La cena se enfriaba en la mesa y nuestro vecino seguía igual. Desnudo, subido en una silla y con una soga al cuello. A veces, bajaba y deambulaba cabizbajo por la habitación. De aquí para allá. De allá para aquí. Luego volvía a subirse, se anudaba la cuerda y colocaba los pies en el filo. Así llevaba toda la tarde. Nosotros, desde la ventana, lo observábamos expectantes. Papá decía que sí. Mamá decía que no. Pero el hombre, que si sí, que si no, no se decidía nunca. Al final, corrimos las cortinas y nos sentamos a la mesa. La carne rebozada fría no vale nada.
1.004 – Derechos animales
En la segunda parte del siglo xx, la creciente defensa de los derechos de los animales afectó gravemente al circo tradicional. En 1982 el pequeño Circo Fallon, de Estados Unidos, fue acusado de hambrear y martirizar a sus animales, a los que se exhibía en jaulas tan sucias como estrechas y se azotaba sin piedad en cada función, para diversión y escándalo de los espectadores. El fiscal levantó la acusación cuando se comprobó que los damnificados eran en todos los casos actores disfrazados.
Ana María Shua
Fenómenos de circo, Ed. Páginas de espuma-2011
1.003 – Vesícula
Estaba intentando concentrarme en la escritura de un cuento circular cuando sonó el teléfono y una mujer preguntó si me habían quitado hace poco la vesícula. Dije que sí, claro, porque era la verdad. Entonces, la que hablaba se identificó y supe que se trataba de una novia de mi juventud que había devenido en patóloga. «Imagínate la gracia que me hizo cuando vi la etiqueta con tu nombre adherida a la víscera -dijo-, las vueltas que da la vida, ¿no? Habría pagado cualquier precio por tener tu corazón y años más tarde me envían gratuitamente tu vesícula.» «¿Cómo te ha llegado?», pregunté. «Como me llegan todas, en una especie de tartera refrigerada con una nota del cirujano pidiéndome que la analice.»
Mientras hablaba, entre la niebla de mi memoria se iba abriendo paso el rostro de la patóloga con veinte años menos de los que tendría ahora. Nos habíamos hecho novios al poco de que muriera Franco y habíamos roto después de que ganara las primeras elecciones Adolfo Suárez. A través de nuestra descomposición sentimental se podría haber contado la miseria de aquella época mucho mejor que con los recursos metodológicos de la historia. Y para quien aspirara a un sobresaliente, allí estaba aquella vesícula con un bulto cuyo diagnóstico dependía de mi pasado político. No era una situación agradable; la patóloga respiraba venganza.
Me resistí a preguntar por mi tumor, pero ella me contestó de todos modos. «No me gusta su aspecto -dijo-, me recuerda el de mi estado de ánimo cuando rompimos.» «Esto no está nada bien -le imploré-, después de todo parece que sobreviviste.» «No te imaginas en qué condiciones», respondió antes de colgar. Por supuesto, no he recogido los análisis del mismo modo que no he leído nada sobré estos veinte años: hay cosas que se notan en la cara.
Juan José Millás
Articuentos completos. Seix Barral. 2011
1.002 – Mi matrimonio
Mi marido, el pobre, se ha hecho viejo antes que yo. Viejo de la cabeza. Después de tantas cosas como hemos vivido juntos, tantos proyectos como habíamos hecho para la tercera o cuarta edad, me encuentro ahora con que, en lugar de compañero, tengo al lado una especie de niñito indefenso y caprichoso. Lo peor de todo es que, con el fin de no herir su creciente y enorme susceptibilidad, me las veo y me las deseo para que no se dé cuenta de que tengo que repetirle las cosas veinte mil veces, que si no, las olvida. Pero ni así. Solo para que se acuerde de subir el pan -y no se lo pido porque no pueda bajar yo, que acabaríamos antes, sino para que se sienta útil-, tengo que hacer mil y un malabarismos: «Cuando pases por la panadería, pregúntale a doña María si le debemos algo». Al cabo de un rato: «Por cierto, a ver si está hoy el pan más bueno, porque lo que es ayer…». Luego, mientras tomamos un café descafeinado: «Si te encuentras con Paco en lo de doña María, podrías preguntarle por lo de la excursión». Más tarde: «Esta salsa que estoy haciendo hoy va a conseguir que te acabes la barra de pan». Un poco después: «Me ha dicho la del quinto que van a subir el pan no sé cuántos céntimos». Y por fin, antes que salga de casa:
«Con la hora que se ha hecho, si ya no le quedan de cuarto normal, tráete una sin sal». Aún así, a veces vuelve sin el pan -pero con una escoba nueva, por ejemplo- y me toca bajar a mí. En ocasiones he llegado a pensar que se burla de mí, que se está vengando de algo. Pero no. Es que está viejito, mi Pedro.
DIAGNÓSTICO: Conmoración (Figura retórica por la cual se insiste en alguno de los puntos tratados, para grabarlo más profundamente en el espíritu del lector u oyente).
Flavia Company
Transtornos literarios, ed. Páginas de espuma – 2011
1.001 – La huida
«Además, me voy a chivar a mis padres» era una frase que no podría repetir nunca más, estaba desolado. Cuando acudía a visitarles invariablemente rompía a llorar: sus hijos no le hablaban, hacía dos años que estaba en el paro, uno que su mujer le había dejado. Su infortunio era la comidilla de sus vecinos, que cuchicheaban a sus espaldas. Hasta el perro le miraba con desprecio. Sus padres eran los únicos que escuchaban sus cuitas y compartían su dolor.
Aquella tarde encontró una nota escueta sobre sus tumbas abiertas y vacías: «Hijo, siempre fuiste un llorón. No te lo tomes a mal, pero aquí vinimos a descansar».
Alberto Corujo Corteguera, La huida
Relatos en cadena. Cadena SER. Ed. Alfaguara, 2010
Ganador del mes de enero de 2010
y 1.000 – Fracaso de Don Juan al encontrar a la Bella Durmiente
«Porque nunca ha logrado aprender cómo despertar lo suficiente sin despertar del todo.»
Luisa Valenzuela
999 – Anuncio
Oriundo de Hamelin, soy flautista y alquilo mis servicios: puedo sacar las ratas de una ciudad o, si se prefiere, a los niños de un país sobrepoblado.
René Avilés Fabila
998 – Dramas vividos
Cuando se ha padecido terriblemente y un día se deja de padecer, la existencia se convierte en maravillosa. Envidio a esos supervivientes de campos de concentración nazis, que pudieron disfrutar el resto de su existencia oliendo a rosas y viendo amaneceres… ¿Exagero? ¿Demasiado lírico? ¿Es posible imaginarse a un ex-prisionero de un campo de concentración discutiendo años más tarde con su mujer porque la sopa no tenía sal o reprendiendo a un hijo porque no estudia lo suficiente, o a una hija porque llega tarde a casa? ¿Qué significado pueden tener esos hechos cotidianos ante dramas vividos anteriormente con total intensidad? De todos modos, me temo que algunos se hayan enfadado en un atasco de circulación o en un restaurante al descubrir un pelo en su plato.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
997 – Una prueba de fe
-Yo no robé nada. En la bolsa del mercader, las monedas de oro se han convertido en aire. Quien se atreva a insinuar que no es posible, estará contradiciendo la omnipotencia de Alá.
Así dice el ladrón para comprometer a la víctima y al juez y evitar el castigo.
-Te cortaremos la mano -ordena el cadí-. Pero no como castigo sino como prueba de fe. Alá, que todo lo puede, hará que te vuelva a crecer si eres inocente.
El ladrón es culpable. Pero Aquel que, en efecto, Todo lo Puede, hace crecer su mano de todos modos. ¿Por qué debería El Más Grande someterse a las pruebas de un cadí?
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Páginas de espuma, 2009
996 – Prohibido sentir
-¡Oh, figura femenina! ¡Cuán gloriosa eres!
Hildegarda de Bingen creía que la sangre que mancha es la sangre de la guerra, no la sangre de la menstruación, y abiertamente invitaba a celebrar la felicidad de haber nacido mujer.
Y en sus obras de medicina y ciencias naturales, únicas en la Europa de su tiempo, se había atrevido a reivindicar el placer femenino en términos insólitos para su tiempo y su iglesia. Con sabiduría sorprendente en una abadesa puritana, de muy estrictas costumbres, virgen entre las vírgenes, Hildegarda afirmó que el placer del amor que arde en la sangre es más sutil y profundo en la mujer que en el hombre:
-En la mujer, es comparable al sol y a su dulzura, que delicadamente calienta la tierra y la hace fértil.
Un siglo antes que Hildegarda, el célebre médico persa llamado Avicena había incluido en su «Canon» una descripción más detallada del orgasmo femenino, a partir del momento en que los ojos de ella empiezan a enrojecer, su respiración se acelera y comienza a balbucear.
Como el placer era un asunto masculino, las traducciones europeas de la obra de Avicena suprimieron la página.