995 – Teoría de las causas finales

 El otro día estaba hablando de la vida con un amigo y me dijo que me olvidara de las teleologías, que lo teleológico fue un invento de nuestra juventud sin ninguna vigencia en estos tiempos de crecimiento exponencial. A la gente ahora le gusta hablar así; como no hay dinero para salir a cenar, el que más y el que menos se entretiene tejiendo discursos que explican el mundo. Efectivamente, en nuestra juventud, que no teníamos dinero ni para un bocadillo, nos pasábamos el tiempo hablando de teleologías, y así nos ha ido.
El caso es que me disculpé como si tuviera necesidad de acudir al cuarto de baño y consulté a escondidas el diccionario. La teleología es la doctrina de las causas finales, y el crecimiento exponencial es el que está elevado a una potencia cuyo exponente es desconocido. Lo que mi amigo quería decir es que el mundo actual no es el resultado de un diseño: o sea, que nos hemos metido en un lío. Para ilustrarlo, mi amigo me explicó que las consecuencias de la revolución industrial eran perfectamente previsibles, puesto que el tipo de crecimiento que favorecía era lineal. En otras palabras, si uno sabía cuántos metros de tejido podía fabricar un telar, sabía también cuántos obreros le sobraban; bastaba con hacer la cuenta de la vieja. Pero con la revolución informática, combinada además con la mano de obra barata del sudeste asiático, no había manera de hacer ningún cálculo. «El crecimiento exponencial -añadió- es como si cogieras una cuartilla y la doblaras sobre sí misma varias veces; en el supuesto de que no tuvieras dificultades mecánicas para seguir doblándola cuando ya se te hubiera quedado algo pequeña, en seguida alcanzaría la altura de la torre Eiffel: eso es el crecimiento exponencial, así que olvídate de las teleologías.»
Desde entonces he intentado olvidarme de las teleologías, pero no soy capaz. Además, me habría gustado que me explicara, pero no supo hacerlo, qué pasaría si antes de alcanzar esa altura, no puedes seguir doblando la hoja. ¿Por dónde se rompe?

Juan José Millás

994 – La historia viene de lejos

 El primero que lo dijo no fue Diógenes el cínico sino el cíclope Polifemo.
Interrogado por Ulises sobre las razones de su misoginia, Polifemo pronunció el famoso discurso:
«Tener relaciones sexuales con una prostituta cuesta dinero y puede costarte la salud. Tenerlas con una virgen te hace correr el riesgo de que los padres te obliguen a casarte. Amar a tu propia mujer es aburrido. A la ajena, peligroso. A un hombre, repugnante. Yo me libro de todos esos inconvenientes gracias a mi mano derecha».
Y añadió: «Te aclaro, por las dudas, que mi mano derecha no practica el adulterio».
Ulises bromeó: «¿Y tu mano izquierda?».
Polifemo bajó la voz: «No lo repitas, pero soy bígamo».
Las carcajadas del risueño Ulises interrumpieron la siesta de los dioses.

Marco Denevi

991 – Lo que nadie sabe

 Mi madre aseguraba que una taza de ruibarbo podía curarlo todo, hasta los males del amor.
Mi padre pensaba que un poco de dinero era mejor que el ruibarbo y el amor (además, podía comprar mucho más que eso). Cuando yo tenía fiebre o estaba triste ella me daba ruibarbo. Mi padre me dejaba algunas monedas.
Cuando ella murió él se metió en su cuarto, apagó la luz y sentí que lloraba bajito. Jamás lo había visto hacer esas cosas y el aire empezó a faltarme.
Toqué la puerta y cuando me abrió dejé en su mano una moneda.

John Jairo Junieles

990 – Patio de tarde

 A Toby le gusta ver pasar a la muchacha rubia por el patio. Levanta la cabeza y remueve un poco la cola, pero después se queda muy quieto, siguiendo con los ojos la fina sombra que a su vez va siguiendo a la muchacha rubia por las baldosas del patio. En la habitación hace fresco, y Toby detesta el sol de la siesta; ni siquiera le gusta que la gente ande levantada a esa hora, y la única excepción es la muchacha rubia. Para Toby la muchacha rubia puede hacer lo que se le antoje. Remueve otra vez la cola, satisfecho de haberla visto, y suspira. Es simplemente feliz, la muchacha rubia ha pasado por el patio, él la ha visto un instante, ha seguido con sus grandes ojos avellana la sombra en las baldosas. Tal vez la muchacha rubia vuelva a pasar. Toby suspira de nuevo, sacude un momento la cabeza como para espantar una mosca, mete el pincel en el tarro, y sigue aplicando la cola a la madera terciada.

Julio Cortazar

989 – Un sueño

 En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de maderas y un banco.
En esa celda circular, un hombre que se parece a mi escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular…El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

Jorge Luis Borges

988 – El olvido fatal

 Se apagaron las luces del escenario y un aplauso prolongado quebró el silencio de la sala. El joven mago acababa de desaparecer en escena ante la absorta mirada del público, consumando una ilusión inexplicable y nunca antes lograda.
Fue la última función del ilusionista, que jamás logró recordar la segunda parte del truco.

Martín Gardella
Instantáneas (Buenos Aires, Andrómeda, 2010)

987 – Ahora que se escriben en piedra

¡Qué raro que me llame Federico!

Lorca

Hasta los once años me llamé Federico, a pesar de que a mis padres no les convencía mucho el nombre. No está formado, decían. Cuando se le escriba en la cara, le pondremos uno más afín. Y así fue: a los doce, con el cambio de voz, decidieron que Federico ya no correspondía con mi talante, que el mejor nombre que me podía ir para la adolescencia recién estrenada era el de Francisco, Paco para los amigos. Este nombre me duró justo hasta la noche de bodas, cuando en pleno éxtasis, mi mujer me llamó Carlos. “Me casé con Paco y me desvirgó Carlos”, era la típica broma que solía hacer a los amigos.
Desde entonces, he cambiado de nombre en cuatro ocasiones más. A veces incluso solapando épocas: en la oficina y en el gimnasio me sentía Luis pero el cuerpo me pedía ser Raúl para echarme los faroles en la partida de póquer de los jueves.
Mis amigos, los de toda la vida, se confundían. Para no marearlos demasiado y evitar malentendidos, consentí en colgarme al cuello una medalla bien visible con el nombre vigente grabado. Aun así les costaba, decían que no era normal, que ellos habían nacido con uno y que el mismo les habría de durar toda la vida. Yo les decía que habían tenido suerte, que sus rostros se habían amoldado a sus nombres, que los habían aceptado. Para tranquilizarlos, les decía que algún día todos nos llamaríamos igual.

Ginés S. Cutillas