3.237 – A veinte mil leguas de mi casa

Paz Monserrat Revillo   Es verdad que últimamente resultaba cada vez más complicado encontrar las llaves. Siempre enredadas en una maraña de monedas, bolígrafos, protectores labiales o envoltorios de caramelos… por pequeño que fuera el bolso. Pero hasta hoy nunca pensé que el gesto previo a abrir una puerta pudiera convertirse en un acto temerario.
Ha ocurrido hace una hora, al regresar del trabajo. Mi mano se ha sumergido, impaciente, en el bolso grande. En su descenso ha atravesado la zona superficial de las libretas y la cartera hinchada de resguardos, ha rozado con el dorso la espiral de la agenda y la caja de tiritas, y al llegar al fondo ha palpado unas cuantas monedas sueltas.Ha continuado indagando, las llaves no podían estar muy lejos. En las inmediaciones, un ánfora tapizada de poliquetos y un cofre oxidado que servía de refugio a un pulpo. Unos cuantos pececillos se han sorprendido al unísono al escarbar en la cueva del rincón, donde los rugosos corales le han propinado un arañazo en el pulgar.
Tan ensimismada estaba la mano en sus hallazgos abisales, que la tremenda descarga eléctrica le ha pillado desprevenida. Ha emergido disparada hacia la superficie, enredándose por un momento en unas extrañas cintas pardas.
Y aquí estoy yo. Sin aliento. Sentada en el rellano de la escalera. Mirando a mi bolso de reojo, y esperando que algún otro miembro de la familia se digne a volver a casa de una vez.

Paz Montserrat Revillo

3.230 – Mi esquizofrenia

armando_jose_sequera   Mi esquizofrenia va de mal en peor: mi segunda personalidad dice que, como no se lleva bien con la primera, se aliará con la tercera para mitigar su soledad. La primera, entretanto, alega que, por más esfuerzos que hace, no logra congeniar con la segunda, razón por la cual formará alianza con la cuarta, habida cuenta de que si la tercera se lleva bien con la segunda, es imposible que se lleve bien con ella. Afortunadamente, me he podido mantener al margen de esta absurda disputa y no he sido involucrado en lo que, a todas luces, es una malsana maraña de incomprensiones.

Armando José Sequera
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010

3.223 – Sirvieron a la mesa …

ESTEBAN DE GARIBAY   Sirvieron a la mesa del señor unos peces pequeños a un fraile, y al señor, grandes. Estaba a la mesa un fraile, y no hacía más que tomar de los peces chicos y ponellos al oído y echallos debajo de la mesa. El señor miró en ello y díjole:
—Padre, ¿huelen mal esos peces?
Respondió:
—No, señor; sino que pasando mi padre un río, se ahogó, y preguntábales si se habían hallado a la muerte de mi padre. Ellos me respondieron que eran muy pequeños; que no, que esos de vuestra señoría, que eran mayores, podría ser que se hubiesen hallado.
Entendido por el señor, diole de los peces grandes, diciéndole:
—Tome, y pregúnteles la muerte de su padre.

Esteban de Garibay
(Mondragón 1525-1599) Cuentecillos para el viaje.Ed. Popular-2011

3.216 – Todo está en tu imaginación

Miguel Angel molina2   «Cariño, antes de que vuelva papá debes recordar que nada de lo que crees haber visto o escuchado es verdad. Aquí no ha pasado nada. Todo está en tu imaginación». Cuando la madre se aleja, convencida de haber dejado las cosas claras, el niño se queda apenado pensando en el vecino que acaba de marcharse. Le da miedo pensar qué ha podido hacerle su mamá a ese señor. Cree que no debe ser nada bueno, porque tras marcharse ella acaba de repetirle las mismas palabras que a él le dice su papá cuando cada noche sale de su habitación.

 Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ed. Baile del Sol. 2016

3.209 – La obra maestra

yunque_alvaro   El mono tomó un tronco de árbol, lo subió hasta el más alto pico de una sierra, lo dejó allí, y cuando bajó al llano, explicó a los demás animales:
—¿Ven aquello que está allá? ¡Es una estatua, una obra maestra! La hice yo.
Y los animales, mirando aquello que veían allá en lo alto, sin distinguir bien qué fuere, comenzaron a repetir que aquello era una obra maestra. Y todos admiraron al mono como a un gran artista. Todos menos el cóndor, porque el cóndor era el único que podía volar hasta el pico de la sierra y ver que aquello sólo era un viejo tronco de árbol. Dijo a muchos lo que había visto, pero ninguno creyó al cóndor, porque es natural en el ser que camina no creer al que vuela.

Álvaro Yunque
 Animalía

3.202 – Pandora

Lilian Elphick4    La caja es de madera de pino sin barnizar, como un ataúd en el muro de los lamentos. Es ahí donde habito. Me he acostumbrado a las rendijas por donde entra luz, a las astillas que me recuerdan que estoy viva, al silencio de la noche y a la algarabía del día. Hasta ahora, nadie ha tratado de forzar la cerradura de la caja, es tan inofensivo su rectangular deseo. A veces, alguien la levanta, pero teme males y desgracias, y la deja en el suelo como una piedra o una carta rota en varios pedazos. Ya no me molestan los viajes de la caja. Soy errante y callo. Me llevan en manos especialistas, y luego de un rato concluyen: no hay bomba. Vuelvo al bosque o a un tarro de basura. El mundo olvida rápido; pasará poco tiempo y la caja no estará en sus sueños, ni siquiera en los míos.

Lilian Elphick
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

3.195 – El sentenciado a diez muertes

ramon g de la serna    Aquel hombre vagabundo que había dado la vuelta a la tierra volvió un día a su ciudad. En su ciudad la policía le preguntó cómo se llamaba, pero él no se acordaba de eso, él, distraído con todas las cosas que merecían su atención, había olvidado eso.
Entonces le metieron en la cárcel, le empapelaron, y después que se acabaron todas las diligencias le sentenciaron diez veces a la pena de muerte por diez delitos misteriosos de los que no se había encontrado al autor, y le mataron una sola vez, pero de un modo definitivo, porque no podía hacerse otra cosa. Él, el pobre hombre que no había cometido ninguno de los delitos que se le imputaban, hasta se arrepintió al final. La Justicia respiró, porque, si bien sólo había matado al infeliz buen hombre «que no se acordaba de sus apellidos», había logrado dar solución a aquellos crímenes que no podían quedar sin castigo y había dado su verdad al axioma de que «la Justicia tarde o temprano triunfa».

Ramón Gómez de la Serna
Antología del microrelato español.Ed. Cátedra. 2012

3.188 – Juego de damas

federico-garcia-lorca-2   Las cinco damas de una corte llena de color y poesía, enamoradas las cinco de un joven misterioso que ha llegado a ella de lejanas tierras. Lo rondan, lo cercan y se ocultan mutuamente su amor. Pero el joven no les hace caso. El joven pasea el jardín enamorando a la hija del jardinero, joven con la piel tostada y de ninguna belleza, aunque sin fealdad, desde luego. Las otras damas lo rondan y averiguan de qué se trata e, indignadas, tratan de matar a la joven tostada, pero cuando llegan ya está ella muerta con la cara sonriente y llena de luz y aroma exquisito. Sobre un banco del jardín encuentran una mariposa que sale volando y las ropas del joven.

Federico García Lorca
Antología del microrelato español.Ed. Cátedra. 2012

3.181 – Tormenta de azúcar

DiegoGolombek   Le traen el capuccino en un jarrito de vidrio; ella debe estar por llegar en cualquier momento. Él siempre pide el café en vaso, para verlo, para descubrir sus colores, su textura homogénea, su calor. Con el capuccino la espera se le hace menos terrible, y puede imaginar cómo vendrá vestida, cómo será la sonrisa que le dedicará apenas traspuesta la puerta del bar, qué tendrá para contarle. Pone su cabeza a la altura del jarrito y en un solo movimiento abre dos sobres de azúcar y los deja caer desde lo alto, esperando ver cómo penetran el capuccino marrón, grano a grano, como una pequeña revolución centrífuga en un apacible reino color café. Ella seguramente usará sacarina, piensa mientras el azúcar va cayendo por las paredes del jarrito como una lluvia, y él revuelve con la cucharita hasta lograr que la lluvia se convierta en una verdadera tormenta que puede mirar como a través de las paredes de una pecera, granos de azúcar que suben a cada giro y se empecinan en hundirse cuando deja de revolver. Se sorprende pensándose un poco así, un poco tormentoso y obligándose a levantarse a cada sacudida, para después dejarse caer sin nadar, caer hasta el fondo cuando descubre que no vale la pena la superficie, que siempre la corriente lo ata como una piedra. Saborea el último sorbo del capuccino y se convence de que ella no vendrá, como tantas otras tardes, como siempre, como la tormenta que ya pasó y ahora es calma, espantosamente calma. Paga y sale con pasos resignados a la calle en donde todavía brilla el último sol de la tarde.
Diez minutos después ella entra por la puerta y lo busca con la mirada, agitada por la tardanza de siempre, de todas las citas y todas las tardes, y se sienta a esperarlo.

Diego Golombek
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

3.174 – Espectros

shua (3)   Si los fantasmas se esconden a tu paso con temblores de sábana, si los esqueletos vuelven a zambullirse de un salto en sus propias tumbas, no te jactes, amigo. Nunca te jactes de asustar a los espectros. Las muecas de terror con que se apartan de tu camino no son más que simulacros con los que pretenden hacerte creer que todavía estás vivo.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009