Sí, el piso en el que vivo ha sido un golpe de suerte. Esas sorpresas que te da la vida y que, o las tomas o no las vuelves a ver. Claro que dudé muchísimo cuando vi el anuncio:
«Piso de 150m, en el centro de Madrid, al lado del parque del Retiro. Completamente amueblado. 150€ al mes, incluye gastos». Eso era imposible.
Di por hecho que se trataba de una errata, así que ni me molesté en llamar. Sin embargo, el anuncio aparecía día sí, día también. Intrigada, mandé un correo a la dirección indicada. Cuál no sería mi asombro al recibir la respuesta:
«No hay ningún error en el precio. Si está interesada, se lo puedo mostrar el próximo jueves…»
Entonces, sospeché que se trataba de un timo o, peor aún, de algún pervertido que atraía a sus víctimas con una oferta tan chocante, máxime con la que está cayendo. Pero, lo confieso, picó mi curiosidad: quería comprobar alguna de mis teorías.
Confirmé, por la misma vía, la cita para tres días después.
Luego, llamé a mi amigo Pedro -dos metros y mucho músculo- y a su novia, Blanca, cinturón negro de karate, para que me acompañaran. Antes de salir hacia la dirección acordada, tomé la precaución de dejar santo y seña en casa de mi madre, en la mesa de mi jefe y en la mesilla de mi hermana.
El piso era extraordinario. Era la última planta de un viejo edificio señorial, recién reformado, y con los acabados más finos que uno se pueda imaginar. El salón lucía un inmenso ventanal desde el que se apreciaba una espectacular vista de la ciudad. Los suelos eran de madera barnizada y pulida con esmero. Los muebles, simplemente, exquisitos.
Entrando y saliendo de cada habitación, me sentía una especie de Cinderella colada en algún palacio. Por un segundo, me imaginé viviendo bajo esos techos altos, arropada por sus delicados frisos. Hasta que me topé con los ojos verdes de la dueña de la casa.
Se trataba de una mujer hermosa que delataba una antaña juventud de belleza y buena cuna. Vestía de negro riguroso. Su rostro era una mezcla de dulzura y encono, a partes iguales. Constreñidos, sus labios parecían incapaces de sonreír.
-Señora, el piso es una preciosidad, pero no lo entiendo: ¿Ciento cincuenta euros mensuales?… ¿No le parece una locura?…
Discretos, Pedro y su novia desaparecieron por algún pasillo. La dueña me indicó con su delgado brazo que me sentara en el mullido, e inmenso, sofá de plumas de oca. O, al menos, de eso pensé que debería estar relleno tan delicioso mueble. Ella hizo lo propio, sentándose justo enfrente de mí.
-Hay poco que entender, dijo casi en un susurro. Mira, ¿Julia?…
– Sí… Julia del Valle, le confirmé.
– Hoy hace un año que enviudé. Cuarenta años de matrimonio. Tres maravillosos hijos y cinco nietos. Un marido que hasta el último día fue un ejemplo de rectitud. Buen padre, buen marido, buen trabajador, buen amigo y… buen amante…
– ¿Un buen qué?, repliqué. Me parecía haber escuchado mal. Tal palabra no podía haber salido de su contenida boca.
– Sí, eso: un buen amante, repitió, frunciendo el ceño con aversión. Eso fue, querida. El día que se abrió su testamento, tras repartir lo que todos dábamos por hecho, al llegar a la última cláusula, apareció éste piso a su nombre y su póstumo deseo:
«Ha de arrendarse y el rédito de tal operación deberá ser entregado, con obligado cumplimiento, cada día cinco de mes, a Doña Aurora Montero, en justo reconocimiento a la mujer que entregó su juventud a mis tardes enamoradas durante los últimos treinta años. De ésta forma, dejo garantizada su manutención, que se verá seriamente afectada a consecuencia de mí deceso. También ordeno que le sea devuelto el reloj de oro que nunca me quité y que conservé en arras de tan noble amor»…
-Y yo, que le quise tanto, cumpliré con su última voluntad… ¿Firmamos el contrato?
1.014 – El disfraz
En el circo, disfrazado de payaso, su torpeza pasa desapercibida. El maquillaje blanco encubre su blancura. Sus compañeros de trabajo se quejan a veces de que huele mal, pero el director de circo lo defiende, porque hace reír como ninguno, se contenta con poco, y casi nadie se da cuenta de que está muerto.
Ana María Shua
Fenómenos de circo, Ed. Páginas de espuma-2011
1.013 – Ángeles 1
Cayó del cielo con un ala de plumas blancas rota. Los niños le ayudaron a levantarse, lo rodearon mientras lo observaban con admiración y luego lo apedrearon hasta que murió.
Espido Freire
Cuentos malvados. Ed. Páginas de espuma, 2010
1.012 – Celebración del silencio/1
Hacía años que yo no veía a Fernando Rodríguez. El viento del exilio, que tanto separa, nos juntó. Lo encontré como siempre, destartalado y rezongón:
-Estás igualito –le dije.
Me dijo que todavía le quedaban algunos años, no muchos:
-No hay que pasar de los setenta, porque entonces te enviciás y ya no querés morirte.
Esa tarde nos dejamos caminar, sin rumbo, entre la mar y las vías del tren, allá en Calella de la Costa. Íbamos lentos, callando juntos, y cerquita de la estación nos sentamos a tomar un café. Entonces Fernando comentó algo sobre el aljibe donde los militares tenían preso a Raúl Sendic, el tupamaro, y juntos evocamos a Raúl y a su manera de ser. Fernando me preguntó:
-¿Leíste lo que publicaron los diarios, cuando cayó?
Los diarios habían informado que él había salido de su escondrijo pistola en mano, abriendo fuego y gritando: «¡Yo soy Rufo y no me entrego!».
-Sí-le dije-. Lo leí.
-Ah. ¿ Y lo creíste?
-No.
-Yo tampoco -dijo Fernando-. Ése, cae callado.
Eduardo Galeano
1.011 – Hoy voy a escribir un cuento feliz
1.010 – Incomprendido
La historia de P D. es vulgar, tremendamente vulgar. Está casado, pero quiere a otra mujer, mucho más joven que su esposa. Trata de justificarse y afirma que no es culpa suya, sino de su mujer, que demuestra una total falta de comprensión.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
1.009 – El espejo 12
Tras el espejo roto apareció la mitad de un mapa con tesoro. Rompieron el resto de los espejos. No encontraron nada, salvo un increíble número de años de mala suerte. Escondidas al otro lado del cristal, las voces se reían y celebraban la broma.
Espido Freire
Cuentos malvados. Ed. Páginas de espuma, 2010
1.008 – Parchís
Mientras recojo mi destino del frío suelo de la cocina, veo alegre que el dado que se cayó de la mesa marca un seis. Avanzo por el tablero y le como a Laura dos fichas. Me mira despacio, como por una rendija, y dice: «Afortunado en el juego…». Me doy cuenta de que la estoy pifiando y ruborizado espero la siguiente tirada. Esta vez, mejor que salga un uno. Tiro el dado y ¡uno! Justo lo que necesitaba para comerle otra ficha y eliminarla. La verdad, tampoco es tan guapa.
Marco Morcillo Martín
Relatos en cadena. Cadena SER. Ed. Alfaguara, 2010
1.007 – El espejo 3
Te llevaré a mi casa, y tendremos niños, y seremos felices para siempre si tan sólo sales del lago, amor mío, si dejas de mirarme y sales de ahí, tú, tan parecido a mí, el ser más hermoso del mundo, al que sólo veo cuando me asomo al lago.
Espido Freire
Cuentos malvados. Ed. Páginas de espuma, 2010
1.006 – Nos pasa a todos
Si la contorsionista tiene artrosis y el trapecista sufre de vértigo, si a la ecuyere se le rompió el menisco por desgaste y el mago perdió los reflejos, si el malabarista tiene presbicia y una tendinitis supraespinal le impide al domador hacer restallar el látigo, qué importa, la vejez no existe. Se tiene la edad de los sueños, la edad de los deseos, la edad de la más joven de tus amantes, la edad de tu corazón. Y siempre habrá un lugar para nosotros en el circo: solo se trata de maquillamos un poco más cuando los años nos conviertan a todos en payasos.
