Un aristócrata escocés puso en marcha un curioso experimento a principios del siglo XIX. Sostenía que, a causa de la velocidad de la luz, nuestra imagen tarda una millonésima fracción de segundo en formarse en la superficie reflectante de un espejo. De ese modo, nuestro reflejo en él sería infinitesimalmente más joven que nosotros. Colocando un segundo espejo enfrentado al primero, que reflejara a su vez nuestro primer reflejo, esa diferencia se duplicaría. Y se multiplicaría por cuatro si fueran cuatro los espejos que colocáramos en paralelo.
Una mañana inundó de espejos sus tierras.
Organizados en largas hileras paralelas, enfrentados de dos en dos y calculado al milímetro el ángulo que forman sus planos para que la imagen de su mujer se multiplicara en sus superficies sucesivas, el último de ellos, aseguraba, devolvería una imagen ligeramente anticuada de sus movimientos. Y así fue. Mientras ella, aburrida, bebía de la taza de té English Pearl al que tan aficionada era, en el último de los espejos su imagen permanecía aún inmóvil.
Animado por el éxito de su primer ensayo, decidido a atrapar el tiempo entre espejos, decidió poner en marcha la segunda fase de su experimento. Sólo era un problema de cantidad, calculó. Si reunía el número suficiente de espejos podría ver reflejado en el último su propio nacimiento.
A la sombra de su empresa, la industria del cristal floreció en los condados circundantes. Dilapidó la fortuna familiar comprando espejos por todo el mundo, pero nunca resultaban suficientes. Sus experimentos fracasaron, y su mujer le notificó su marcha con una taza de English Pearl en la mano. Se llevó todos sus bienes excepto los millares de espejos que, inservibles ya, anegaban sus tierras.
Arruinado, desposeído de todo, murió en la miseria y solo, rodeado de media docena espejos que, en el momento exacto de su muerte, le devolvieron al unísono su último instante de vida.
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2.085 – Ojo con la automedicación
Es conocido que sólo tomamos conciencia del cuerpo cuando nos duele algo. Carecemos de cabeza, por citar un órgano, hasta la aparición de la primera migraña (o de la primera idea obsesiva). Personalmente, prefiero que me duela algo. No que me duela mucho, se entiende, pero sí lo bastante como para que me resulte imposible olvidar que soy frágil, que tengo que morir, que la plenitud no es de este mundo (ni de ningún otro, que se sepa). Una pequeña dolencia crónica, no demasiado molesta, le obliga a uno a relativizar las cosas y lo mantiene atado a la tierra, al polvo (es decir, al cuerpo). Por alguna razón, yo soy mejor persona cuando me duele algo que cuando no me duele nada (no descarto que estos ataques de bondad estén relacionados con las medicinas, sobre todo las que incluyen alguna porción de codeína, una sustancia que me inclina al bien).
En cualquier caso, tampoco es habitual que no duela nada. Un cuerpo estándar de hombre (1,75 de estatura y 70 kilos de peso) posee más complejidades que un rascacielos de doscientos metros. Los rascacielos disponen de un servicio de mantenimiento preparado para reparar en el acto cualquier desperfecto. Los cuerpos tienen la Seguridad Social, que no es tan solícita como los fontaneros o los albañiles de los hoteles de 400 habitaciones. De ahí la automedicación y, en general, la autoayuda. ¿Que hay una migraña en el último piso? Pues analgésico al canto (mejor con codeína). ¿Dolor en las lumbares? Ibuprofeno a toda pastilla (y perdón por la redundancia). ¿Dificultades con el sexo? Viagra a granel. Y así, mal que bien, vamos tirando.
Con los países sucede algo parecido a lo que ocurre con los cuerpos: que no los notas hasta que no te duelen. Y España lleva una temporada que, con perdón de Unamuno, no deja de dar la lata. Que nos duela un poco no está mal, así somos conscientes de ella. Pero lo de los últimos tiempos, por unas cosas o por otras, es un sinvivir. El problema es que acudes a los médicos (o sea, a los políticos) y a la segunda frase adviertes que no tienen ni idea de nada (ni del diagnóstico ni de las soluciones), están tan desconcertados como uno. Lo malo es que la automedicación, en lo que se refiere a la patria, es verdaderamente peligrosa.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.078 – Traducción simultanea
El portavoz dice en su discurso que se deben priorizar las imbricaciones del desarrollo sostenible para la base del crecimiento específico de todos los sectores implicados, y me mira, sonriendo, como diciendo ahí queda eso y allá te las apañes.
Al otro lado de la cabina, los demás eurodiputados se ajustan los auriculares y carraspean mientras yo dudo (ya sé que no debo), antes de comenzar la traducción simultánea. Tardo un poco porque primero tengo que encontrar esas palabras extrañas en mi propia lengua y luego, pasarla a las otras sin que pierdan sentido, pero tampoco ampulosidad y desconcierto.
De eso se trata, parece. De que aquí no se entere ni Dios, dicen mis compañeros veteranos en el breve descanso del café. O en la pausa del almuerzo. Aquí nunca se sabe con los horarios. Desayunan antes del amanecer y cenan en nuestra merienda. Ellos están acostumbrándose, a mí me cuesta todavía. Igual que caminar sobre la nieve, soportar la ventisca o dormir sin cortinas.
Te noto lenta, dice el portavoz por la tarde, después de verme casi atrapada en la traducción de una casuística indiscriminada que deriva de una incidencia superadora de elementos afines.
Trago saliva y le prometo que en unos días acabo el rodaje, que no se preocupe. Que el problema es que aún me cuesta pasar de lo abstracto a lo concreto, sintetizar, vamos. Y que en otras lenguas no se utilizan tantos rodeos para no decir nada ni tanta palabrería barata que no puede traducirse a ningún idioma. Esto último lo pienso, pero no lo digo en voz alta, por supuesto.
Cuando acaba la sesión, sigue nevando fuera.
Por la noche, en su cálido apartamento del centro, a años luz de mi piso congelado de la periferia, el portavoz dice que me metería de todo menos perras en el banco y que va a hacerme un traje de saliva, estrecho, estrecho, para que se me noten estas pedazo de tetas que tengo. Tetazas, para ser más exactos.
Te noto lenta, como ausente, vuelve a decirme.
Trago saliva, y me digo que en unos días acabaré el rodaje, que no debo preocuparme. Que el problema es que aún me cuesta pasar de lo concreto a lo abstracto, evadirme, vamos, creer que esta no soy yo y que no me está pasando a mí, pero no lo digo en voz alta, por supuesto.
En cambio, sonrío para ganar tiempo, pongo los ojos en blanco y comienzo la traducción simultánea de ayes y quejidos.
Claro que estoy ausente, acabas de hacerme volver del paraíso, susurro.
Y él, que no tiene ni idea de idiomas, me mira satisfecho, y gruñe algo intraducible, justo antes de quedarse dormido.
Tal y como están las cosas cualquiera se arriesga a perder un trabajo.
Y encima sigue nevando fuera.
Pilar Galán
Tecleo en vano. Ed. De la Luna libros. Marzo 2014
2.071 – No hay que complicar la felicidad
Un parque. Sentados bajo los árboles, Ella y Él se besan.
-El: Te amo.
-Ella: Te amo.
Vuelven a besarse.
-Él: Te amo.
-Ella: Te amo.
Vuelven a besarse.
-Él: Te amo.
-Ella: Te amo.
Él se pone violentamente de pie.
-Él: ¡Basta! ¿Siempre lo mismo? ¿Por qué, cuando te digo que
te amo, no contestas que amas a otro? -Ella: ¿A qué otro?
-Él: A nadie. Pero lo dices para que yo tenga celos. Los celos alimentan el amor. Despojado de ese estímulo, el amor languidece. Nuestra felicidad es demasiado simple, demasiado monótona. Hay que complicarla un poco. ¿Comprendes?
-Ella: No quería confesártelo porque pensé que sufrirías. Pero lo has adivinado.
-Él: ¿Qué es lo que adiviné?
Ella se levanta, se aleja unos pasos.
-Ella: Que amo a otro.
-Él: Lo dices para complacerme. Porque yo te lo pedí. -Ella: No. Amo a otro.
-Él: ¿A qué otro?
-Ella: No lo conoces.
Un silencio. Él tiene una expresión sombría.
-Él: Entonces ¿Es verdad?
-Ella: (dulcemente) Sí. Es verdad.
Él se pasea haciendo ademanes de furor.
-Él: Siento celos. No finjo, créeme. Siento celos. Quiero matar
a ese otro.
-Ella: (dulcemente) Está allí.
-Él: ¿Dónde?
-Ella: Allí, detrás de aquellos árboles.
-Él: ¿Qué hace?
-Ella: Nos espía. También él es celoso.
-Él: Iré en su busca.
-Ella: Cuidado. Quiere matarte.
-Él: No le tengo miedo.
Él desaparece entre los árboles. Al quedar sola, Ella ríe.
-Ella: ¡Qué niños son los hombres! Para ellos, hasta el amor es un juego.
Se oye el disparo de un revólver. Ella deja de reír.
-Ella: Juan.
Silencio.
-Ella: (más alto) Juan.
Silencio.
-Ella: (grita) Juan!
Silencio. Ella corre y desaparece entre los árboles. Al cabo de unos instantes se oye el grito desgarrador de Ella.
-Ella: ¡Juan!
Silencio. Después desciende el telón.
Marco Denevi.
Falsificaciones. Thule ediciones S.L. 2006
2.064 – Aves migratorias (ser y parecer)
La caravana se paró el miércoles por la noche, justo en la rotonda de entrada a la autovía. A lo lejos ya se adivinaba la silueta del ferial donde pensábamos montar los puestos, como todos los años. Nuestra parcela era de las mejores, al lado de la barra, muy cerca de la zona de los conciertos.
Dijo que podíamos quedarnos.
Quedarnos, cómo quedarnos, pregunté.
No hacía frío. Anochecía y en el cielo no se veía ni una sola nube. Otros festivales habían resultado ruinosos por la lluvia o el viento. Este prometía. Por lo menos teníamos que sacar para el arreglo de la caravana, si es que tenía arreglo.
Quedarnos, contestó.
Así de simple.
Luego ya se fue complicando. Como siempre.
Caravana, piso de alquiler, casa, adosado.
Nos fue bien el negocio de artesanía, nos hipotecamos para comprar el horno, llegaron los niños, su colegio, los parques, los barcos varados, el ancla en el puerto de una ciudad sin mar.
Siguen celebrándose festivales. No tantos. Las modas van y vienen deprisa. Sin ir más lejos, las caravanas ya no tienen nada que ver con las de antes. Así viaja cualquiera.Nosotros, claro, ya no montamos puestos, pero siempre bajamos. Como todos. Y nos mezclamos con los demás entre la música alta y las voces. A veces ella, que me conoce bien, me aprieta la mano y me pregunta si soy feliz. Yo aspiro el olor de la comida de otros países, mezclado con el polvo, el sudor, las manchas de cerveza en el suelo, las botellas recalentadas, algún vómito. Sí, soy muy feliz, le contesto, y aligero el paso para salir de allí cuanto antes.
El lunes bajo muy temprano, y cuando veo una caravana aparcada en el ferial vacío, estoy siempre a punto de tocar los cristales.
No os quedéis, volad, mirad en qué me he convertido. Luego mi mano se detiene antes de rozar el cristal. Los veo abrazados, me recuerdo. No quiero molestarlos.
Parecen tan felices.
Pilar Galán
Tecleo en vano. Ed. De la Luna libros. Marzo 2014
http://editorial-delalunalibros.com/tecleo-en-vano-pilar-galan
2.057 – Breves lecciones para pescar una sirena*
Ubique en el mapamundi una zona rocosa donde se permita la pesca costera. Consiga una red de deriva con dimensiones suficientes. Embárquese solo, preferentemente en una nave sin motor. Proteja sus oídos con cera marina y no olvide perfumarse con abundante agua de colonia. Al arribar al lugar de la captura, eche a flotar algún objeto dorado como carnada. Mantenga silencio mientras dure la espera. Cuando una cola de pez se sacuda entre las olas, recoja la red en forma suave y envolvente. Es recomendable liberar a su presa en un lugar seguro y retirado. Disfrute de su nueva compañía conforme su voluntad. Mientras la haga sentir a gusto, ella sabrá como satisfacerlo. Pero recuerde: jamás intente fotografiarla. Y, antes que anochezca, regálele el objeto dorado y regrésela al agua.
Martín Gardella
http://livingsintiempo.blogspot.com.es/2012/03/breves-lecciones-para-pescar-una-sirena.html
* a Javier Perucho
2.050 – Las que miran hacia atrás
Yo quiero a la mujer de tetas grandes, esa que no vive para otros, no espera nada, sólo siente el olor de la tarde y derrama al anochecer su tristeza acodada en la ventana.
Las muchachas del pueblo miran de reojo para atrás por si nos ven a los muchachotes seguirlas o verlas con descaro.
Yo quiero a la otra, la mujer gruesa y pesada de las tetas grandes, aunque pueda ser mi madre, como todos dicen.
Yo le caería a besos en las axilas, le mordería breve el pubis, la haría gemir triste, como toda ella, hasta que le brotara la risa y pudiera ser como las otras, una vez, sólo una vez, y cuando escuchara mis pasos tras ella, por fin sonriente, miraría para atrás.
Pía Barros
Por favor sea breve 2. Ed. Páginas de espuma. 2009
2.043 – Día libre
Se lo toma la muerte el jueves, cansada de trabajar. Los suicidas aterrizan dulcemente en las aceras, decepcionados, ilesos. Nadie muere en los frentes: los bombardeos no causan bajas, los pelotones de ejecución yerran el tiro y los generales, avergonzados, presentan su dimisión.
Las catástrofes naturales se suceden, inofensivas. Los niños descalzos juegan a las aguadillas en las terribles inundaciones, los terremotos son caballito de feria. Cientos de miles no mueren, no se hacen llamados a la solidaridad internacional: no se abren cuentas corrientes, no hay luto ni gala benéfica. Los tenistas no subastan sus raquetas.
Cierran los hospitales, nadie muere en las urgencias. Médicos y enfermeras juegan en los quirófanos a médicos y enfermeras. No se mata en los mataderos: sólo el tiempo muere. Bailan de contento las víctimas, lloran con razón las plañideras. A los verdugos se les olvida cómo se mata, cierran por defunción los cementerios, y el altar del sacrificio sale al fin a subasta.
Al día siguiente vuelve la muerte al trabajo feliz, descansada. Decidida a recuperar la tarea pendiente.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.036 – La chica del auto stop, I
Era delgada y tenía el pelo blanco y largo como una actriz gótica. Yo sólo quería verla de nuevo y por eso le presté mi casaca. Para tener una excusa y poder ir a su casa esta mañana.
La madre se ha puesto a llorar y me jura que su hija ha muerto hace años. Como no le he creído me ha llevado hasta su tumba y allí estaba ella, blanca como una azucena y con mi casaca negra sobre los brazos abiertos. Parecían alas.
He querido abrazarla y la madre me ha sujetado con fuerza. Ella corre hacia mí. No sé quién me ha mordido primero.
Fernando Iwasaki
Por favor sea breve 2. Ed. Páginas de espuma. 2009
2.029 – Naturaleza de la nube
Para el asceta jansenista Milton Worner, las nubes están ahí esperando el día del juicio terrible. Ellas, liberadas entonces de su servidumbre por el Reino de la Palabra, servirán de soporte a la ascensión de los justos y condenarán los azules de un cielo ya inútil al silencio final.
Al parecer, el poeta italiano Paulo Strozzi, en su juventud, hacía durar el tiempo del amor tanto como tardaba una nube amiga en cruzar el marco visual de su ventana.
En el Museo de lo Milagroso y lo Curioso de Évora, se exhibe, junto a la momia apergaminada y lisa de un infante de Lancaster, un tarro de vidrio que guarda prisionera la rareza de una nube diminuta. Advierte el conservador del Museo que esta pequeña nube llueve desconsoladamente todas las primaveras.