Paz

soldados La Muerte soñó que se moría. Se despertó tan asustada que decidió quedarse en cama todo el día. Los soldados –en cientos de frentes de batalla– aprovecharon la pacífica jornada para aceitar sus fusiles.

Víctor del Val

Fidelidad

Marco Denevi3 Finalizada la Odisea, que había durado veinte años, el feroz guerrero Drímaco regresó a su hogar y allí se pilló una rabieta porque su mujer, mientras tanto, había tenido, según un mito recogido por el poeta Calistágoras, veinte hijos.
Pero ella le explicó: habiéndole suplicado a Eros poder quedar embarazada con sólo pensar en el marido ausente, el dios le había concedido esa gracia.
«Si no tuve más hijos», agregó, «no es porque haya dejado de pensar en ti todo el tiempo sino porque cada embarazo me llevó nueve meses y aún diez».
Según Calistágoras, las malas lenguas murmuraban que, de no ser así, habría podido parir siete mil hijos.

Marco Denevi

La cueva

Ana MAria mopty Siempre sueño que en las noches, con femenina gracia, se desliza descalza hasta mi lecho. Me murmura complaciente y cómplice. Yo la busco con mis manos sin tocarla, siempre en la cueva, cuando la noche va extinguiendo una estrella que persiste.
Cada día es igual, cuando amanece y el mar grita:
-Ulises.
-Penélope -grito yo, estremeciéndome.

Ana María Mopty de Kiorcheff

Una casa con diez pinos

martin gardella La casa de campo luce encantadora entre la arboleda. El humo tenue brotando por la chimenea permite adivinar el clima ideal de su interior, contrastante con el frío invierno sureño que la rodea. Los chispazos de la leña encendida debajo de una burbujeante cacerola de hierro le otorgan al ambiente esa calidez perfecta que se observa desde el exterior. Una mujer camina con un plato de guiso caliente en su mano. Recorre el camino del pinar con una libertad envidiable. Ella es bondadosa y muy buena cocinera. Sale al encuentro de un hombre delgado que la espera hambriento debajo de uno de los pinos. Ella se acerca, pone el plato de comida sobre sus piernas y lo alimenta con generosidad. Él agradece estar vivo para seguir disfrutando aquellos manjares cada día, bajo la sombra de aquel árbol al que fue encadenado hace unos meses, hasta que logre pagar por esos tontos errores que cometió.

Martín Gardella

En el avión

alonso-Ibarrola2 El avión de la línea regular volaba repleto de pasajeros. Era un vuelo con escalas previstas… Por lo menos, así lo creyó cuando montó. Se llevó una gran sorpresa al enterarse por la azafata de que, dado que era el único pasajero con billete para Wichita, el avión (evidentemente con la intención de ahorrar combustible) no haría escala… «Se precisa un mínimo de dos pasajeros», le aclaró la azafata v le tendió el paracaídas, que utilizaban para estos casos. Atemorizado sugirió la posibilidad de continuar el vuelo. Se le informó que podía hacerlo, pero abonando un suplemento. Ante esta perspectiva se dejó enfundar dócilmente el paracaídas. Los demás pasajeros no prestaban la más mínima atención a la conversación. Leían, dormían, charlaban. Parecían estar habituados a estos preparativos. Cruzaron el pasillo y llegaron a la portezuela trasera del avión. Un rótulo decía: «Salida de emergencia». La azafata, mientras abría la misma, indicó al pasajero una anilla que le colgaba del paracaídas: «Tire de ella una vez que haya contado hasta diez». Y empujó al vacío al aterrorizado pasajero. Su cadáver, naturalmente destrozado, lo encontraron una semana más tarde. Se armó un pequeño escándalo y la Compañía se avino a mejorar el dispositivo de los paracaídas utilizados en estos casos.

Alonso Ibarrola

La compra

alejandra diaz ortiz4 Aquellos dos no se miraron por primera vez en la barra del bar del barrio. Fue en la mercería, cuando ella pidió hilo color fucsia y a él le llamó la atención el color de su pelo.
La segunda vez coincidieron en la panadería: una baguette y una chapata, para cada uno. Eso le gustó a ella. Para la tercera, el carnicero fue el culpable: entre cuarto y mitad de morcillo y dos chuletones les nació el amor. Diez años después se habían vuelto vegetarianos. Según dicen las malas lenguas, el frutero tenía algo que ver…

Alejandra Díaz -Ortiz

Vicisitudes del texto

david_lagmanovich_jmv Una noche el texto se removió con furia, y las contorsiones hicieron cambiar su equilibrio interno. Los párrafos se alteraron, muchos diacríticos sollozaron con desesperación, y el interlineado comenzó a expandirse, víctima de una hinchazón infinita. Por la mañana, cuando el escritor volvió al texto para una revisión definitiva, cada uno de sus habitantes estaba sentado en el margen con aire desolado y  ojos enrojecidos. Uno se deslizó hacia la nota a pie de página más próxima, pero fue expulsado por un par de referencias bibliográficas enfurecidas. Meneando tristemente la cabeza, el escritor constató que no faltara ninguna de sus ideas, y, ellas en efecto estaban allí, aporreadas pero reconocibles. Las limpió del barro circundante, las depositó con cuidado al alcance de la vista, y reflexionó: «Es difícil darles libertad a mis textos. Alguien debería enseñarles la diferencia entre libertad y libertinaje». Minutos más tarde estaba tecleando a toda velocidad.

David Lagmanovich