoger, uno por uno, todos los trozos de la jarra, arrodillado… Al estirar el brazo para recoger un trozo de cristal alejado, mi hija protestó: “Papá, agacha la cabeza que no me dejas ver…”.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.123 – Conga

Ruben Abella  Es sábado de Carnaval.
Delfín y Eloísa se disfrazan de Mazinger Z y Afrodita A y van a divertirse a Las Vistillas.
Bailan. Ríen. Beben. Cantan.
Arrastrados por el bullicio, se unen a congas distintas y se pierden el rastro. Siguen la fiesta cada uno por su lado, hasta que, pasada la medianoche, vuelven a encontrarse en el Tinto Bar.
—Vamos a casa, diosa mía —dice Delfín, con la voz hecha deseo.
Por el camino se abrazan, se acarician, se besan. Están tan ansiosos, que al llegar caen enredados en la cama y hacen el amor sin quitarse los disfraces.
Por la mañana a Delfín lo despierta el ruido de las llaves hurgando en la cerradura. En la mitad vacía del lecho hay una nota con un número de teléfono y un mensaje: «Llámame cuando quieras. Por cierto, me llamo Bárbara».

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

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3.116 – Tormento de un marido engañado

MarcoDenevi34   Palacio real de Tebas. Medianoche. Alcmena, desvelada, mira el cielo raso del dormitorio. Su marido, Anfitrión, anda lejos, guerreando con el enemigo de turno.
Lenta, silenciosa, la puerta se abre y aparece Anfitrión. Bien, no es Anfitrión, es Júpiter que ha tomado la figura de Anfitrión. En ayunas de la superchería, Alcmena se levanta, corre a abrazarlo.
—¡Has vuelto! Señal de que terminó la guerra.
—La guerra no terminó —dice él mientras se despoja del uniforme—. Me tomé unas horas de licencia para estar contigo. Pero al amanecer debo irme.
—¡Qué gentil eres! —gorjea Alcmena.
—Basta de conversación. Vayamos a la cama.
Júpiter es un dios, el más libertino de todos y el más sabio en cuestiones amatorias. Cuando a la madrugada se despide, Alcmena no lo saluda porque todavía boga, sonámbula, por el río de la voluptuosidad.
Se comprende que el verdadero Anfitrión, a su regreso, sufra: por más que se empeñe en complacer a Alcmena, ella tendrá el rostro siempre crispado en un rictus de nostalgia y de melancolía.
Cualquier otra mujer, en su lugar, se habría mostrado exigente y después desdeñosa, y recordando los esplendores de la noche jupiterina le habría gritado finalmente a Anfitrión: «Ya veo. Se te agotó pronto el vigor».
Pero Alcmena es una criatura delicada y honesta que hasta el fin de sus días atormentará a Anfitrión con aquel triste semblante de esposa defraudada.

Marco Denevi

3.109 – En Suiza

alonso ibarrola  Era una residencia cara y de prestigio. Quizá la más cara y la de mayor prestigio de Suiza. Todos los hijos de las familias más notorias de Europa recibían, en la misma, educación e instrucción. A su servicio figuraban un crecido número de sirvientes de ambos sexos, en su mayoría extranjeros. El último de los contratados, un joven turco de famélica figura, se esforzaba por agradar a la Dirección y complacer a los educandos. Limpiaba los retretes, servía los desayunos, recogía las pelotas con destreza en las pistas de tenis, llevaba los cestillos con provisiones en las excursiones por la montaña (a la hora del yantar se alejaba discretamente de los grupos y comía en solitario sus bocadillos), etcétera. Un día, en la clase de equitación, al estar uno de los caballos enfermo, como quiera que una niña de ojos azules y cabellos rubios se pusiera a berrear, al ver que quedaba en tierra y sus compañeros se alejaban en sus monturas, se ofreció a llevarla sobre sus hombros. La niña se divirtió mucho. El joven turco extenuado no pudo al día siguiente servir los desayunos.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/