De la oftalmología

eugenio mandrini Él era uno de esos predestinados que ven más allá. No desde el balcón de los dioses, sino desde aquí, desde este lugar común llamado Tierra.
Él, como ejemplo, veía el dolor (para ser más preciso: el temblor) del bosque cuando al amanecer los pájaros lo abandonan para entrar en el aire.
También, al encenderse la luz, él veía cómo las sombras se contorsionaban (en realidad, se resistían) en ese fugaz y fulminante instante antes de desaparecer.
Y si, por caso, en el horizonte aparecía una veladura, él, de una sola mirada, sabía si aquello era un remolino de niebla, la polvareda de una estampida, una invasión enemiga o un espejismo.
Hasta llegó a ver, cierta vez, frente al espejo, el lento trazado de un lápiz invisible, o dicho de otro modo, el nacimiento de una arruga.
Y sin embargo no vio llegar al dulce animal amargo del amor, y eso que este animal, antes de dar el salto y atraparlo, lo miró hondo a los ojos.
Eugenio Mandrini

Todo tan secreto

ccastan En todos los entierros hay un desconocido, alguien de aire grave en quien nadie se fija demasiado, que no es de la familia y permanece todo el tiempo con las manos atrás. Siempre me había preguntado por estos seres, de dónde salían, cuál sería su vida. En los viejos álbumes de fotos de la casa de Ágata los encontré a todos retratados, uno por uno, adheridos a aquellas páginas negras. Muchas veces iba a verla. Yo era joven, ella no. Y además estaba enferma, pero su pelo olía siempre a pétalos morados y la casa entera tenía el perfume de los libros salvados de un incendio. Todo ese verano fue mi oasis de sombra. Nos acostábamos en una alcoba oscura y luego ella preparaba café. Me gustaba ir allí, era todo tan secreto… Por las ventanas, a través de una maraña de ramas muertas, podía divisarse toda una posguerra detenida. Apenas hablaba, Ágata. Me enseñaba tesoros que escondía en los cajones de sus mil armarios: óleos diminutos, soldados de oro, azucareros chinos, pero sobre todo aquellas fotografías de desconocidos.
Era todo tan secreto que cuando murió nadie pudo decirme nada, y una tarde en que fui a verla a principios del otoño me encontré en el patio de la casa con una mesita de faldas negras llena de condolencias y tarjetas de visita con una esquina doblada. Me esforcé en sentir dolor, pero la sorpresa y el deseo reventado como un globo pesaban de momento mucho más.
Tras dudar un poco, decidí subir al velatorio. Quise ser el desconocido de turno en ese entierro, quizá porque estuve seguro de repente que, de ese modo, por un extraño mecanismo que nunca perseguí entender, mi imagen pasaría a formar parte de aquellos álbumes oscuros en la estantería de la sala, como una mariposa muerta. Y mi alma entonces, o algo parecido, se quedaría a descansar para siempre cerca de la alcoba, en aquella penumbra fresca con olor a agua de rosas.
A veces notaba cómo alguno de los familiares de Ágata me miraba de reojo, pero nadie se decidió a hacerme preguntas, de manera que toda la tarde pude permanecer allí, como un centinela que guarda los restos de un general acribillado, con aire grave, los ojos llorosos, las manos atrás.
Carlos Castán

Asignaturas afines – Iniciación a la informática: Google o el tiempo circular

pilar_galan22 Era lo primero que hacían. Buscarse en Google, teclear su nombre y reírse de lo que leían. Había quien no aparecía siquiera, otros tenían más de doce mil entradas. Se gritaban unos a otros las coincidencias.
Escribían sus apellidos al lado de famosos actores pomo. Al final. las carcajadas acababan por molestar al profesor de al lado.
Él no lo había hecho nunca. Ni en la carrera. La informática era una cosa demasiado seria para andar jugando. Por eso seguía sin entender muy bien cómo había llegado a dar clase, a intentar desentrañar los misterios del lenguaje codificado junto a esos cafres.
Esa noche, en la soledad de su piso alquilado, muerto de frío y aburrimiento, tecleó su nombre en el buscador, casi como una rendición. Aparecieron más de trece mil entradas. Como profesor, como egiptólogo, como chef en París. Abría compulsivamente cada una de ellas, se empapaba de lo que iba leyendo.
Esa madrugada conoció la pena capital de un recluso con su nombre, la vacuna inventada por un sudamericano homónimo, las proezas sexuales de otro, el rostro juvenil de un especialista en cirugía estética.
Al amanecer había perdido la cuenta de todas las vidas que había desperdiciado en el intento. Desde entonces le andan buscando.
Pilar Galán

El sistema / 1

eduardo galeano35 Los funcionarios no funcionan.
Los políticos hablan pero no dicen.
Los votantes votan pero no eligen.
Los medios de información desinforman.
Los centros de enseñanza enseñan a ignorar.
Los jueces condenan a las víctimas.
Los militares están en guerra contra sus compatriotas.
Los policías no combaten los crímenes, porque están ocupados en cometerlos.
Las bancarrotas se socializan, las ganancias se privatizan.
Es más libre el dinero que la gente.
La gente está al servicio de las cosas.

Eduardo Galeano

El Incrédulo

pedro-orgambide Mienten los que dicen que Emiliano  Zapata vive todavía. ¡Ni modo, mano, está muerto y bien muerto! ¡Si yo fui uno de los que lo mató! Mienten los que dicen que anda en un caballo blanco por el desierto de Arabia. Puros cuentos, cotorreo de esos viejos que se llenan la cabeza de pulque, de sueños y de pájaros. Se lo digo yo: está muerto. A mí no me falla la memoria ni la puntería. Si ahorita, de un balazo, puedo acabar con el vuelo de un zopilote de las sierras. Esto de que Emiliano vive es cuento, señor, toda esa historia del caballo blanco…
Así dijo el viejo. Sólo que aquella noche, el incrédulo, vio bajar de las sierras al caballo blanco y su jinete. Sacó su pistola. Pero tarde. El jinete le disparó su 30-30. Se desparramaron en la tierra los pensamientos del incrédulo. Fue así como murió don Buenaventura Salazar, según dicen.
Pedro Orgambide

Ulises (REPETIDO 9/06/2015)

jj millas3 Cada español vio el año pasado una media de 22.000 anuncios. Así que a simple vista, sin echar mano de la calculadora, es como si nos fusilaran 2.000 veces al mes, unas 60 al día. Cruzas por delante de la tele para rescatar de los suburbios de la librería un libro de poemas y recibes seis ráfagas o siete que te dejan en el sitio, aunque tus deudos no lo adviertan: también ellos han sido ejecutados varias veces desde que se levantaran de la cama. Con el libro en la mano vuelves sobre tus pasos, y mientras abandonas la habitación decidido a no volver la vista a la pantalla, el electrodoméstico continúa ametrallándote a traición no para que caigas, no es tan malo, sino para que, verticalmente muerto, salgas a la calle a comprar una colonia, un coche, unas gafas de sol, un cursillo de inglés, una hipoteca o una caja de compresas extrafinas y aladas congeladas para amortizar la inversión del microondas.
Ya en la parada del autobús abres el libro y tropiezas, lo que son las casualidades de la vida, con unos versos de Ángel González que se refieren a los reclamos publicitarios de la civilización de la opulencia: «No menos dulces fueron las canciones / que tentaron a Ulises en el curso / de su desesperante singladura, / pero iba atado al palo de la nave, / y la marinería, ensordecida / de forma artificial, / al no poder oír mantuvo el rumbo».
Si miras alrededor, verás otros Ulises atados, como tú, al palo de un libro. Sólo que esto es un autobús y no una nave, y que en lugar de regresar a Ítaca vuelves a la oficina. Cómo no caer, aunque sea un instante, en la tentación de escuchar lo que dice la sirena de Calvin Klein, de Mango, o de Winston, que te susurra al oído obscenidades cancerígenas. Veintidós mil anuncios, 2000 al mes, unos 60 al día. No hay héroe capaz de resistirlos ni Penélope que lo aguante. Estamos listos.

Juan José Millás

En el avión

ana maria shua 12 Hace calor, estamos atados a nuestros asientos, no hay espacio para extender las piernas. Esperamos, contra toda lógica, que el avión levante vuelo, confiamos como niños en que la pesadísima construcción de acero correrá locamente por la pista hasta echarse a volar. Sólo los desconfiados, los intensos, los verdaderamente adultos somos capaces de ver la figura del enorme pájaro rock que toma el avión entre sus garras y nos eleva sobre las nubes de una manera tanto más razonable, más explicable, más sensata.

Ana María Shua

La aventura

alonso-Ibarrola2 Sonó el teléfono de mi despacho. Era Ana. Me causó gran extrañeza porque jamás me había requerido directamente para nada. Era su marido quien trataba siempre conmigo. Una amistad íntima, fraterna, surgida hacía muchos años, que su posterior matrimonio no truncó ni enfrió. Ana estaba nerviosa, excitada… y yo no supe detenerla a tiempo. Tenía necesidad de desahogarse con alguien. Eso supuse al oír las primeras frases. Luego, la confesión, de improviso, se tornó más íntima, más personal, más alusiva, más directa… ¿Estaba loca? Con cuatro hijos a su cuidado v me proponía una huída… «¡Compréndelo, Ana! No es posible…». Pero Ana no quiso comprender nada y colgó. Aquella misma tarde hablé con su marido, le conté todo v no pareció sorprenderse. «Escucha -me dijo-, ¿por qué no aceptas?». Mi asombro fue tan grande que no pude replicar ni decir nada… «Pero si…». Él insistió: «Escúchame con calma. No dramaticemos. Ella necesita una aventura, un escape… Está harta de mí, del hogar, de los hijos… Sus nervios están deshechos. Tú eres mi mejor amigo, tengo confianza en ti… Si no fuera así no me atrevería a decirte que, por supuesto, todos los gastos que ocasione vuestro viaje… -por cierto, ¿a dónde iríais?- los pagaría yo… ¿Qué me dices a esto?». «No sé -balbucí-. Tendré que consultarlo con mi mujer..».

Alonso Ibarrola

Todos a cien

Luis-Suarez – Trama, trama, de alta cuna de baja cama…
– ¿No era dama, dama?
– Puede ser, yo es que era más de Serrat que de Cecilia.
Carlos Francisco pagó la cuenta y le dijo a su amigo que graves asuntos de Estado le reclamaban. Salió del bar y subió para arriba. Así pueden identificar a Carlos Francisco como español, pues sólo los españoles suben para arriba. Subió para arriba y llegó a un Todo a 100. Entró. Le atendió una china de edad indefinida. Igual que los españoles suben para arriba, los chinos tienen todos edad indefinida.
– Vengo a que me pongan a cien.
– ¿Cómo, señol?
– Que vengo a que me pongan a cien. Lo dice fuera en su cartel: Todos a cien.
– ¿Cómo, señol?
Carlos Francisco salió para afuera (recuerden, era español) y le mostró a la china el cartel: Todos a 100.
– Mírelo. Todos a 100. No, Todo a 100. Todos a 100. Quiero ejercer mi derecho como cliente y que me pongan a cien.
La china pareció entender. Le cogió de la mano y entraron. No para dentro, porque iba delante la china. Le bajó los pantalones y le metió por el primer orificio que encontró por la zona, unas bolas chinas. Bolas chinas rellenas de curaré, pero chino. Explotaron al poco tiempo en el interior de dentro de Carlos Francisco. Murió en el acto. Carlos Francisco nunca podría tener una edad indefinida como la china. Murió de bolas chinas a 100. La china de edad indefinida le puso en el escaparate con los pantalones bajados y un hilito saliendo del único orificio próximo a la zona. Por supuesto le puso a 100. El cartel con el precio, que colgó del hilito, así lo indicó.
Luis Suárez