Matemáticas

enrique del acebo El uno se encontró con el otro, y se alegraron: eran dos para contarse. Llegó luego otro más, y los tres se hicieron amigos. Más de la cuenta.
Dos por tres se veían, los seis de cada mes. Ese día -6, infaltable cita- los tres se multiplicaban por agradarse mutuamente, contándose innumerables cosas hasta bien entradas las 18.
Pero una vez, en el habitual lugar de encuentro, se les sumaron otros y otros y otros más. Llegaron a ser mil y una noche fue cuando se convirtieron, para siempre, en cuento.

Enrique del Acebo Ibáñez

Un matrimonio

 Ella, ex mucama. El, ex chofer. Gente responsable, trabajadora. Se casaron hace muchos años. El ha conseguido un puesto de ordenanza en un ministerio. Esto les parece una canonjía. Tienen su casa. Podrían ser modestamente felices. «Voy a quitarme los anteojos», me dice ella, que ha venido a visitarme. «Sin los anteojos no veo nada.» Me habla de sus males, de sus desdichas de su marido. «Antonio es muy atento, es bueno con todos, pero conmigo no. Su hermana, que maneja una casa de mujeres, le calienta la cabeza. Y lo peor es que a él, con ese modo, ¿quién le resiste?
Las propias personas de mi familia se han puesto de su lado. Todos me hacen morisquetas. Antonio rompe mis vestidos -¡tiene una uñas!-, rompe mis anteojos, rompe la bolsa que llevo al mercado.
Si traigo del mercado tres bifes, uno desaparece. Antonio lo ha tirado. Si me alejo de la cocina un instante, la comida se estropea: Antonio ha puesto un pedazo de jabón en el guiso. Quiere que me vaya. Quiere echarme. Quiere que trabaje de sirvienta para las mujeres de la casa de su hermana. Pero yo no estoy dispuesta a perder mi casa. Es tan mía como suya. Antonio siempre inventa algo nuevo. Pone unos polvitos en la bolsa del mercado. Si la abro del lado izquierdo, me llora el ojo izquierdo. Espolvorea mí ropa tal vez con telas de cebolla, para que me lloren los ojos y quede ciega. Cualquier cosa puedo tolerar, menos quedarme ciega. Dice que vaya a la comisaría, que nunca le probaré nada. »
Está loca. La enloquecieron el marido y la cuñada. Casi todo lo, que dice es verdad.
Adolfo Bioy Casares

Ileso

alonso-ibarrola2-300x200 El autobús cayó, repleto de pasajeros, por un precipicio al perder su conductor el control del volante. Se hundió en las frías aguas de un torrente y pasaron varios días hasta que todos los cadáveres pudieron ser recuperados. En total: ciento cinco muertos v un superviviente que, milagrosamente, se salvó al ser despedido violentamente del autobús en el primer encontronazo. Un periodista le hizo una entrevista, la gente le felicitaba por su suerte v una «nueva vida se abría ante él…». Esto lo dijo el cura de su parroquia en la plática de la misa que su mujer ofreció en acción de gracias. Pasaron los meses, siguió trabajando en su modesto puesto de funcionario v murió, años más tarde, tras una larga y cruel enfermedad, lamentando su mala suerte.
Alonso Ibarrola

Cerco a la bella durmiente

angel olgoso 2 El príncipe se inclina sobre el lecho adornado con flores y besa a la Bella Durmiente, pero la princesa no se despierta. Es posible que a) tenga el sueño muy, muy pesado; b) no sea la auténtica Bella Durmiente; c) él sea un impostor de mirada tierna en horas bajas, incapaz ya de despertar a una doncella tras otra; d) advertida por sus lecturas de cuentos populares, la Bella Durmiente se niegue a entregarse al primer príncipe que la roce con los labios; e) el huso que pinchó su dedo estuviese emponzoñado a conciencia; f) el príncipe no haya besado a la princesa en el punto propicio acordado por la tradición; g) la Bella Durmiente, dada su aristocrática condición, considere procaz e indigna la actitud del príncipe al no haber sido debidamente presentados; h) simule estar dormida al entrever el horrible aspecto del príncipe; i) la princesa, de naturaleza escasamente virtuosa, necesite algo más que un simple y casto beso para ser despertada; j) el hada benévola intente así evitarles la crueldad de vivir juntos hasta la muerte, y k) cuando el príncipe acertó a pasar cerca del palacio encantado y atravesó el espinoso seto de escaramujos, no habían transcurrido aún los cien años prescritos ni llegado, por tanto, el día en que la Bella Durmiente tenía que despertar, lo que obligará al torpe príncipe a esperar aquí dos, quince, treinta y ocho años más.

Ángel Olgoso

El incendio imposible

daniel moyano El incendio que por razón aún desconocida se declaró en el Cuerpo de Bomberos no pudo ser sofocado debido a que al personal, sin experiencia de un hecho semejante, le pareció que, aunque tenían el fuego ante los ojos, este era imposible en razón de la naturaleza del cuerpo y de su función.
Entonces, mientras la alarma sonaba enloquecida, se quedaron de brazos cruzados hasta ser consumidos por llamas gigantescas.
La no existencia, por definición, de bomberos para bomberos favoreció notablemente el desarrollo del evento.

Daniel Moyano

Falta de reflejos

carmen peire No te escaparás tan rápido, me dijo desde fuera impidiendo la salida.
No despertarás tan pronto, me dijo desde dentro anulando mi sueño.
No te saldrás con la tuya, dijo desde arriba con su bota en mi garganta.
No sabrás el suelo que pisas, gritó desde abajo removiendo mis cimientos.
Cuando quise enfrentarme, estaba rodeado.

Carmen Peire

Ulises

angel olgoso 2 Yo, el paciente y sagaz Ulises, famoso por su lanza, urdidor de engaños, nunca abandoné Troya. Por nada del mundo hubiese regresado a Ítaca. Mis hombres hicieron causa común y ayudamos a reconstruir las anchas calles y las dobles murallas hasta que aquella ciudad arrasada, nuevamente populosa y próspera, volvió a dominar la entrada del Helesponto. Y en las largas noches imaginábamos viajes en una cóncava nave, hazañas, peligros, naufragios, seres fabulosos, pruebas de lealtad, sangrientas venganzas que la Aurora de rosáceos dedos dispersaba después. Cuando el bardo ciego de Quíos, un tal Hornero, cantó aquellas aventuras con el énfasis adecuado, en hexámetros dáctilos, persuadió al mundo de la supuesta veracidad de nuestros cuentos. Su versión, por así decirlo, es hoy sobradamente conocida. Pero las cosas no sucedieron de tal modo. Remiso a volver junto a mi familia, sin nostalgia alguna tras tantos años de asedio, me entregué a las dulzuras de las troyanas de níveos brazos, ustedes entienden, y mi descendencia actual supera a la del rey Príamo. Con seguridad tildarán mi proceder de cobarde, deshonesto e inhumano: no conocen a Penélope.

Ángel Olgoso